Y además…
Amor y política
Luis Sánchez S. luis.sanchez@laprensa.com.ni
Ayer fue el Día de los Enamorados. Sin dudas que ésta es una fecha muy importante para todos los seres humanos, porque nadie existe si no es como fruto del amor —o del desamor—, y nadie puede vivir verdaderamente si no es dando o recibiendo amor.
Hesíodo, el más antiguo de los poetas griegos —después de Homero—, dijo que el amor es el más bello de los inmortales. Y el apóstol Juan dijo: “Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios”.
Los griegos también distinguieron lo sublime y lo físico en el amor, a Hímeros (el deseo sexual) de Eros (el Amor propiamente dicho). Los romanos, a su vez, diferenciaron a Cupido y Amor.
Simbólicamente al amor se le representa por medio de imágenes distintas: el corazón, la rosa y la flor de loto son símbolos del amor entre hombre y mujer; al amor divino se le representa con un corazón en llamas, o atravesado por una flecha, que a la vez simboliza la oración. El amor a Dios es simbolizado por una alondra. Y el amor puro es representado por una rosa blanca.
Pero los científicos dicen que el amor es sólo química. La acumulación de serotonina, afirman (LA PRENSA, Revista, 12 de enero de 2002), relaja, da equilibrio emocional, hace sentir el delicioso bálsamo del amor.
¿Y qué tiene que ver eso tan sublime y bello que es el amor, con algo tan ordinario como la política, que es sinónimo de corrupción, pactos prebendarios, fraudes, megasalarios de altos funcionarios, inauditas sentencias del Poder Judicial, purgas de disidentes...?
Pero precisamente porque la política se manifiesta por medio de esas formas repugnantes y degradantes, Octavio Paz proclamó que “La regeneración política incluye la resurrección del amor”.
Según el nobel mexicano, amor y política son dos extremos de las relaciones humanas. La posición política de la persona en la sociedad se refleja inevitablemente en la relación amorosa, y viceversa. Su idea, sencilla pero profunda, es que hay un nexo que une la política con la sensibilidad, con la vida afectiva y la práctica del amor. Y que por eso debe haber coherencia de principios entre el amor y la política, que son inseparables. En otras palabras, que la libertad, la tolerancia, la equidad y la justicia, presuponen que en la política se apliquen los mismos principios del amor: amor al prójimo, a la pareja, a la familia, a Dios.
“Si nuestro mundo ha de recobrar la salud, la cura debe ser dual: la regeneración política incluye la resurrección del amor”, dijo Octavio Paz. ¿Y no es eso mismo lo que dice nuestro Darío en su Canto de Vida y Esperanza: “Ven (Señor) a traer amor y paz sobre el abismo”? ¿O el recientemente fallecido poeta nicaragüense, Juan Francisco Gutiérrez, en “La libertad y el amor”: “Nuevos ojos se alzaron para esperar temblando./ Y regresó el amor al fuero azul de la mañana”?
Dicho de otro modo, que para el florecimiento de la verdadera democracia deben aparecer políticos capaces de practicar la política como servicio, solidaridad y amor. Ojalá. Porque hasta ahora los políticos sólo han demostrado amor al poder y a la acumulación de riquezas, aunque sean mal habidas. 
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