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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 28 DE DICIEMBRE DE 2002
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Homenaje-Pablo Antonio
El adiós sin ausencia

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David Escobar Galindo*

En el filo de los noventa años, ha dejado este mundo el poeta nicaragüense Pablo Antonio Cuadra. Es un dato de la realidad, inubicable en el catálogo de los sentimientos personales, porque hay figuras que parecen inmunes a las veleidades del tiempo. Y uno nunca sabe si esta sensación es efecto de la fuerza vital de una personalidad o del deseo de que una fuente tan generosa del ser esté preservada para siempre.

Pablo Antonio Cuadra es un poeta cuya trayectoria trasciende su marco geográfico. Esto no es inusual en Nicaragua, comarca de rústica hermosura donde alguna privilegiada conjunción de los fluidos telúricos y los efluvios espirituales ha venido produciendo encarnaciones líricas de suprema inspiración. Desde que Rubén Darío, en palabras encendidas de Neruda, “llega a Castilla e inaugura la lengua española”, hay una electricidad poética inagotable en los aires nicaragüenses. Los focos más vibrantes de ese fuego magnético tienen nombres inolvidables: se llaman Alfonso Cortés, José Coronel Urtecho, Joaquín Pasos, Carlos Martínez Rivas, Pablo Antonio Cuadra.

Es endiabladamente difícil descifrar las claves profundas de un poeta de tales dimensiones. Los críticos hacen su trabajo de disección, en los quirófanos inmunizados; pero lo que vale de veras es el toque mágico en los nervios virtuales del lector anónimo. Ahí es donde se juega la suerte de la poesía, que es ejercicio de tiros audaces hacia los blancos de las sensibilidades ajenas. Por grande, fervoroso y audaz que sea el tirador, sólo unas cuantas flechas dan en el centro. Y en el caso de Pablo Antonio, dos o tres dardos felices salidos de las aljabas de su nicaragüeñidad quedarán para siempre como testimonio de un corazón enteramente vivido. No se necesita más para que la posteridad haga su silencioso gesto de aprobación.

Pablo Antonio es poeta de distintas maneras. Es decir, es poeta en esencia y diversidad. Su poesía está en sus versos derramados y evocativos. Está también en sus narraciones y en sus piezas dramáticas. En su devoción periodística y en su faena interpretativa. En sus crónicas apasionadas y en sus cincelados apuntes sobre los afanes cotidianos. Y, desde luego, también lo está en su actitud integral, en su nítida condición de hombre de su tiempo y de su espacio. De este núcleo impecable parten en realidad todas las otras irradiaciones.

Los que tuvimos el privilegio de conocer a Pablo Antonio en persona, pudimos calibrar lo que es, en versión individualísima e irrepetible, una auténtica persona. Alto y cetrino, esbelto y ceremonioso en los movimientos, el poeta iba dejando a su paso una especie de viril resplandor fehaciente, que no dejaba dudas sobre su entereza de alma. Experto en avatares, como es casi irremediable ser en estas latitudes turbulentas y frágiles, el poeta se rigió sobre sí mismo para desempeñar la misión de estratega de la verdad. De familias próceras, su naturaleza moral desarrolló desde el principio una personalidad muy suya, muy de su conciencia imantada por las responsabilidades del servicio. Y así pudo, a lo largo de una extensa vida, ser el que fue, el que quiso ser y el que debió ser, todo en acrisolada armonía.

La lumbre del mestizaje ardía en las venas de Pablo Antonio, como también había ardido en las venas de Darío. En 1981 escribe Pablo Antonio: “Ser mestizo es tener dos cunas, y por tanto, dos tumbas. Nos nacemos y nos matamos mitad y mitad. Recuerdo uno de mis primeros poemas (El hijo de septiembre), cuya primera estrofa dice: Yo pelié con don Gil en la primera/ guerra nicaragüense. De muchacho era indio/ y español y al unísono me herían./ Tengo el grito bilingüe en las dos fosas/ porque me dieron flechas en el lado blanco y balas/ en mi dolor moreno... En la estrofa hay dos muertes, pero también dos resurrecciones”.

En algunos de nuestros dispersos encuentros por los caminos de la transhumancia poética, Pablo Antonio me dijo más o menos lo siguiente: “En Centroamérica, todos tenemos nuestra parte india, por sangre o por ósmosis”. Y cuánta razón tenía. Una parte india que, más que en el desajuste folclórico de los que andan en busca de una identidad unilateral, está en los posos del alma, y brota a cada instante, no sólo en nuestras formas de sentir y anhelar, sino en las maneras de pensar y expresarse.

Pablo Antonio Cuadra —PAC como a él le gustaba firmar, sobre todo sus alados dibujos— era hombre de conciencia y de arraigo. Sobrevivió, con valentía inclaudicable, a los desafueros de la dinastía somocista. Sobrellevó, con estoicismo ejemplar, los desatinos de la asonada sandinista. Nunca perdió la brújula de su acrisolada responsabilidad moral, que era la otra cara de su misión intelectual. El periodista vitalizó al poeta, hasta el final de la vida. Su ejemplo de integridad es presea en el pecho agitado de la tumultuosa cultura centroamericana contemporánea.

Compartí con Pablo Antonio las inquietudes fundamentales de nuestro tiempo. Debo decir que de él sólo recibí el amable magisterio de los grandes. Y en épocas difíciles, como aquellas en que la avalancha de la intolerancia sectaria tenía tomadas todas las plazas intelectuales, esa compañía superior me ayudó a transitar por terrenos tan peligrosos y nocturnos.

En enero de 1981 le dediqué un soneto, publicado en la revista MELÉ, que lanzaba el infatigable rumano Stefan Baciu desde su refugio académico en Hawai. Dice aquí aquel lejano soneto, escrito en momentos de extrema convulsión nacional, y que ahora releo, ya en otras atmósferas, para el amigo que acaba de recibir la palabra infinita:

A Pablo Antonio Cuadra en fervor de libertad

No de jaguar ni e paloma zura:
nombre es del aire que jugando pesa.
Aire de Centroamérica posesa
que revienta en garganta su espesura.

No de estupo social ni de armadura:
fuerza es del corazón que canta y reza.
Grito de patria límpida en la huesa,
más allá de este tiempo de locura.

Pero la voz también habla con nombre,
gira también en ráfagas del hombre;
muestra al hombre del pueblo su destino.

Sabe esa voz que la palabra duele,
muele verdad como el molino muele,
hasta ofrecer el pan mojado en vino.

*Escritor salvadoreño  
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