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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / VIERNES 13 DE DICIEMBRE DE 2002
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Managua en el folclor

Foto  

Dibujo de Sofia Solórzano de Ocón.

 

Julio León Báez

Etimológicamente, folklore se deriva de las voces inglesas folc, gente, vulgo y lore, erudición, conjunto de hechos y creencias, tradiciones. De acuerdo a estos conceptos etimológicos folklore significa “saber popular”. Dentro del folclor caben los conceptos de regional y lo típico.



El traje típico de Managua

El traje típico de la mujer, consiste en una enagua de tela de saraza en estampados finos, bastante amplia, recogida en la cintura, con un volante a la orilla y un encaje en la misma orilla hasta el ojo del pie. Un huipil de seda de colores vivos de tres ojales, uno en el pecho y los otros dos sobre los hombros.

El contorno del escote adornado con cintas angostas, lentejuelas y moños de la misma cinta de diversos colores sobre los ojales. Gargantilla llamada copete y arete de oro, llamados corozos. Rebozos de seda de color pastel. Dos trenzas sujetas al contorno de la cabeza con peinetas y flores. Calza sandalias o zapatos bajos.

Es una mezcla de los trajes típicos regionales de Masaya y de León: Huipil, trenzas con cintas angostas de colores, peinetas de flores, y falda amplia recogida en la cintura, con dos volantes con encajes delgados a la orilla. Esta falda es de saraza con estampados pequeños, de colores vistosos.

El traje del hombre, es blue-jeans, cotona de manta blanca, acompaña al cuello un pañuelo rojo y sombrero de paja, caites, hoy en día suprimidos por sandalias.

Actualmente los ballet folklóricos, han cambiado los trajes originales aduciendo que es para darle más vistosidad y colorido, dando más realce a una presentación artística, sobre todo cuando se presentan en grandes escenarios.



Danza folklórica de Managua

La danza folklórica de Managua, está representada por el Baile de la Vaca, que es el baile que se ejecuta en las fiestas de Santo Domingo, la fiesta patronal de la capital. Este baile consiste en un aro alargado portando adelante una cabeza de vaca, y en el contorno, una especie de falda floreada. En Managua, este baile ha sido representado por muchos años por la señora Juan Francisca Villalta Lezama (99), conocida popularmente como la “Vaca vieja”.

Para ejecutar el baile se mete la persona dentro del aro colocándolo en su cintura, colgando del cuello una cinta para darle más firmeza a la hora de realizar el baile. El baile en sí es sencillo, la persona que lo realiza sostiene el aro con ambas manos, dando vueltas y embistiendo a las personas que la acompañan en la danza, que son a la vez uno o varios sorteadores.



Leyendas y cuentos de Managua

En Managua como en todas las ciudades y pueblos de Nicaragua, existen una serie de cuentos y leyendas que se han transmitido a través de la palabra por diversas épocas. La realidad o la fantasía, ha dado origen a gran cantidad de relatos que toman una característica particular en cada lugar de nuestro terruño, conservando naturalmente a su personaje central, en este caso, la Mocuana, la Serpiente Emplumada, etc., como de lugares ya sean lagunas, ríos o ciudades.

En nuestra capital, se perdió la costumbre de nuestros abuelos rodeados de hijos y nietos, contando aquellos cuentos que hacían agrandar los ojos de los niños y llenaban de expectación a los adultos, desaparecieron seguramente, por el torrente impetuoso de este vivir deprisa, de este modernismo exagerado que todo lo arrasa, hasta los más puros cimientos de nuestra tradición.



Serpiente Emplumada

Cuenta la leyenda que sobre las serenas aguas de la Laguna de Asososca, emergían cuatro hileras de rocas sobre las cuales descansaba la techumbre de un templo maravilloso.

Súbditos de Nagrandano y Nequecheri, precedidos por los envejecidos padres de las tribus, llegaban hasta él en frágiles canoas, a depositar al pie del altar sus ofrendas de oro, plata y piedras preciosas al Dios supremo.

Un viejo guerrero, a quien todos respetaban como una divinidad, cuidaba el templo. Tenía músculos grandes, llevaba al pecho poblado de tatuajes y su arrugada piel marcada con cicatrices. Vencedor de cien combates gloriosos por su tierra y por su dios.

Una tarde, la princesa Izayana, hija del cacique Nequecheri, la perfumaba con flores de la campiña, llegó a la orilla de la laguna acompañada por los conquistadores españoles, pretendiendo entrar al templo, creyendo que éstos eran los hijos del sol.

El fiero guardián no comprendió el engaño del que había sido víctima Izayana y tomando esto como traición, contrajo terriblemente las facciones, una intensa cólera brilló en sus ojos y levantando su cuchillo de obsidiana sobre Izayana, le dio muerte; los blancos conquistadores que sólo querían apoderarse del tesoro, dispararon sus mosquetes hiriéndole. Agrega la leyenda, que el guerrero herido, se arrastró dentro del templo como una serpiente y que al sacudir no se sabe que base, el templo del dios se hundió para siempre en sus tesoros, en las profundas aguas de Asososca.

Sólo la Serpiente Emplumada siguió protegiendo la misteriosa laguna, como sortilegio encantador.



