La última banca del Parque Darío
 |
|
|
Fotografía de Raols Shade. |
| |
Jorge Eduardo Arellano
I
Sebastián espera a Jeanette.
II
Se reunían en una banca del Parque Darío: desde allí se mira la cúspide plomiza del Momotombo, el lago inmenso bajo el horizonte y la península de Chiltepe entre las palmeras y los postes de luz, las lanchas ancladas junto al muelle de cemento y las garzas volando a ras de la costa enzacatada, donde quedaba el viejo hipódromo; siempre al norte, se alza el edificio del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua de dos pisos con su caseta de tejado rojo y sus ventanas de estilo romántico, la carrilera, un techo de zinc ensarrado, varios vagones en desuso y el Malecón nuevo que atrae a los niños con su rueda de Chicago, “caballitos” y demás diversiones.
III
En el este se admira el Club Managua con su césped recién cortado, nítido; y al sur la Plaza de la República, escenario de la Procesión de Varones católicos el Primero de Enero, de las Fiestas Patrias el 14 de septiembre y de las permanentes manifestaciones políticas; la Catedral al fondo con patio trasero, refugio de mendigos y tuberculosos; el Palacio Nacional, cita rutinaria de senadores y diputados atentos las consignas; y, dentro del Parque Central, ya sin sus alamedas de mangos, la oficina de Turismo —moderna e ineficaz—, la Biblioteca Infantil —sin niños— y el Templo de la Música —con su Venus esculpida sobre la cumbre— donde los domingos por las tardes la banda de la G.N. ofrece conciertos, sobre todo los valses del compositor nacional José de la Cruz Mena.
(Siempre dentro se ven vagos taxistas lustradores viejos leyendo periódico, parejas abrasadas, fresqueras sirviendo tiste, semilla de jícaro, grupos de colegialas, un señor de saco, niños, chavalos jóvenes, hombres, señoras regresando de fracasar, visitar, comprar, cobrar, pasear, comer).
IV
El viernes se vieron en el otro parque, el Darío, varias horas. Sebastián tocó el tema.
—Ve, Jeannette. Yo nunca te lo voy a proponer. Sólo que de vos salga. A lo sumo dentro de un año si continuamos bien y lo considerás conveniente para los dos.
Ella se quedó en silencio y no habló sino al cabo de un rato, de pie, lista para irse: todos sus amigos la querían para amante, aunque solamente se había acostado con un compañero de trabajo, chileno, jefe del Departamento de Promociones.
—¿Crees que quiero acostarme con vos? ¿Que todo lo mío ha sido sólo para conseguir eso?
—Sí.
—Y no dijo más: en una sola carrera abandonó a Sebastián dirigiéndose a la parada de buses.
—Perdóname, corrió tras ella a punto de tomar el bus. Pero Jeannette se hizo la sorda.
V
En el oeste queda el Palacio del Ayuntamiento, cuya fachada recuerda la del Partenón griego; y, unos metros al noroeste, el Parque Frixione y sus amplias avenidas llenas de hojas y transitadas de patinadores y muchachas en bicicleta, de pantalones, bajo los almendros.
Esto, pues, se observa desde el Parque Darío: un volcán, un lago, un club social, una Catedral, dos palacios, tres parques.
VI
En la espera reconstruye la primera vez que fueron al cine. A media película de la primera tanda del Aguerri, entrelazó sus dedos en los de Jeannette quien, complacida, sonrió volteando el rostro. Ya no se detuvo: estrechándola con más fuerza, apoyó la mano levemente sobre el brazo terso, desnudo, delicado. Repetido este acto, Jeannette hizo un ademán y le dijo en voz baja: “no seas necio”. Sebastián se mantuvo inactivo unos minutos para tender su brazo detrás del asiento y acariciar los dos hombros y la nunca; así estuvo rozando la piel, los cabellos...
—¿Puedo besarte?
—No. hay mucha gente. Mejor en otro lugar donde nadie nos vea.
—Pero todos miran la película. Aprovechemos.
—No. Me siento incómoda.
Y siguieron viendo “El crepúsculo de las águilas”, una película sobre la fuerza aérea inglesa durante la Segunda Guerra Mundial. A la salida fueron al Lacmiel a tomar, conversando, un par de granadillas.
VII
El sábado tuvo que ir a Masaya, la ciudad de Jeannette. Hizo el viaje en autocarril, sentado junto a una ventanilla, cerca del maquinista que tenía frente al timón la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro, para mirar los trigales grises de Sabanagrande, las parvas de ajonjolí colocadas en orden, la tierra pedregosa entre la laguna y el cráter del Santiago eruptando humaredas, las gallinas apartándose de la línea férrea, los cerdos a la orilla de las casitas de tablas y las palomas sobre un caballo amarrado a la comandancia de Nindirí; para oír, al llegar a la estación:
—Ya viene hijá.
—A ver los frescos.
—Pónganse vivos.
—Tula, subite.
—¿Va a tomar cebada, marchantillá?
VIII
Pero este domingo, ya reconciliados, la espera como nunca en su banca del Parque Darío. Por fin aparece con su vestido amarillo, tallado, de algodón; recorren el parque sin decir palabras y, ya sentados:
— ¿Qué te pasa? Ayer estuvimos bien. ¿Qué te pasa?
— Nada.
— No puede ser. Te veo distinta. ¿Qué te pasa?
— No te lo puedo decir.
— ¿No ves que tengo una crisis?
— Yo también.
— ¿Te has enamorado de otro?
— No.
— ¿Acaso no podemos seguir?
— Sí.
— ¿Por qué?
— Porque creo que me estoy engañando a mí misma.
— ¿Y cuándo pensaste eso?
— No sé.
— ¿Ayer?
— No sé.
— ¿Nunca te he despertado nada, pues? Entonces, ¿no me has querido nunca?
— No, nunca.
Sebastián quedó desesperado: nadie podía acercársele sin notar que no era el mismo. Que se sentía derribado, solitario y sin esperanza. ¿Dónde quedaría su amor? En el recuerdo de una película: el de las intrépidas batallas aéreas que una tarde vio con Jeannette o en el del viaje de reconciliación a Masaya o, con mayor probabilidad, en la última banca del Parque Darío. (1970) 
|