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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 28 DE DICIEMBRE DE 2002
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PABLO ANTONIO CUADRA
Maestro del Pensamiento y la Palabra

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Alejandro Serrano Caldera*

Pablo Antonio Cuadra es uno de los más grandes poetas nicaragüenses del Siglo XX. Esto ha sido reconocido por todos, y sería un lugar común decir lo que es sabido de sobra, si no fuera porque en su poesía arrancada de las raíces mismas de la tierra e impregnada profundamente de una irrecusable vocación hispana e hispanista, se encuentra no sólo la belleza de sus versos, sino también la palabra que descubre o insinúa, que ilumina esclarecida y esclarecedora o matiza con sombras apropiadas el arte del misterio.

Su prosa es también poesía, raro arte que combina con igual maestría la palabra y el pensamiento que no pierde altura reflexiva ni calidad poética, cuando toca los terrenos de la sociología, la antropología y la política.

Pablo Antonio es un pensador de esta contradictoria realidad, de la ambivalencia de nuestra identidad y del sistema de signos encontrados que prefiguran el alma y la sicología del ser nicaragüense.

Destaca Pablo Antonio Cuadra en su estupendo ensayo El Nicaragüense, nuestra doble condición en la historia, la geografía y la vida, la que marca dos caminos en la apasionada y contradictoria trama de la nicaraguanidad.

Chorotegas y Nicaraguas, civilistas y guerreros, demócratas y totalitarios, lagos y volcanes y junto a esta bifurcación de la historia y de la vida la voluntad permanente, profunda y radical de querer ser uno mismo en unidad, en medio de esa naturaleza dual. Unidad y dualidad que es desgarramiento y que asume en Rubén Darío, en su poesía y en su vida, la dimensión más elevada en el incierto destino del ser nicaragüense.

Cuando a la altura de sus ochenta y ocho años el gran escritor venezolano Arturo Uslar Pietri, ya fallecido, se refiere a su más difundido y traducido libro, la novela (novela en la historia) Las Lanzas Coloradas, lo hace diciendo que ese libro lo escribió otro, un joven de 25 años. Cierto es que a través de los años todos cambiamos y con frecuencia vemos con cariño paternal, entre la niebla del tiempo pasado, la imagen del niño o del joven que fuimos.

No obstante, nuestro otro yo no es consecuencia únicamente de la dualidad que provoca el paso del tiempo (hoy somos diferentes de cómo fuimos ayer), sino que nuestras contradicciones son de naturaleza simultánea.

Pero si ser otro sin dejar de ser uno mismo es universal condición de lo humano, ser otro sin ser uno mismo es la raíz del drama nicaragüense. No obstante, hay que precisar el concepto y circunscribirlo a la práctica política. Para el nicaragüense es diferente su conducta frente a la vida, de su conducta frente a la historia. En el primer caso el nicaragüense “es”, tiene identidad y referencias básicas sobre las que descansan las condiciones de la existencia. En el segundo, deja de ser el mismo y finge ser otro.

Pablo Antonio de diversas maneras y en diferentes escritos, nos ha recordado con frecuencia esa dualidad entre la creación artística y la acción política. En la primera, el nicaragüense crea y recrea el mundo y en este acto genésico de la naturaleza y la vida se crea a sí mismo. En la segunda, el nicaragüense falsifica su propio ser y traiciona su destino. Son dos visiones, dos conductas y dos niveles en los que transita el ser nicaragüense. Una nueva contradicción que reafirma la conciencia desgarrada, para usar el término de Hegel, de nuestra identidad y ontología.

Es el Güegüense que finge primero para defenderse y que finge después por costumbre y porque ya no puede vivir sin fingir hasta transformarse en su propia mentira. Es el reino de la política. Mientras la forma de ser de la vida cotidiana y de la creación cultural y artística nos confiere identidad, la forma de hacer política nos confisca la autenticidad.

No se trata tanto de que la cultura en sus expresiones clásicas, en el arte, el pensamiento, la literatura, ilumine a la clase política, si así fuere, excelente, sino de que haya una cultura política, de que la política como política sea en ella misma una cultura, con sus valores, objetivos y metas, con sus estrategias y tácticas específicas, con su visión y misión de lo que debe ser el Estado-Nación nicaragüense.

Pablo Antonio tomó al vuelo la política en sus “Escritos a Máquina” y Editoriales de La Prensa, y, durante mucho tiempo, con su prosa, aguda y certera, además de bella, penetró el corazón de la vida nacional. Su enfoque hispanista y cristiano, es esencia de su pensamiento y desde esta perspectiva, podríamos decir, objetivo teleológico de su reflexión política.

Pero la política, a pesar de sus numerosos encuentros y desencuentros con ella, de sus preocupaciones y ocupaciones ideológicas, no fue, creo, el tema principal dentro de sus predilecciones intelectuales. En ella puso más su ingenio que su genio, orientado, sobre todo, a la creación poética y al ensayo antropológico. En aquel terreno, su forma de expresión, fue el artículo sobre lo concreto y cotidiano, no exento, por supuesto, del enfoque ideológico que durante una época le fue propia.

Pocas personas, no obstante, han ejercido una influencia tan grande en Nicaragua, como la de este extraordinario poeta y pensador.

Lo esencial en Pablo Antonio, fue la unidad entre la teoría y la práctica. Militante de las ideas, y de las creencias, habitualmente más fuertes que aquellas, siempre asumió una conducta ante el acontecer político, en la que se unieron pensamiento y acción, o mejor, pensamiento y actitud.

Pablo Antonio, es un pensador fundamental en la historia de nuestro país, un paradigma de coherencia entre el hombre, el poeta y el pensador, desde su propio lado de la trinchera y con su propia visión de la historia y la cultura jamás desmentida. Es, él solo, sin lugar a duda, toda una época, una especie de hombre símbolo y un referente inexcusable en la historia de la cultura nacional.

*Filósofo, abogado y politólogo.  
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