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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / VIERNES 13 DE DICIEMBRE DE 2002
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Juan Aburto: ciudad y memoria del pasado

Foto  

Retrato de Juan Aburto por Róger Pérez de la Rocha.

 

Ezequiel D’León Masís

“Managua en la memoria” (Vanguardia, 1989), del prosista nicaragüense Juan Aburto (1918–1988), puede inscribirse en ese género de crónicas o memorias que incluyen a la ciudad como exclusivo asunto literario, y en las que —diríamos con palabras de Óscar Ágredo— “la ciudad es imaginada, entrevista, comparada o sencillamente ‘nostalgizada’ porque en su propio pasado puede nacer una utopía”.

Sin embargo, no es concebible emparentar “Managua en la memoria”, y ningún otro libro escrito a la fecha sobre Managua, con aquellas crónicas urbanas tan prodigiosas como la “Nueva grandeza mexicana” de Salvador Novo, puesto que existen, a lo sumo, lagrimosos comentaristas de la Vieja Managua antes que auténticos cronistas con agudeza literaria.

Con esa misma oralidad con la que nuestros vanguardistas pretendieron emborronar la historia nacional, Aburto elabora una descripción histórica de Managua cuyo lenguaje espontáneo acaba por darle cierto carácter pintoresco o folk a no pocos pasajes.

Afloran, de este modo, estampas relacionadas con el recuerdo de los años veinte: el Lago Xolotlán —lejos de ser el sumidero fecal que hoy es— en armonía con Managua, uno de sus cuatro puertos lacustres con el malecón y la “calzada ancha a lo largo de la costa”; en fin, una ciudad reducida en su circunscripción, con alrededores casi rurales y habitada por cuarenta mil personas entre familias de abolengo o “del centro”, cafetaleros poderosos, una clase media o de “medio pelo” y los artesanos, y obreros llamados “mengalos”. “Los estratos sociales en el Managua de hace setenta años —rememora Aburto— más que por prejuicios de clase estaban delimitados por la indumentaria y las costumbres”.

El autor recrea los juegos infantiles de antaño, la severa instrucción educativa y demás hábitos característicos de la época. Son retratados los individuos populares, los personajes callejeros que se aglomeraban en los dos mercados de la ciudad, los cocheros con ínfulas de aurigas, y los barberos que, a un tiempo, eran hormadores de sombreros, voluntariosos conversadores y guitarristas. Se destaca, además, el gusto musical refinado de los ciudadanos que elogiaban las cadencias de la mandolina, el órgano o la victrola, y asistían a las demostraciones de cámara ejecutadas por la célebre “Banda de los Supremos Poderes” que fue inhabilitada y desmontada por el General José María Moncada, a quien Aburto le otorga el epíteto de “bárbaro gobernante cavernario”.

El terremoto de 1931 representó “un inmediato renacimiento económico, de intercambio comercial e industrial entre todos los departamentos, se produjo como consecuencia un verdadero turbión social”. La ciudad se dirigía a un cambio estructural de su fisonomía, dejando atrás esa apariencia aldeana de casas semicoloniales con corredores anchos.

Para los años cuarenta, en la capital habían proliferado varios establecimientos que vinieron a ser, según Juan Aburto, una suerte de “peñas literarias” que procuraban algún ambiente bohemio favorable para los que tenían “inclinaciones poeteriles”: “Petit Café”, “El Mamón”, “El sapo triste” o “El Barranco”, este último visitado una vez por Ernesto Mejía Sánchez.

El vanguardismo granadino estaba ya disperso en aquel momento y era posible dialogar con algunos de sus impulsores en esas “peñas literarias”, que no eran más que tugurios que hacían las veces de tabernas. Ahí circulaban personalidades como las de Manolo Cuadra, Joaquín Pasos y Quico Fernández y, más tarde, Octavio Robleto, la “Generación traicionada” y Michèle Najlis, “musa amada y perseguida por la poetería incipiente”, apunta Aburto, con un escrupuloso humor en voz baja.

El tono absoluto de “Managua en la memoria” lleva implícito un espíritu de rescate historicista, el relato se sabe documento, prueba o declaración de hechos y contextos, aparte de la celebración nostálgica de la ciudad que, como sugerimos al principio, es lamentación y utopía del pasado.  
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