Un epitafio a doña Esperancita Alduvin de Tiffer
Las personas viven mientras los recordamos, mueren cuando las olvidamos
Estoy escribiendo un libro sobre el cementerio San Pedro. Allí está sepultada doña Helena Cabezas, quien fue casada con don Claudio Rosales. Se encuentran también los restos de su hija Celina. Me dijeron que en Masaya había descendientes, hablé con mi hermana Mirna y ella ofreció presentarme a la persona que podía darme información. Así conocí a doña Esperancita.
Casada con don Alberto Tiffer Tiffer, familiar nuestro por mi bisabuelo, don Macario Pérez, de Masatepe. Procrearon a Rosa Esperanza, Ricardo (difuntos), María Isabel, Jorge Alberto y Amelita. Fue doña Esperancita hija del Dr. Ricardo Alduvin Lozano, secretario general de Benjamín Zeledón. Ella heredó de su padre una clara y coherente inteligencia, era una extraordinaria conversadora, dejando huellas imborrables de gran sensibilidad humana, mientras se mecía en una silla abuelita en el corredor de su casa en Masaya, junto a su fiel perro Ranger.
Largas y agradables fueron mis visitas a doña Esperancita, en busca de la descendencia del matrimonio Rosales-Cabezas. Conversábamos de muchos temas: historia, flores y frutas. Pensábamos hacer un viaje a su propiedad La Providencia, situada entre San Marcos y Jinotepe.
Tenía una visita programada para la última semana de diciembre. Todo quedó pendiente cuando el 24, su corazón no soportó la corriente de generosidad que desbordó toda su vida. Reina de belleza en su juventud, nunca perdió la belleza espiritual.
Hace pocos días necesitaba verificar algunos datos relacionados con la familia Rosales-Cabezas. Pensé en llamar a doña Esperancita. Eso me alegró mucho luego de un momento de tristeza. Cuántas veces conversamos de que las personas viven mientras las recordamos, mueren cuando las olvidamos.
Roberto Sánchez Ramírez 
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