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LUNES 4 DE FEBRERO DEL 2002 / EDICION No. 22632 / ACTUALIZADA 1:30 am
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Apóstol de la izquierda

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Jorge Salaverry*

Dicen que el escritor mexicano carlos fuentes es un buen novelista. Puede que lo sea. Yo no lo sé; jamás he leído ninguna de sus novelas, pero sí he leído algunos de sus escritos en los que incursiona en el campo político-económico, y ahí sí tengo un juicio que emitir: ¡es un desastre! Hace casi dos años —el 3 de abril del 2000—, escribí un artículo comentando uno escrito por don Carlos. El suyo se titulaba “La nueva izquierda”; el mío “La vieja nueva izquierda”.

En aquel artículo, Carlos Fuentes hacía una presentación apasionada de una supuesta “nueva” izquierda... europea, por supuesto, y anunciaba la defunción de “dos teorías reductivistas de la economía y de la sociedad” a las que identificó como “el llamado socialismo real... y el dogma de la libertad irrestricta del mercado”. Y hablaba de que “La misión de la Nueva Izquierda es controlar la globalización y regular democráticamente los conflictos que de ella se derivan”.

Veintidós meses después, el mexicano ha vuelto sobre el tema con un artículo titulado “Por la izquierda”. En él vuelve a decir que “han concluido, con el siglo y el milenio, dos teorías reductivistas de la economía y la sociedad. El llamado ‘socialismo real’... [y] otro dogma, el de la libertad irrestricta del mercado...” Y repite también que “La misión de la nueva izquierda es controlar la globalización y regular democráticamente los conflictos que de ella se derivan”. Bueno, al menos nadie puede acusar a don Carlos de inconsistente.

Según Fuentes, la “nueva izquierda” no está contra la globalización per se, sino en contra del “hecho de una globalización sin ley, abandonada a su capricho especulativo y superior a toda normatividad nacional o internacional”: A ver, a ver, vayamos más despacio. ¿Sabrá este señor lo que dice? ¿Cuál globalización “sin ley”? Estoy seguro de que hasta el portero de la Organización Mundial del Comercio se atacaría de la risa al oír hablar de una globalización “sin ley”. Dice el afamado novelista: “La globalización da enorme influencia a los agentes no-políticos y despoja de poder a los poderes electos a favor de los no-electos”. (A estas alturas me imagino al portero de la OMC en el suelo revolcándose de la risa). ¿Sabrá don Carlos que quienes le ponen una multitud de “leyes” al libre comercio mundial son precisamente los burócratas de la OMC que son ¡oh, novedad para don Carlos! nombrados nada más y nada menos que por los “poderes electos”?

Hablemos claro. Lo que sucede es que Fuentes, al igual que todos los intelectuales de izquierda de todas las nacionalidades, tiempos, y latitudes —como Sergio Ramírez que en un artículo reciente arremetió contra el mercado—, son los mismos viejos socialistas que en el fondo de sus corazoncitos detestan la economía de mercado. (Eso, por supuesto, no les impide vivir y disfrutar de las “decadentes sociedades capitalistas”).

Cuando hablan, como lo hace Fuentes, de someter la globalización a “poderes políticos responsables” en realidad no hacen más que manifestar el viejo anhelo socialista de “someter al mercado”, o lo que es lo mismo, al individuo. La izquierda irredenta ællámese nueva o viejaæ no puede sacudirse el deseo íntimo de controlar la vida de las personas. La izquierda en general, y sobre todo los intelectuales de izquierda, se consideran moralmente superiores. Están convencidos, como ya lo señalaba Frédéric Bastiat en el Siglo XIX, que “están hechos de un barro mejor que el resto de la humanidad”. Ellos se consideran exentos de la concupiscencia que aprisiona a los que operan en el mercado y que sólo buscan el enriquecimiento “a costa de los pobres”. Para ellos, la clase política está compuesta de seres nobles y desprendidos de todo interés personal y que busca tan sólo cómo defender a los pobres ciudadanos de los viles mercaderes y empresarios globales.

¡Qué tan adherida está esa convicción en el pensamiento de izquierda! Lo ha estado también en la sociedad latinoamericana en general. Pero poco a poco, sin embargo, nos venimos despojando de esa falsa creencia. La gente cada vez se da más cuenta de que a los políticos los mueve el interés personal tanto como a los que operan en el mercado, pero con una diferencia muy importante: cuando en el mercado un empresario no satisface nuestros deseos, lo cambiamos de inmediato. Lamentablemente no podemos hacer lo mismo con los políticos, a quienes tenemos que aguantar por largos años antes de poder cambiarlos, y eso, cuando se puede.

* El autor es miembro del Consejo Editorial de La Prensa y catedrático de la Universidad Thomas More.
jorgesal@cablenet.com.ni  
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