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LUNES 21 DE ENERO DEL 2002 / EDICION No. 22618 / ACTUALIZADA 01:30 am
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La Costa también es Nicaragua

El menosprecio de los magistrados del Consejo Supremo Electoral y de las cúpulas políticas libero-sandinistas a la inauguración de la campaña electoral de la Costa Atlántica, que arrancó el recién pasado jueves 17 de enero, confirma una vez más la histórica discriminación gubernamental hacia esa región que es tan nicaragüense como cualquier otro lugar del país.

Pero, además, este menosprecio gubernamental a las elecciones de las autoridades regionales de la Costa Atlántica que deben celebrarse en marzo próximo, es otra consecuencia de la perversión que han sufrido las instituciones estatales debido al pacto prebendario entre las cúpulas del PLC y el FSLN.

En realidad, los activistas de los partidos PLC y FSLN que se han apoderado de las instituciones estatales, incluyendo al Consejo Supremo Electoral, no tienen ni pizca de vocación de servicio público, ni ética profesional, ni sentido de responsabilidad ante los ciudadanos, que son sus verdaderos mandantes y empleadores. Lo único que les interesa es satisfacer sus megalomanías y saciar sus apetitos de enriquecimiento a la sombra del poder.

De manera que los nicaragüenses costeños tienen razón de sentirse molestos con las autoridades radicadas en el Pacífico del país, que ven y tratan de menos a la Costa Atlántica, y sólo la consideran como tierra de conquista para explotar sus riquezas y recursos sin dejarle nada bueno a cambio.

Ciertamente, tal como lo registra la historia, los partidos liberal y sandinista, que ahora son “compañeros de poder” (según la afortunada frase del ex presidente Arnoldo Alemán), le han causado mucho daño a la Costa Atlántica y siempre han menospreciado a la población costeña.

Los historiadores liberales se ufanan de que en 1894 su partido “reintegró” a Nicaragua la antigua Costa Mosquita, que hasta entonces estaba sometida al colonialismo británico. Y sin dudas que eso fue un hecho muy positivo, pero se lo cobraron muy caro a la población costeña al imponerle una nueva forma de colonización, interna, en cierto modo peor que la británica, que al menos se apoyaba en la riqueza económica y cultural del Reino Unido.

Por su parte el gobierno sandinista cometió en la Costa Atlántica terribles tropelías que no pueden olvidarse, y además, el FSLN engañó a la población costeña con una Ley de Autonomía que fue dictada en 1987, pero nunca se aplicó por falta de reglamentación. Luego, el gobierno de doña Violeta creó un Instituto Nicaragüense de Desarrollo de las Regiones del Atlántico (Indera) que aumentó la costosa e ineficiente burocracia, pero muy poco o nada hizo para impulsar el desarrollo de las regiones autónomas. Y el gobierno liberal del ex presidente Arnoldo Alemán hizo un millón de promesas incumplidas a la población costeña, y creó además, mediante la “Ley (290) de Organización, Competencia y Procedimientos del Poder Ejecutivo”) una supuesta “instancia responsable de establecer la relación de coordinación entre los Consejos Regionales Autónomos de la Costa Atlántica y los distintos ministerios de Estado, mandatados (sic) en el Artículo 8, numeral 2, de la Ley 28, Estatuto de Autonomía de las Regiones de la Costa Atlántica Nicaragüense”. Sin embargo, esa instancia no funcionó, o sus funciones fueron mal asumidas por alguna otra de las muchas estructuras burocráticas que creó el señor Alemán para mejor controlar el poder y para tener más prebendas que distribuir entre sus parientes, amigos e incondicionales políticos.

Algunos ciudadanos prominentes de Nicaragua le han recordado al presidente Enrique Bolaños que la Costa Atlántica también es Nicaragua, y que debería constituir la instancia que se menciona en la ley 290 o una secretaría específica para atender de manera particular a las regiones autónomas, para impulsar la integración nacional y promover el desarrollo integral del país. Pero hasta ahora el nuevo presidente no ha atendido dicho planteamiento, o no ha tenido tiempo para hacerlo.

Entre tanto la población costeña sigue abandonada y menospreciada por las autoridades supremas del país, al mismo tiempo que explotada por una camarilla política y económica rapaz e insensible ante los problemas sociales y nacionales de la Costa Atlántica y de todo Nicaragua. Ante lo cual, en estos días darianos cabe parafrasear al gran poeta nacional: “¡Dios mío! ¿Qué esperas para poner fin a tanto olvido y tanta infamia?”  
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