Velando los escombros
Arquímedes González arquimedes.gonzalez@laprensa.com.ni
Todos los años, en estos días, se evoca la Managua de sueño y pesadilla. El recuerdo excita y circulan por las venas puros ecos del desconsuelo de lo perdido.
Husmeando en los residuos del pasado, volvemos a escuchar las historias del terremoto que devastó la capital, de dónde estaban y qué hacían, de cómo lograron escapar ante el derrumbe. La historia que siempre recuerdo es de un hombre que en el desorden se unió al saqueo y lo único que logró conseguir fue un par de botas, las dos del pie derecho.
Y es que no hay cirujano del cerebro que nos extirpe ese tumor que cada año se inflama y nos hace padecer, vivir con auras del pasado feliz que se fue con el invierno y de la congoja que llegó ese cruel verano del 72.
Managua pasó de la nada a la nada. Del puente del silencio antes del nacimiento, al otro extremo, el de la muerte.
Hoy nosotros vivimos ese paréntesis que se llama “vida” alegres de participar en la fiesta y seguros que terminará con el silencio. Pero los que sobrevivieron aún llevan ese dolor que no ha terminado, como al que le han amputado una pierna y siente todavía el cosquilleo en el pie inexistente. Ellos estuvieron cerca del otro puente del silencio.
Se retrocede con seguridad: Las calles eran tal y tal, los edificios éste y aquél, los parques aquí y allá, pero cuando vemos el presente, vamos a tientas: De donde fue, donde estuvo, en la calle donde hacían… porque después del cataclismo, nada se recuperó.
Suspirando todos los años por una ciudad que murió bailando a las puertas de la gran fiesta de diciembre. No dio tiempo de tomarse el trago, ni de abrir regalos, ni de desayunar. Lo que hicieron fue escapar, huir de esa pesadilla real que se vivía, de ver una gran capital, sumida en ruinas de polvo, hierro y adobe. Retorcidos de dolor porque sabían que jamás volvería a recuperarse tanta belleza y urbanidad.
De encontrarnos por eso, hoy y cada día futuro, con el monstruo que hemos creado: Una ciudad harta de basura, con ropas viejas y dientes de oro, de bolsillos agujereados pero sonrisa larga, con la herida abierta por la delincuencia, descalza, con cayos, las manos duras de tantas bancarrotas, los ojos con la franja oscura del rencor del pasado y del presente.
Managua, el suburbio del delirio, de fiesta y bullanguera, de caos total, donde es mejor comprarse una aplanadora que un automóvil, donde los semáforos están pintados y los peatones corren para no perder la vida arrollados. La ciudad en la que los parques son los grandes parqueos de vehículos y las zonas verdes, decenas de gasolineras.
Vivimos del residuo inmemorial de quienes saben que la vida nada más es un paréntesis. Y de aquéllos que en el recuerdo, mantienen al menos, lo mejor de lo que tuvo esta ciudad. Porque hoy es nada más un llanto. 
|