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LUNES 31 DE DICIEMBRE DEL 2001 / EDICION No. 22598 / ACTUALIZADA 12:30 am
Los Rostros del Nuevo Gobierno
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Lo bueno de un mal año

Si es cierto, como dicen los filósofos de la historia, que el futuro se mira en el pasado, entonces las expectativas del nuevo año (en este caso el 2002) hay que inferirlas necesariamente de lo que ocurrió en el año viejo 2001, que termina hoy 31 de diciembre.

Sin temor a equivocarnos, podemos asegurar que en términos generales —y no obstante que no hay nada absolutamente negativo, de la misma manera que nada es bueno en absoluto—, el 2001 no fue un buen año para Nicaragua. Y dicho con más exactitud y crudeza, para la mayoría de los nicaragüenses fue un mal año.

De acuerdo con el balance que hacen para esta fecha los medios de comunicación —sobre la base de informaciones y datos de fuentes oficiales— en este año disminuyó el modesto ritmo de crecimiento de la economía nacional (2% en 2001, versus 4.3% en el 2000, según la Cepal, Comisión Económica Para América Latina, de las Naciones Unidas), e inclusive fue negativo si se toma en cuenta el aumento de la población. La producción y exportación cafetalera —que sigue siendo el rubro fundamental de la economía nacional— sufrió un grave colapso; decreció la industria de la construcción; se deprimió la actividad comercial; disminuyó el turismo como consecuencia de los atentados terroristas del 11 de septiembre en EE.UU., y, en consecuencia, hubo menos producción de riqueza, aumentó el desempleo, subieron las tarifas de los servicios públicos y el costo de la vida en general, se devaluaron los escuálidos salarios de los trabajadores, mientras crecieron los inmorales megasueldos de la alta burocracia. En fin, empeoró la situación de pobreza en que vive la mayoría de la población nicaragüense.

Las quiebras bancarias fraudulentas siguieron provocando pérdidas millonarias que fueron asumidas por el Estado y, por lo tanto, tienen que pagarlas los contribuyentes, sin que se castigara mediante la aplicación de la ley a los principales y verdaderos culpables. En realidad, para la administración de justicia éste fue uno de sus peores años desde que comenzó hace una década la democratización del país, pues los efectos del pacto libero-sandinista, que institucionalizó la corrupción y repartió entre el PLC y el FSLN el botín de los poderes públicos, han sido devastadores para las instituciones en general, pero sobre todo para el Poder Judicial.

Por otro lado, la aplicación del pacto libero-sandinista golpeó mortalmente al pluralismo político al excluir de la participación electoral a las fuerzas intermedias y alternativas al bipartidismo. Sólo el Partido Conservador pudo sobrevivir, gracias a las presiones externas, pero en condiciones extremadamente precarias y sin ninguna capacidad competitiva, por el acoso del PLC y el FSLN que pretenden imponer para siempre un escenario político en el que sólo tengan derechos electorales los simpatizantes liberales y sandinistas.

Pero, sin dudas, también hubo cosas buenas en este mal año 2001. Por ejemplo, las obras públicas de progreso de las que tanto se ufana el gobierno del presidente Arnoldo Alemán, aunque hay que señalar que esa es la primordial obligación de cualquier gobernante, y que para ejecutarlas este gobierno recibió a lo largo de su mandato de cinco años más de 2,000 millones de dólares en recursos externos. Aparte de que dichas obras le han costado demasiado caro al pueblo nicaragüense, primero porque a su amparo se enriqueció desmedidamente una camarilla corrupta, y luego porque aumentó la deuda externa (unos 200 millones de dólares) y la deuda pública interna creció a un ritmo de 150 millones de dólares anuales, según analistas económicos independientes.

Finalmente, hay que subrayar como hechos muy positivos la derrota de las pretensiones del presidente Alemán de coartar la libertad de información para silenciar las denuncias de la corrupción gubernamental, y, de manera especial, la votación popular del 4 de noviembre, que no sólo garantizó la continuidad del incipiente y maltrecho proceso democrático nicaragüense, sino que también y sobre todo permitió que a partir del próximo 10 de enero, se instale en el Gobierno un equipo de personas cuyas credenciales de honestidad han hecho renacer la esperanza de la población, y abren otra oportunidad para Nicaragua de hacer la única revolución que nos ha hecho falta: la revolución de la honradez.  
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