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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / VIERNES 13 DE DICIEMBRE DE 2002
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A 30 años del terremoto en Managua seguimos operando

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Fotografías de Raols Shade.

 

Joaquín Absalón Pastora

Una renovada versión de la novedad trágica le dio la espalda a la dicha de vivir. Renovada porque los vivientes autores de nuestros días —abuelos y padres— nos hacían la reseña oral del terremoto de marzo de 1931.

Hay distancia entre el acto de oír y el acto de sufrir. En esa misma situación están las generaciones nacidas después del terremoto del 22 de diciembre de 1972 que oyen la historia.

Contarla porque la sentimos, es el papel que desempeñamos quienes testimoniamos con las arterias prendidas de intenso dolor, aquel espectáculo macabro al cual sí pueden aplicársele calificativos saturados de irreducible comprobación, variadas desgracias como la que manifiesta la absoluta certeza de no recuperar —nunca más— a los seres queridos, la más aguda y nociva de todas.

Infortunios como los de quedar destechados, sin nada o con el mínimo auxilio de alguna moneda salvada. Tantos escenarios en una espectacular sucesión de dolorosas alternativas. Pero sin duda la más premiada de todas las propuestas —vaya paradoja— fue la de vivir, la de “vivir para contarlo”, como lo dice Gabriel García Márquez en el título de su libro sobre la alegría y las cuitas cargadas.

Nunca se aprende. Ocurrió en el terremoto del treinta y uno, aniquilador de la tierna convergencia humana en el naciente centro donde comercio, y viviendas compartían el mismo espacio en un formato de ciudad adolescente llena más de perspectivas, y cálculos imprudentes que de la realidad del mundo moderno cuyos oleajes se vienen en el proceso de la globalización. Ocurrió —y aún así— Managua sigue construyéndose sin el menor asomo de preocupación, sin el bendito espionaje por parte de los implicados en la técnica de construir para evitar que se sigan improvisando los techos alzados irresponsablemente sin contar con la infinita probabilidad de que se vengan al suelo y sigan siendo cuando se caen, los mudos e impunes asesinos de siempre.

Se reincide en levantar paredes con el diseño de la emoción. La arteria principal de la nación cuenta con poca mansedumbre en la vecindad de sus aguas. Surgen los nuevos barrios con idéntica tendencia a los de aquel ayer. Creen llevar el pergamino de la esperanza y lo que se ponen es una navaja en el corazón.

El terremoto de diciembre de 1972, engendró a una nueva Managua, si se quiere con formación descolocada y anárquica.

Los fulminantes temblores ocurrieron hace 30 años, y todavía no sentimos a la ciudad vinculada y humana con definición propia y sentido de lo realmente urbano.

Lo que vemos son satélites dispersos que impiden “el golpe del calcetín” con la frecuencia señalada por la necesidad y ello porque no hay aceras ni calles y eso porque evidentemente funciona la pista o la carretera donde el flujo vehicular se alza con intrepidez inaudita. Cómo volver a darle a la silla sus cualidades de mueble exterior, hacia fuera, en el sosiego de la acera, albergando donde todo el mundo se dice adiós o simplemente esgrime el saludo gestual. No hay la pausa que permita caminar a pie. El derecho peatonal medra en la nulidad.

Managua está siendo asaltada por la velocidad. Arquitectónicamente se está pareciendo a Miami. Los nicaragüenses regresan con la cultura “miamense”en el equipaje, en el “modo de ser”.

Los nuevos “centros de compras” metidos en la barriga de la gestación ofrecen las líneas de la capital indudable del exilio o el refugio. “Pizza Hut” “Subway”, “McDonalds” incubándose gasolineras ampulosas agregando servicios a los rutinarios de darle energía al motor vociferante que arranca raudo y puede acuatizar hasta en las lagunas. ¿Y la ciudad? ¿El diseño planificado de la ciudad?

