El patriante y su herencia
Jorge Eduardo Arellano
Si Cristo es una ausencia arrancad vuestros ojos y un derrumbe de llanto os arroje a la sombra. Así, en su canto temporal, nuestro querido y llorado Pablo Antonio proclamaba su fe de crucifixión que signó su vida y tradujo en una obra que le ha de sobrevivir; una obra que, desde hace mucho tiempo, había dejado de ser sólo suya para constituirse en patrimonio de Nicaragua.
Porque, como lo entrevería lúcidamente Alfonso Cortés en el soneto que le dedicó a PAC, éste desempeñó un oficio casi sagrado: el de Patriante. Tal es el sustantivo que mejor define la personalidad de nuestro amigo y maestro, del hacedor de cultura y constructor de soberanía que fue, del poeta que se apoderó de los ojos de su pueblo para “ver” y crear con ellos visiones y realidades, sueños y esperanzas, para ser el más fiel intérprete de ese mismo pueblo y su más alta lengua contemporánea.
No quisiera reiterar lo que todos sus numerosos discípulos, que nos acercamos a su ejemplo en distintas épocas para iniciarnos en las letras, sabemos; pero lo considero necesario, dada la falta de continuidad y memoria histórica que padecemos los nicaragüenses. Y en virtud de aquella trágica convicción a la que él llegó en su radiografía sociológica del “nica”. “Nicaragua —afirmó entonces— es un milagro de grandes empresas desperdiciadas. Fundamos y destruimos un cierto nivel de civilización en cada generación”.
De ahí que, consciente de ese infortunio, Pablo Antonio Cuadra —PAC, acrónimo venerable— haya desarrollado su vocación creadora y quehacer intelectual, es decir, opinando e influyendo con autoridad moral sobre tópicos de interés público nacional e internacional, desde prácticamente 1930 hasta los últimos días del siglo XX. Esa centuria que vivió con intensidad hasta el desgarro espiritual, pero conservando la plenitud que le infundía su humanismo mestizo y cristocéntrico.
Una centuria que Pedro Xavier, su nieto, ha resumido en la perspectiva de PAC como un aplastante torbellino que incluyó la amenaza del nacionalsocialismo, las guerras mundiales, la Guerra Fría, la implantación, expansión y caída vertiginosa del comunismo, la ignominiosa aceptación social del aborto, la destrucción de la capa de ozono y del medio ambiente. “La civilización —específica— que parecía alcanzar un cierto equilibrio con el medio natural desde la antigüedad hasta el siglo XIX, aceleró monstruosamente su capacidad deformadora”.
Todo ello, y mucho más, se halla asimilado en su dispersa obra periodística de carácter socrático o sea, de ideas. Viva y presente, repito, hasta en la década de los pasados años noventa —después de conservar su independencia crítica en los ochenta—, abriendo las puertas al tercer milenio e imponiendo su sello —cito de nuevo a Pedro Xavier—, “no solamente a la literatura, sino también a otros aspectos de la época, como la filosofía, la política, el periodismo y la teología”.
He aquí un resumen —muy aproximado— de PAC como pensador, cuyas preocupaciones fundamentales —incompletas desde luego— tuvieron de sujetos los siguientes temas o palabras-clave, de acuerdo con la selección que su nieto, una vez más, realizó en El hombre: un dios en el exilio (1991). A saber: alter ego, América, amor, ancianidad, árbol, belleza, caudillo, censura, ciencia, ciudad, cristianismo, charral, diálogo, dignidad, dinero, dolor, deuda, educación, escapismo, exilio, familia, fe, futuro, gestos, hijo, historia, hombre, humildad, infierno, masificación, militarismo, mito, muerte, novedad, originalidad, palabra, piedra, pobreza, poder, poeta, política, profecía, sacrificio, sexo, soledad, tiempo, tiranía, tortura, vejez, verdad, vino, vida.
Homenaje póstumo a nuestro director
Tampoco quisiera seguir hablando de las diversas dimensiones que nos legó el alto y ejemplar Hijo de Septiembre que fue PAC; me refiero a él como padre pródigo literario, ya que sin esta cualidad —irrepetible por las circunstancias históricas— de padre pródigo, de dinámico promotor y alentador de valores, no se explicaría nuestra cultura literaria e incluso artística. No me detendré en ejemplificarlo ni en detallar su obra en verso y dramatúrgica ni su narrativa y ensayística, es decir, su producción de escritor integral, para mí su más fecunda herencia.
Querida doña Adilia, queridos hijos, nietos y familiares: reciban de la Academia Nicaragüense de la Lengua —de la que Pablo Antonio Cuadra fue su Director— y de la intelectualidad nicaragüense que representó, nuestra más solidaria condolencia. Y sólo recordemos el final de su “Salmo de la tierra prometida”, de la cual goza ya, que culmina con estos dos últimos versos: “...para iluminar las alas de los ángeles la noche de Navidad/ y el perfil del amigo que lo entregaba en la noche del huerto”. Versos alusivos a los dos acontecimientos que compendian los misterios cristianos más profundos y sublimes: la Encarnación y la Redención. Oigámoslos:
En el principio —dice el poeta— creó Dios los [Cielos y la Tierra. Y dijo Dios “Haya luz” y hubo luz para que los ojos de Cristo vieran los Cielos y la Tierra. El padre dijo: “Hágase el firmamento para que mi Hijo mire las estrellas y los astros. Nebulosas, galaxias lejanas, estén pendientes de la [mirada de mi Hijo. Comiencen, pues, los planetas a girar alrededor del Sol muévanse como una corona de águilas alrededor de mi Hijo que ocupará la Tierra y tú, Luna, encárgate de sus fechas, cuida la oración de [sus noches.
Todos los hombres podrán decir: hemos visto el [esplendor nocturno de la Luna.Y a través de nuestras lágrimas sabremos que los ojos de Cristo se posaron en este Astro y que toda su luz pálida se acumuló a través de milenios [de siglos para iluminar las alas de los ángeles la noche de Navidad y el perfil del amigo que lo entregaba en la noche [del huerto.
[Palabras leídas en la Capilla de Residencial Las Colinas, Managua, 3 de enero de 2002, Durante el funeral de PAC] 
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