El reposo de un ser sagrado
Cuando asesinaron al doctor Pedro Joaquín Chamorro, el 10 de enero de 1978, Pablo Antonio Cuadra (PAC), quien a la sazón era codirector de LA PRENSA, transido de dolor y lleno de indignación sentenció en un memorable Editorial: “La sangre de Pedro salpica a toda Nicaragua”. Ahora, ante la pérdida inevitable pero irreparable y dolorosa de PAC, podemos decir que su muerte ha cubierto de luto a toda Nicaragua. Y más allá, porque la obra de PAC trasciende las fronteras nacionales.
Es mucho lo que se puede hablar sobre PAC. Sin embargo, en este día, cuando los restos mortales del Poeta acaban de ser sepultados y su pensamiento vivo flota sobre Nicaragua, basta decir que PAC era un ser sagrado, como dijo el filósofo griego Sócrates que son los poetas verdaderos.
PAC es un símbolo intelectual y espiritual de Nicaragua. Está a la misma altura de Rubén Darío, porque fue un “hacedor de cultura, constructor de soberanía y lengua de su pueblo, de cuyos ojos se apoderó para ‘ver’ realidades y visiones, esperanzas y sueños”, según lo definió su discípulo y entrañable compañero y amigo, Jorge Eduardo Arellano (JEA) en la semblanza que escribió para el libro antológico “Héroes sin Fusil”. Y agregó Arellano que “Pablo Antonio Cuadra ha sido el más fiel intérprete de su mismo pueblo. Tal es, en síntesis, el significado de su vida y obra de poeta y ensayista, dramaturgo y crítico, narrador y artista plástico”.
En efecto, PAC fue uno de esos genios que Dios elige de vez en cuando para revelar, por medio de la poesía y la creación cultural en términos generales, la belleza y la fecundidad de la existencia humana. Por eso, precisamente, es que en la obra imperecedera de PAC hay la convicción, el talento y la maestría de los grandes maestros y creadores de la historia, que aportaron y siguen aportando para la humanidad obras grandiosas, admirables, inolvidables e insuperables. Y sin temor a equivocarnos podemos afirmar que sin el aporte generoso de PAC, Nicaragua hubiera sido un país culturalmente mucho más pobre, o mucho menos rico de lo que es.
Todas las personas que tuvieron la oportunidad privilegiada de conocer a PAC y relacionarse con él, supieron de su ejemplar calidad humana, se contagiaron de su amor a la libertad, de su pasión por la justicia, de su desprecio hacia todas las formas de opresión, de su apego a la verdad, de su dedicación a promover los valores morales y los principios éticos, de su compromiso cristiano integral. Y por lo consiguiente, pudieron admirar la plena confianza que tenía PAC —sin ser un iluso— en la bondad intrínseca del ser humano, porque para él y a pesar de todo, como dijera Albert Camus “en el hombre hay más cosas dignas de encomio que dignas de denigración”.
Por eso es que PAC no era un poeta subido a una Torre de Marfil y encerrado en ella. Por el contrario, el Poeta mantenía una estrecha relación con la gente, incluyendo a las personas más humildes que eran la principal fuente de su inspiración. El fue un activista de la cultura y un luchador ejemplar —desde sus trincheras de creación intelectual— por la educación de la gente y el desarrollo cultural de la sociedad, que son los caminos que conducen a las formas plenas de la democracia y la libertad.
PAC fue también un excelente periodista. En los editoriales de LA PRENSA y los “Escrito a Máquina” redactados tantas veces por él, hay una rica contribución a las formas y el estilo de redacción periodística, y a la defensa valiente e infatigable de la libertad de prensa. Y hay también en sus escritos periodísticos un monumental aporte político a la lucha por la civilidad y contra las dos dictaduras —somocista y sandinista—, de las que recibió dolorosos agravios que no lo doblegaron sino que más bien lo incitaron a seguir luchando hasta conseguir el triunfo de la humanidad, es decir, la victoria de la libertad.
Ahora llegó el momento del reposo para PAC, ese ser sagrado cuyo nombre y obra vivirán a lo largo de los siglos en la memoria agradecida de los nicaragüenses. 
|