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LUNES 28 DE ENERO DEL 2002 / EDICION No. 22625 / ACTUALIZADA 12:40 am
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¿De quién es Sor María?

Jorge Salaverry
jorgesal@cablenet.com.ni

La pregunta un tanto ridícula con la que he titulado este artículo parece haber adquirido una importancia enorme para algunos políticos sedientos de notoriedad. Así vemos cómo el diputado Arnoldo Alemán anda muy “preocupado” diciendo que tenemos que movernos rápido para que los ticos no nos “quiten” a Sor María Romero, la monja nicaragüense que el próximo14 de abril será beatificada en Roma por el Papa Juan Pablo Segundo.

Buscando cómo saciar su desmesurado ego, y de paso obtener algún rédito político, Alemán pretende manipular la beatificación de Sor María. Eso me parece chocante, tanto como el ridículo acto en el que, en Ciudad Darío, aplaudió complacido el develamiento de su propio busto el día en que se conmemoraba el ciento treinta y cinco aniversario del nacimiento del gran poeta nicaragüense.

Así como nos referimos a Rubén como “nuestro gran poeta”, es perfectamente legítimo que nos podamos referir a Sor María como “nuestra gran santa”, y si los costarricenses quisieran referirse a ella de igual manera, está bien. Eso no debe quitarnos el sueño, y mucho menos impulsarnos a armar toda una alharaca nacionalista que no podría ser más que hueca, enfermiza y sin sentido.

Si hacemos la pregunta, ¿de quién es el Río San Juan?, la respuesta es fácil e inequívoca: el Río San Juan es de Nicaragua y de nadie más. Pero la respuesta a la pregunta, ¿de quién es Sor María? es mucho más compleja y difícil, porque estamos hablando de una persona y no de una cosa. No tengo ni la menor duda de que si se le hubiese formulado a ella esa pregunta, su respuesta habría sido: soy de Jesús y de María; “de mi rey y de mi reina”, habría dicho ella en ese lenguaje íntimo y cariñoso que usan los enamorados y que siempre usaba para referirse a sus “dos amores”.

De algo también estoy seguro: Sor María jamás renunció a su ciudadanía nicaragüense. Por gracia de Dios nació y murió en Nicaragua, pero vivió y trabajó 46 años en Costa Rica. Amaba a Nicaragua, su patria, pero también amaba a Costa Rica, la nación que por tantos años la acogió con afecto y cariño. Era una patriota, no una nacionalista. El patriotismo es un sentimiento sano que hace que uno ame a su Patria entrañablemente, pero que no impide que uno pueda también amar a otras naciones. (Cuando Juan Pablo Segundo llegó a Polonia por primera vez después de haber sido electo Papa, las lágrimas enturbiaron sus ojos y se le oyó decir en voz baja: “¡Oh Polonia, Polonia, mi Patria!” ¿Acaso podría alguien pensar que el Papa, por amar a Polonia, su Patria, quedaba impedido de amar a otras naciones?). El patriotismo es amor, y por tanto expansivo. El nacionalismo, por el contrario, es enfermizo y peligrosamente excluyente: “sólo lo nuestro es bueno”.

Sor María fue una mujer inundada por el amor de Cristo. Para todos tenía: para los pobres y para los ricos. Jamás politizó su trabajo ni su religión. Nada mejor que el título de su biografía para entender con precisión la amplitud de ese amor desbordante: “Con María, Toda Para Todos, Como Don Bosco”. Dios le concedió lo que siempre ella le pidió: vivir entre los pobres y poder servirlos. Sor María Domenica Grassiano, su biógrafa, dice que “los pobres iban a ella, si por la camisa, por un pan, por un medicamento, pero, sobre todo, por el amor gratuito, atento, respetuoso y sonriente que los saciaba en lo profundo de su humanidad herida.”

Ésa es la persona que la Iglesia Católica, en reconocimiento a su vida ejemplar, honrará muy pronto con el título de Beata. Los nicaragüenses tenemos derecho de alegrarnos, y los costarricenses también. No politicemos este hermoso evento. Antes bien, procuremos conocer a fondo quién fue Sor María Romero, qué fue lo que hizo, y por qué lo hizo. Nos sorprenderemos de ver cómo una persona tan sencilla, pero poseída de una confianza ilimitada en el amor de Dios, pudo hacer tanto bien en su vida, y cómo continúa haciéndolo aún ahora después de muerta. Decía Sor María: “Ser santa no es hacer milagros, sino amar a Jesús con todo el corazón, entregarse a Él sin reserva, creer con fe inquebrantable en su amor, y vivir todo el día de esos pensamientos”. Gracias, Sor María, por honrar a nuestra Patria.

El autor es miembro del Consejo Editorial de La Prensa y catedrático de la Universidad Thomas More.

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