Correo
Portada Impresa
    La Prensa    
Archivo
Busqueda
DOMINGO 27 DE ENERO DEL 2002 / EDICION No. 22624 / ACTUALIZADA 1:00 am
PORTADA
POLITICA
ECONOMIA
NACIONALES
REGIONALES
EDITORIAL
DEPORTES
SUCESOS
EL MUNDO
OPINION
REVISTA
SUPLEMENTOS
OBITUARIOS
CARTAS AL DIRECTOR

CLASIFICADOS
SUSCRÍBASE


   

Desde la Colina Vaticana
La oración fructifica en la historia

J. Dávila y Castellón

“Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios”.
(Juan Pablo II)

El cristiano es lo que es su oración: si su oración es mediocre, no puede esperar más que ser un cristiano mediocre; si es profunda, intensa y perseverante, promete ser un cristiano auténtico que nada tiene que ver con los cristianos “del montón” o simplemente nominales. Quien no cambió su vida se debe a que no ora u ora muy mal, pues no puede ser que me comunique con Dios, “nada menos que con Dios”, y no ocurra o cambie nada en mí. ¿No es acaso que exactamente se ha producido una falla en la comunicación con Dios?

Al orar lo primero que he de constatar es si estoy en sintonía con el Señor, si estoy en su santísima presencia como para empezar a conversar amorosa y cordialmente con Él, con entera confianza e infinito respeto. Sin esta comunicación con Dios no puede darse la oración propiamente dicha. Se ora realmente cuando se está consciente de a quién nos dirigimos en la oración; una oración desatenta, rutinaria, hecha “por no dejar” constituye una falta de delicadeza o descortesía de hijos ingratos para el Padre bueno que nos ama tanto, una solemne malacrianza o, por lo menos, un lamentable acto de inconsciencia. Por eso decimos que no hay oración si no se opera esta comunicación con Dios, puesto que la oración “es una conversación con Aquél que sabemos que nos ama” según la definición de algunos santos, pero ¿qué conversación puede darse donde no hay comunicación?

Una vez establecida la debida comunicación con Dios, abierto el corazón a su inmenso amor, recibiendo al Amado, viene la plática de intereses comunes, el diálogo entre el Creador y la creatura, entre el Padre y el hijo, entre el Redentor y el redimido, entre el Médico y el enfermo... Diálogo, intercambio de ideas y sentimientos, intercambio de amor, no monólogo.

Sin embargo, no voy a orar con intensidad para sentirme psicológicamente relajado; habrá alguna ocasión en que experimente la necesidad de desahogarme con alguien frente a los problemas y agobios de la vida, y ¿qué mejor que recurrir al Dios de los consuelos como se recurre en un apuro al mejor de los amigos?

¡Qué he dicho!: Si los apremios, dificultades y problemas constituyen el pan amargo de cada día en la existencia de infinidad de mortales de la especie humana. No obstante, cabe advertir que el centrarnos y concentrarnos excesivamente en nuestros intereses particulares en los momentos de oración, sobre todo si de esto hemos hecho una costumbre demasiado arraigada, nos exponemos peligrosamente a quedar secuestrados interiormente dentro de la estrechez de nuestro propio egoísmo, apartándonos entonces del compromiso en la historia y con la historia.

Toda oración intensa y auténtica, por lo mismo que compromete, desemboca en un llamado, porque Dios habla y pide algo, no solamente da, durante y después de la oración, de donde se desprende la necesidad de someter nuestra oración a serena pero seria revisión en lo concerniente a los frutos que está llamada a producir: en nuestra historia personal, familiar y social, según las propias circunstancias y posibilidades individuales. No seremos capaces de construir la historia de acuerdo con el designio de Dios, si a la vez que pretendemos abrir el corazón a su amor, nos empeñamos en cerrarlo al amor de los hermanos.

El alma que se eleva a Dios debe “bajar” a los hermanos, principalmente a los más necesitados; y bajar con amor, con un amor que levanta y edifica. “Pero se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida”, advierte el Papa. ¿No será la oración superficial la causa de nuestro poco amor a los demás? ¿No se debe a eso que no cambia nuestra historia?  
.


---

   
Otras Noticias

Fallece sacerdote y deja huérfana obra social

Papa podría viajar a México, pero no prevé visita a Nueva York

La oración fructifica en la historia