Ruidos del silencio
Humberto Benard
En esta ciudad tan acogedora y apacible como nuestra Granada, estamos padeciendo de un mal diametralmente opuesto a lo que pretendemos presentar y deseamos —acabar con los espantosos ruidos sin control que rompen la tranquilidad de los granadinos y de nuestros bienvenidos huéspedes.
Cuando una casa comercial celebra año, etc., instalan en las aceras unos equipos de espantosos sonidos modernos por muchas horas, naturalmente el vecindario comercial no sabe qué hacer, sólo sabemos que ese día las farmacias venden más algodón para los pobres oídos —en carro no se puede pasar con los vidrios arriba, pues romperían los vidrios.
También tenemos universidades, como la de Oriente y Mediodía que autorizan a sus alumnos a practicar banda de guerra en los patios de la universidad, pero éstos quedan en el corazón del vecindario, habiendo enfermos arriba de los 90 años, se le suplica al ministro de Educación, pero no escucha.
Por otro lado, los parlantes ambulantes, ellos creen que entre más alto el volumen quedan mejor con el producto.
La Policía dice no puede intervenir, tal vez Gobernación, Turismo, Salud, algún ministerio que se apiade de nosotros, parece que andamos de taparrabos y con lanzas.
Los ruidos tienen que tener control si estuviésemos en Costa Rica –USA– y/o Europa, todos estos señores estarían en la cárcel.
¡La tranquilidad es un derecho humano! 
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