Ciudades y ciudadanos de Nicaragua
El recién pasado 5 de febrero, cuando Managua cumplió ciento cincuenta años de ser capital de Nicaragua, dijimos en esta columna editorial que “la celebración adecuada del aniversario de la capitalidad de Managua no debe motivar el menosprecio a las otras ciudades, que también son importantes y merecen ser atendidas y apreciadas de manera equitativa”.
En realidad, para los habitantes de cada ciudad de Nicaragua ella es la mejor de todas, y así también deben ser consideradas y tratadas por las autoridades centrales del país, que tienen la obligación de gobernar para todos los nicaragüenses, sin ninguna clase de privilegios ni menosprecio para nadie. Además, es correcto decir que todas las ciudades del país son importantes, porque quienes las habitan son personas iguales en dignidad y derechos; y aunque parezca un lugar común, hay que subrayar que la gente es lo más valioso que tiene cada ciudad y el país en términos generales.
En estricto sentido de derecho, el rango de ciudad no le da a una población ninguna superioridad legal, privilegios políticos ni ventajas administrativas. Sin embargo, en la práctica, en un país atrasado como Nicaragua las ciudades grandes, y ante todo la capital, tienen ventajas que se derivan por un lado de la tendencia inevitable a la concentración de servicios, actividad económica y financiera, centros comerciales y culturales, etc., en derredor de las sedes de los poderes públicos; y por otra parte, deviene de la inveterada mala costumbre de los políticos gobernantes de olvidarse de los lugares que por diversos motivos los consideran como menos importantes.
Sin embargo, no fue por eso que la reciente celebración del sesquicentenario de la capitalidad de Managua no tuvo la trascendencia y solemnidad que debió tener. Dicha celebración fue opaca y mediocre, primero porque las autoridades municipales capitalinas no estuvieron a la altura de las circunstancias (como lo estuvo el gobierno de Managua en 1952, cuando se celebró el centenario de la capitalidad); y segundo, porque debido a las mezquindades políticas y las rivalidades partidistas los directivos liberales de la Asamblea Nacional ni siquiera quisieron celebrar una sesión solemne del Poder Legislativo, como era meritorio, sólo porque el gobierno municipal managüense está en poder de sus adversarios sandinistas.
Pero eso ya es historia. Esta semana, otras dos ciudades nicaragüenses cumplieron sendos aniversarios de ostentar ese rango. Como es sabido, el lunes 11 de febrero Jinotepe cumplió 119 años de ser ciudad, y hoy jueves 14 de febrero es Matagalpa la que arriba al 140 aniversario de la fecha en que se le otorgó el honorífico rango citadino.
Evidentemente, todas las ciudades nicaragüenses son jóvenes todavía. Ni siquiera las ciudades que para los nicaragüenses son viejas —como Granada y León, que fueron fundadas en 1524—, se pueden comparar en antigüedad y tradición con las milenarias ciudades europeas, asiáticas y africanas; como por ejemplo Alejandría (Al-Iskandariya), la así llamada ciudad mágica y esplendorosa de Egipto, fundada hace 2,333 años (331 antes de Cristo) por Alejandro Magno, el gran conquistador macedonio que fue discípulo de Aristóteles y donde tuvo su trono la legendaria reina egipcia Tea Filopátor (69-30 a.C.), mejor conocida como Cleopatra VII.
Sin embargo, aunque nuestras ciudades sean jóvenes y pequeñas son muy importantes para sus respectivas poblaciones, y tan queridas como Alejandría para los egipcios, París para los parisinos, las tres veces sagrada Jerusalén para los jerosolimitanos. “Si pequeña es la patria uno grande la sueña”, escribió Rubén Darío, resumiendo de esa manera los sentimientos que le inspiran a los nicaragüenses su patria, su nación, sus campos y sus ciudades.
Pero por supuesto que no es sólo con poesía que se debe demostrar el cariño al país y a la ciudad. También hay que hacerlo con hechos, con honestidad y eficiencia de sus gobernantes y con los cuidados de sus habitantes, desde el mantenimiento del aseo y el ornato citadino hasta el desarrollo de las tradiciones culturales.
De la ciudad se derivan ciudadano y civismo, que son la condición jurídica y la virtud esencial de las personas libres e investidas de derecho y dignidad. De manera que entre mejor sean nuestras ciudades mejores serán los ciudadanos, y al revés. 
|