La Laguna Robada

Algunos años antes de la Conquista de América, regía una parte del territorio de Cuscatlán un Cacique que tenía una hija, princesa a la vez. Por aquellos tiempos viajaban de norte a sur caravanas de tribus entre México y Centroamérica. Un día, por los dominios del Cacique pasó un indio con trazas de mercader, pero de noble aspecto. Llevaba ricas telas y presentes, y fue recibido cordialmente por el Cacique cuzcatleco. Venía —según decía el viajero— de las posesiones de su padre, en el Reino de Quiché.

Una sola vez se miraron el forastero y la hija del Cacique y quedaron prendados uno del otro. Aquella misma noche el galán la requirió de amores y comenzaron a charlar íntimamente: “Mi región, dijo él, está más allá de las montañas... Mi padre estará contento de que te lleve conmigo...

Ella, embelesada, le escuchaba atentamente, había nacido entre ellos un amor a primera vista. Él insistió en su propuesta: “¿Qué me dices? ¿Quieres irte conmigo a las posesiones de mi padre?

“Sí, pero habrá de ser de noche... Sin que mi padre se dé cuenta. No daría su permiso”.

Siguió la pareja haciendo los planes de la fuga. No cabía duda, había surgido un amor impetuoso capaz de vencer todos los obstáculos. Una vez más se escuchó la voz apasionada del indio, al decir: “Estoy dispuesto a todo... Pero no, conozco más que un camino... Los hombres de tu padre nos encontrarían...”

De pronto ella se acordó de algo y dijo: “Yo conozco otro... bordeando la laguna... habrá de ser hoy mismo... Tienes que esperarme aquí... apenas aparezca la luna yo vendré a este sitio... nadie debe saber nada”.

Él reaccionó apasionadamente ante la decisión terminante de la amada: Estaré esperando cada momento y mis ojos estarán fijos en la distancia hasta que se disipen las sombras de la noche. Te quiero Xincalt, y la estrechó fuertemente contra su pecho. Ambos corazones latieron desenfrenadamente al influjo del amor, alentados por aquella pasión desbordante que lo inundaba todo. Ella con una voz, que más que voz parecía caricia, aproximándose muy cerca de los labios del joven indio, le dijo: “Te quiero Nahoa, te quiero, ya pronto aparecerá la luna y la gran estrella de plata será testigo de nuestro amor, de nuestro gran amor. Sin embargo, tengo miedo”.

Como para alentarla, él musitó calladamente: Nuestro amor es más poderoso que todos los poderes del mundo, ¿a quién temes?

A mi padre, contestó ella. Consciente de que lo que ella decía era una realidad, él quiso poner un poco de optimismo, cuando le dijo: “Su violencia puede ser momentánea, amada mía, después nuestra felicidad será su propia felicidad. Mi princesa, confía en lo mucho que te amo, lo demás no debe preocuparnos... Y ahora, hasta dentro de un momento, amada mía”.

Pasó el tiempo, y por fin la estrella de plata comenzó a ascender. La luna empezaba a bañar con su brillante luz plateada el extenso valle y la pareja emprendió la marcha furtivamente, silenciosamente, con una sola idea, con una sola convicción: se amaban. Atravesaban el sendero a orillas de la laguna y la princesa se detuvo un momento para contemplar la serena belleza de las aguas; su adorada laguna de los días de la infancia... y no pudo contener un sollozo.

“Adiós mi lagunita... si pudiera llevarte...”

Él le tomó suavemente con sus manos el rostro amado, lo levantó un poco y notó cómo dos lágrimas, que como perlas cristalinas se resbalaban por las mejillas: ¿“Lloras? ¿Lloras mi pequeña Xincalt? Lloro por mi laguna... Tengo que dejarla... “Xincalt, si tú quieres, podemos llevar la laguna. La alegría iluminó su rostro y con voz que sonaba a felicidad, le dijo: “Si puedes hacerlo, hazlo, te lo ruego... No quisiera dejar mi laguna querida, quiero que marche conmigo, que siga siendo testigo de nuestro amor”.

El Nahoa llamó a sus servidores y desde la orilla de la laguna recitó misterioso dialecto: “Sacutelt... Amíntale... Uyre... Xincalt coguatila... Marute... Epitoy caguatelt...

A medida que el mancebo pronunciaba sus palabras, las aguas se iban encrespando, bajo los conjuros las aguas se estremecieron e iban bajando. La laguna quedó convertida en un charquito que el brujo cogió en el cascarón de un huevo de guajolote o pavo montés, el cual llevó consigo en su viaje.

Atravesaron ríos y montañas, tierras xincas, lencas, choltecas, matagalpas, nagrandanas y pipiles, hasta alcanzar Imabite, a orillas del Lago Xolotlán.

De Imabite se adelantó un mensajero hacia las sierras del oriente, lo que hoy es Tiscapa, anunciando la llegada de aquel gran joven Cacique. Se ordenó el convite para recibirlo y el jefe, su padre, le recibió como merecía por su bravura y coraje. Como especial presente el joven traía a su padre aquella sorpresa: “Padre mío: Te traigo conmigo a la Princesa Xincalt... y en este cascarón, la bella laguna que ella quiso traer...”

El Cacique al tomar el cascarón se le cayó de las manos, rodando por precipicio, hasta llegar al cráter de un volcán extinguido que inmediatamente se lleno de agua, para formar la Laguna de Tiscapa, la Laguna Robada por los brujos de Managua.  
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