Cuando el centro hacía veces de hojarasca invité a un periodista panameño a recorrerla del Aeropuerto a Xiloá. Después de realizada semejante travesía, el colega preguntó. ¿Y la ciudad dónde está? La respuesta fue inmediata; ya la recorrimos. La conclusión no pudo ser otra: Managua no existe.

Debo referirme a los “primeros pasos” dados para “darle forma” a la reactivación de nuestra sísmica capital. Pocos días después del terremoto el formidable optimismo de algún managua hiperactivo puso un rótulo que decía “estamos operando”. Apareció en el centro del drama. Al verse el rostro incrustado en la pared con la más apetecible serenidad, innumerables “terremoteados” imitaron la idea y pronto las casas daban la sensación de rescate de la normalidad. Pero cómo es posible operar entre esencias de escombros y negación de manos activas, cuando apenas se iniciaba el penoso proceso de sacar cadáveres, y todavía estaba fresco el grito aterrorizado, cuando nadie se atrevía a usar las calles destrozadas, excepción hecha de ladrones audaces. Sin embargo, el autor de la venerable muletilla no estaba solo en la chispa de su idea. En cada esquina partida había un “estamos operando”.

Creo en el acierto del “letrero”. Resultó inspirador y epidémico, pues transmitió el mágico afán de revivir.

Una vez lleno de curiosidad por el término, apuré tragos con uno de los operantes. “Ese rótulo —le dije—, es una mentira. Aquí no tenés nada qué ofrecer. La tienda se acabó”. Y el aludido contestó: ¿Sabes por qué puse “estamos operando?”. “Para que se acuerden de mí y quienes me deben sepan que existo”, y muestra la cartera de cobro, insinuando la posibilidad heroica de recuperarla en momentos oprimidos por la crisis, aunque sea en abonos de a chelín: aquel nato comerciante, trabajador empedernido, tenía la esperanza de recibir los beneficios de su cartera. Argüía. “Si somos honrados, nos levantamos”.

Hermoso el mensaje. Un abrazo mutuo brotó de la deducción. Y parece mentira, “el estamos operando” invitó a las mujeres a tejer, a los restauranteros a quitarle el polvo al menú. Poco a poco en algunos casos con lance de tortuga obligada se abrieron las puertas, se llenaron los vacíos de pulperías, farmacias, tiendas, gasolineras, etc.

El primer vaso público de cerveza posterremoto me lo tomé en El Trébol, Carretera Norte. Largas filas para gozar una fría de sifón. El Trébol, y no es un comercial, “estaba operando”.

Sugería también la posibilidad de un sitio donde se estaba operando (por la vía de la intervención quirúrgica) a los heridos en el terremoto.

La frase “estamos operando” refleja el temple trabajador del nicaragüense, y es factor en el engranaje de la nueva Managua. Aquello era microbiológico, pero en el colmo del entusiasmo; la prisa de volver a la normalidad, era macrocósmica. A veces calza la hipérbole sobre todo cuando es impulsada por las euforias del corazón.

La Cámara de Comercio de Managua puso su rótulo. Me consta, estuve como periodista en algunas de las reuniones, entre el humo y el café. Era de mi incumbencia como director de un medio de comunicación aún ahogado por el silencio.

Los despiertos “se pusieron las pilas” imponiendo su sistema de goteo perseverante, capaz de formar piedras ocultas.

Cuando las hojas escritas sobre la nueva Managua insinuándose, dejen de sufrir la distancia de la dispersión y sean sumadas en el libro monolítico, aún no escrito, serán honrados los frutos de la frase.

“Al término de la distancia”, era otra notable de la época, lo obligaba a uno a ponerse rápidamente los zapatos y tomar el camino.

Sólo una realidad futuro no figuraba en el presupuesto del optimismo: La insurrección, el sismo político. Pasó Atila de nuevo y nada flageló el proceso, aún contadas y sufridas “las vacas flacas”.

No duermen por lo tanto las nacientes luces de la nueva Managua. Sigue vigente la clave: Seguimos operando.  
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A 30 años del terremoto en Managua seguimos operando


Memorias sobre Managua