Correo
Portada Impresa
    La Prensa    
Archivo
Busqueda
LUNES 4 DE FEBRERO DEL 2002 / EDICION No. 22632 / ACTUALIZADA 1:30 am
PORTADA
POLITICA
ECONOMIA
NACIONALES
REGIONALES
EDITORIAL
DEPORTES
SUCESOS
EL MUNDO
OPINION
REVISTA
SUPLEMENTOS
OBITUARIOS
CARTAS AL DIRECTOR

CLASIFICADOS
SUSCRÍBASE


   
La guerra oral de Chávez

Foto  

 

Joaquín Absalón Pastora*

Una rara fascinación por hugo Chávez expresada en las elecciones de mil novecientos noventa y ocho, volvió a hundir al pueblo venezolano.

Venezuela había salido del abismo al soltarse de las ataduras dictatoriales de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez, sucedidas por democracias refrescantes que comenzaron bien con la austeridad reivindicativa de Rómulo Betancourt. Sin embargo el período lleno de alternabilidades terminó mal con la corrupción acentuada en el segundo período de Carlos Andrés Pérez.

El desplome de la regularidad administrativa inspiró a un “golpista”: Hugo Chávez. Pero éste fracasó en el intento y fue la frustración su credencial para que se hiciera un carisma con el cual no había soñado siquiera.

Pero la popularidad —por culpa de él mismo— se vino al suelo. Y tarde, demasiado tarde, cuando los pueblos tienen más abiertos sus ojos, se embarcó en la flota de los dirigentes populistas en cuyo diccionario político la única palabra es revolución, sin conocer su significado de fondo.

Hugo Chávez en la pérdida irrecuperable de la moderación, pretende ser la resurrección corporal y mental de Simón Bolívar. En el abuso de la ilusión lo saca del contexto. Lejos de poseer ninguna de sus huellas emblemáticas lo excluye de la historia real al meterlo en mitos que sólo caben en su imaginación cuando ésta —repentinamente— se exacerba de discursos.

Todos están poblados de palabras improductivas como el recientemente pronunciado en la tierra donde nació Juan Vicente Gómez y en el cual promulgó como novedad prioritaria la ley de hidrocarburos.

El populista cuya gesticulación debe producir escalofríos en los pelos del temeroso, se refirió al “igualitarismo”, sabiendo que ninguna huella dactilar se parece a otra.

Los nuevos tiempos requieren un cambio. Hechos son, ejemplo, los valores agregados a las economías desvencijadas y no la pirotecnia verbal de los años sesenta. Fidel Castro en una Cuba que no era Luanda ni Biafra, convencía con su discurso revolucionario. Sus posiciones en el año dos mil suenan anticuadas porque su proyecto lo deshizo la opresión, como anticuadas suenan las de su tardío discípulo Hugo Chávez.

Lo que la recepción popular quiere sin mermarle importancia a la palabra son hechos coincidentes con la evaporación de la angustia. No cuadra a la apertura de sus ojos la profundización del odio de clases los cuales desfiguran la armonía entre empresarios y trabajadores. Prevalece en el venezolano la idea de enfrentarlos y no deja de hablar de revolucionarios y de contrarrevolucionarios aunque el noventa y cinco por ciento de la población se le haya paralizado en una demostración de lo que podría usarse como medio para llegar al fin.

Hugo Chávez está cercado por la deficiencia en los efectos prácticos y por los atroces derivados de perder el tiempo insultando desde los balcones.

También oficia en el altar de la vanidad, viéndose en el espejo con su boina roja de paracaidista o con el uniforme violado de Simón Bolívar.

* El autor es periodista.  
.


---
   
Otros Artículos

Apóstol de la izquierda

La guerra oral de Chávez

La vergüenza del racismo

Elecciones en la UNAN-León

Sobre investigación al patrimonio de Alemán