Editorial
Los primeros pasos
El presidente Enrique Bolaños tuvo un debut alentador en el campo de la economía nacional, con el foro de empresarios extranjeros que se celebró en Managua el viernes de la semana pasada, en el cual se comprometieron millonarias inversiones que, al concretarse, crearán millares de nuevos puestos de trabajo permanentes y productivos
Pero también en el ámbito político y de la prometida renovación moral de Nicaragua, el presidente Bolaños tuvo un buen comienzo al anunciar su decisión de suprimir los privilegios y prebendas para los funcionarios públicos de todos los niveles, y además, al no incluir a ningún diputado en su gabinete y equipo de gobierno en general. Lo cual es trascendental, pues pone fin a la viciosa costumbre política de que personas que fueron electas para ocupar escaños legislativos de la Asamblea Nacional, desempeñaran cargos en el Poder Ejecutivo, pero conservando, por supuesto, su condición y privilegios de diputados. Y así, además de que el procedimiento de elección de los diputados nicaragüenses, por medio de listas cerradas y no por escogencia directa de los ciudadanos, no es auténticamente democrático, los electores eran virtualmente estafados por personas “electas” para legislar pero que no cumplían esta función, sino otras asignadas personalmente por el Presidente de la República.
Semejante violación a la voluntad ciudadana y al mandato popular se comenzó a practicar bajo el régimen sandinista, supuestamente para aprovechar mejor a algunos “cuadros” principales de la revolución; se continuó en el gobierno de doña Violeta B. de Chamorro, para conseguir el apoyo de algunos partidos que formaban parte de la alianza UNO; y finalmente, el ex presidente Arnoldo Alemán la llevó a su máxima expresión, para tener más prebendas que repartir entre sus partidarios incondicionales.
La decisión del presidente Bolaños de poner fin a la corrupta costumbre de colocar diputados en cargos del Poder Ejecutivo, le costó al diputado liberal Jaime Cuadra no poder conseguir los votos indispensables para ser electo presidente de la Asamblea Nacional, y por lo tanto no se pudo impedir que se consumara la primera parte de la maniobra del ex presidente Alemán para apoderarse de la presidencia del Parlamento y desde allí tratar de controlar todo el gobierno. Pero era preferible que el presidente Bolaños recibiese esa derrota política en la Asamblea Nacional —que en realidad es una victoria moral— en vez de caer en la trampa corrupta de “cañonear” (sobornar) diputados para conseguir sus votos.
En realidad, nombrar diputados en cargos del Ejecutivo no sólo promueve la corrupción sino que también pervierte el sistema republicano de la separación de poderes, y viola la Constitución de Nicaragua, que en su artículo 129 establece: “Los Poderes Legislativo, Ejecutivo, Judicial y Electoral son independientes entre sí y se coordinan armónicamente, subordinados únicamente a los intereses supremos de la nación y a lo establecido en la presente Constitución”; pues los diputados que ocupan cargos en el Ejecutivo tienen que obedecer a quien los nombró, al Presidente de la República, aunque su obligación constitucional es subordinarse “únicamente a los intereses de la nación”, es decir, a quienes los eligieron para legislar y no para ninguna otra cosa.
“Desde el punto de vista de la libertad de los ciudadanos, la forma más segura de gobierno será aquella en la cual los tres poderes (el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial) estén estrictamente separados y cada uno de ellos limite a los otros dos, por este medio se evitará una extensión indebida del poder del gobierno en general”, señaló Montesquieu (1689-1755) en su célebre obra “El espíritu de las leyes”. Y en realidad, en un sistema presidencialista como el que impera en Nicaragua, ¿cómo podrían unos diputados que son funcionarios del Ejecutivo y por lo tanto subordinados del Presidente de la República, limitar la extensión indebida de los poderes de éste?
En fin, al no incluir a diputados en su gabinete de gobierno el presidente Enrique Bolaños ha dado un primer pero trascendental paso hacia la renovación moral de Nicaragua. Un camino muy difícil pero que debe seguir recorriendo por lo menos con medidas que no requieren del respaldo de los diputados y, por lo tanto, no podrían ser impedidas por los guardianes de la corrupción. 
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