Confesiones de una máscara
Arquímedes González arquimedes.gonzalez@laprensa.com.ni
Todavía quedan sorpresas. Hace poco se descubrió un cuento inédito del controvertido escritor japonés Yukio Mishima, uno de los novelistas que tuvo una vida llena de los horrores de la guerra, del nacionalismo extremo y de un pleno cumplimiento de las reglas de sus creencias.
Recuerdo haber leído tres de sus cuentos “Los siete puentes” “El sacerdote y su amor” y “La Perla” refugiado en la tibia biblioteca de la Universidad de Tokio mientras afuera, la ciudad se cubría de la gruesa manta blanca de la nieve.
El primero es un viaje de siete mujeres haciendo siete promesas. La segunda, la historia de un sabio que sucumbe ante la belleza de una mujer y la tercera, la historia sobre el robo de una perla.
Algunos críticos han advertido su dimensión balzaciana y verdad flaubertiana en sus quince novelas, treinta y tres piezas de teatro y unos ochenta relatos, pero lo que más se siente al leer sus obras, es un alma con un hueco en el pecho tratando de salir del ayer o el todavía, con una visión de la ruina moral y política de su país y de una impotencia por poder hacer algo para cambiarlo.
En 1944 publicó su primer libro, un volumen de cuentos, poco antes de ser convocado por el Ejército para una misión suicida en la que finalmente no se le admitió. Al terminar sus estudios entró en la administración pública, pero pronto abandonó su carrera de funcionario para dedicarse profesionalmente a las letras.
Su primera novela extensa fue “Confesiones de una máscara”, obra autobiográfica, centrada en el tema del despertar de la sexualidad. Su producción literaria, siguió con “El rumor de las olas” en 1954, “El marino que perdió la gracia del mar” en 1963, “Nieve de primavera” en 1966 y “Caballos desbocados” en 1968 que llegó a ser tan conocida en el extranjero que en 1968 estuvo a punto de que se le concediera el premio Nobel.
El manuscrito fue hallado entre la colección de textos del fallecido autor japonés que posee un museo dedicado a su memoria en la localidad de Yamanakako, al oeste del país.
Aunque nunca fui al museo, leí su biografía cargada de explosivas decisiones como la que tomó el 25 de noviembre de 1970, en la cúspide de su fervor nacionalista, cuando exhortó al ejército japonés a derrocar el gobierno, pero al ser rechazado, se abrió el vientre con su espada y fue decapitado por un ayudante, en el ritual japonés del suicidio o “harakiri”.
El texto, titulado “Shira Byoshi”, comprende treinta y tres páginas que al parecer fueron escritas cuando tenía diecinueve años y cuenta la historia de una mujer que quiere perder sus cualidades sobrenaturales para la danza y que tras ser llevada a Mongolia vive una existencia llena de altibajos.
Mishima, cuyo nombre real era Kimitake Hiraoka, nació en 1925 y es considerado uno de los más destacados escritores japoneses en la historia de la literatura mundial con obras como “Confesiones de una máscara” y “El templo del pabellón de oro”. 
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