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VIERNES 25 DE ENERO DEL 2002 / EDICION No. 22622 / ACTUALIZADA 02:00 am
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De geishas y otras comidas orientales

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Arquímedes González
arquimedes.gonzalez@laprensa.com.ni

A los que tienen sueños eróticos con una geisha, les anunció que habrá muy pocas posibilidades de tenerla. De las 80 mil que se dedicaban a este oficio a inicios del siglo pasado, hoy solamente unas mil lo practican en Tokio, la capital más conservadora y pudorosa, pero también la más bestial y traidora.

El arte supremo de la geisha es la conversación. Tiene, tres reglas fundamentales: Ser amable, no abrir el corazón y agradar al hombre. Además, la geisha elige a su amante, es independiente en su trabajo y por lo general, amasa una verdadera fortuna.

Hay que ser pacientes porque primero se debe llamar por teléfono, hacer la reservación y pagar por adelantado. Después ella toma el tren —a veces desde Yokohama o Skuba a casi dos horas de camino— con la cara embadurnada de un polvo blanco intenso que hiere a la vista y de labios encendidos con un kimono de atuendos llamativos y de un largo, pesado y dificultoso traje de color rojo encendido o azul floreado, con sus sandalias de madera provocando el toc, toc hueco por el interior del vagón hasta salir a la lengua larga de cemento donde se baja en la estación central de Shibuya y sale al hervidero de gente tomando el rumbo ya especificado con la mirada al suelo y el cabello firme y adornado con pequeñas flores.

En el parque dedicado a un perro fiel —porque solamente los perros son tan fieles— se les podía ver, con suerte una cada semana pero se debía tener mucha suerte y gastar muchas horas esperando.

Pero un momentito. Hay algo que debí aclarar antes. Las geishas no solamente son cuerpos de satisfacción sexual. Para tener mucho éxito y buena e influyente clientela, antes, mucho antes, debían saber música, arte, canto, poesía y las artes amatorias más sensuales, pero ahora son como unas “amigas” de horas de las que no se les pide tanto.

Una vez, estando todavía en Tokio, sentado frente al televisor, presentaron un especial sobre estas raras bellezas y le preguntaron a sus clientes el porqué recurrir a ellas. Consideraron como infeliz el que sus esposas ya no los atendieran como antes —porque el machismo en Japón es tan material como el hierro—, que no les frotaban las espaldas a la hora del baño, que no les tomaban sus camisas y sus pantalones para colocarlos en el guardarropa y que a veces, ni cena tenían lista.

Así que conseguían estas mujeres para cenar o simplemente llevarlas a otra casa donde ellas hacían lo que les causaba nostalgia. Y estaban muy orgullosos de contratarlas. Algunos decían que sus mujeres sabían que lo hacían y entonces, no lo esperaban y salían a tomar el té con amigas y otro decía que su esposa hasta se había vuelto muy diestra en los bolos de tanto practicar.

Ojalá que las geishas puedan resistir el pasar del tiempo y que sigan adornando las calles de Tokio con su paso apurado hacia otro cliente. Pero se me olvidaba, conseguirlas no es tan barato. A veces puede costar hasta cinco mil dólares por unas horas. ¿Cuántos se apuntan?  
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