Viviendo solos
Wilder Pérez R. wilder.perez@laprensa.com.ni
El 4 de febrero de 1992 Eliodoro Sevilla entró a su cuarto. Al ver sus paredes lo imaginaba más enorme de lo que en realidad era, tres por cuatro metros. En su desesperada melancolía, ese era suficiente espacio para que alcanzara toda su familia, incluyendo primos.
“Pasé llorando toda la noche, ésa y las que siguieron fueron las más largas de mi vida, fue horrible, lloraba como si se me hubiera muerto alguien”, recuerda Heliodoro diez años después de aquella experiencia que le cambió la vida.
Como él, un sinnúmero de jóvenes se avientan a vivir solos, muchas veces por necesidad y en otras por alcanzar la independencia. “La vida lo moldea a uno”, dice Gustavo Bustamante, acerca de su experiencia.
Gustavo vivió solo porque tenía que entrar a la universidad. Eso no era lo peor, después de todo, miles de estudiantes universitarios emigran cada año para hacerse profesionales. Su problema era provenir de una familia machista.
“No es que me regañaran por planchar, cocinar o lavar mi propia ropa, pero es que me sentía extraño, al principio usaba el mismo pantalón para no lavarlo y no planchaba las camisas, no limpiaba y compraba la comida, sólo porque me creía muy macho”, dice Bustamante. Pero pronto sus compañeros se le burlaron y empezó a cambiar.
TOTAL LIBERTAD
Y es que las burlas son las expresiones más comunes de esos muchachos que aprenden a hacer sus cosas después de la adolescencia. “Mis amigos lo hacían porque yo a veces aparecía con dos quiebres en la camisa porque no sabía planchar”, reconoce Jader Torres.
Igual experiencia tuvo Sevilla. “Las primeras semanas que regresaba a mi casa en Camoapa, mi familia me preguntaba que si la camisa que andaba puesta la había sacado de la boca de una vaca y se reían de mí”, recuerda.
Pero vivir solo no es sinónimo de tristeza. “Uno se divierte más, sale cuando quiere y regresa a la hora que quiere, tiene total libertad”, dice Torres, quien además confiesa que “de vez en cuando uno puede llevar a una muchacha y no hay problema”.
Ciertamente, la independencia es un sinónimo de libertad que alcanza su máxima expresión después que uno ha vivido con los padres desde la fecha de su nacimiento. Y estar solo, especialmente frente a la novia, es justo lo que se quiere.
No obstante, hay algo detrás de la soledad que escarba en el corazón. “La familia, los padres, los hermanos, los tíos, los primos”, dice Sevilla sin parar. Según los consultados, es duro porque la vida cambia bruscamente y uno se queda prácticamente a la intemperie después de haberlo tenido prácticamente todo al alcance de la mano y sin mucho esfuerzo.
Pero también todos coinciden en que uno se acostumbra luego de aproximadamente seis meses, cuando aprende a planchar, a lavar, a limpiar, a ser un poco más ordenado o al menos a administrar el desorden... cuando ya uno se vale por sí mismo y las burlas desaparecen.
LOS ACCIDENTES
Lo más difícil de vivir solo es aprender a valerse por sí mismo.
Jader Torres quemó un pantalón y manchó una camisa antes de aprender la lección, sin mencionar que tanto él, como la mayoría de los que no lo sabían hacer, soportaron las burlas del tipo de planchado al exhibir flamantes y multiplicados quiebres en sus ropas.
Si la persona ya lo sabía hacer, como en el caso de Marlyn Suárez, no sufrirá tanto. Pero aún así, uno no es inmune. “Me salieron callitos en las manos porque diario agarraba el lampazo y las exponía al agua con jabón y detergente”, dice.
Para evitar algunos de esos accidentes, los muchachos de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, con sede en Managua, cobraban cinco córdobas de multa al que no limpiara el cuarto el día que le tocara. “A veces valía la pena pagarlos, especialmente después de una fiesta en la noche”, dice Torres. 
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