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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 7 DE DICIEMBRE DE 2002
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Cuentos de Matagalpa
Patada de Mula

Foto  

Fotografía de Raoul Shade.

 

Luis Sánchez Sancho*

A eso de media mañana, los dos hermanos —de once y nueve años de edad— emprendieron el camino hacia la salida a Jinotega, como lo hacían regularmente dos veces al mes, cuando estaban en Matagalpa, para ir a recoger los quesos que después se vendían en la venta de la abuela, al menudeo, de contado y al fiado.

Sólo eran doce o trece cuadras, pero algunas de ellas larguísimas —“cuadras leonesas”, las llamaba la gente—, las que habían desde la casa de la abuela, en Guanuca, hasta la salida Jinotega. Pero qué lejos lo sentía él, el menor, sobre todo al regreso, cuando tenía que cargar el pesado canasto con el queso.

Por eso, para aliviar el viaje hacían el camino jugando, arrojando piedras a los perros y los pájaros o golpeando con una vara cualquier objeto que atrajera su atención.

De vez en cuando, una ráfaga del viento helado de diciembre, proveniente de las montañas circundantes, hacía encogerse a los transeúntes, todos abrigados con suéteres de diversos colores. En el interior de algunas casas, las puertas abiertas, se podían ver altares a la Virgen. La verdad, desde hacía una semana iban todas las tardes a Catedral, con la Julia y la hermana mayor, para rezar la Novena a la Purísima. Y él esperaba con ansiedad infantil que llegara La Gritería, para disfrutar las cajetas, los almíbares, los gofios, y sobre todo, la caña de azúcar que tanto le gustaba.

Eran bonitas las purísimas. También en Matagalpa, el antiguo y rebelde poblado indígena del norte se habían establecido poco a poco las purísimas, sobre todo la alegre tradición de la Gritería, el 7 de diciembre, llevada por los leoneses que llegaron desde fines del siglo 19, atraídos por las minas de oro, el aire puro de montaña, el clima delicioso y las bellas mujeres matagalpinas.

Como fiesta, lo que se dice fiesta, le gustaba más la del Niño Dios, aunque éste, quién sabe por qué pues él trataba de portarse bien, sólo una vez, el año anterior, le había traído un caballito de palo con la crin de cabuya. Pero cómo disfrutaba las Posadas, las misas del Niño en Catedral durante las frías madrugadas, y los lindos Nacimientos llenos de adornos que ponían en algunas casas.

En fin, entre juegos y pensamientos agradables, a veces caminando y a ratos corriendo, se acercaban a la salida a Jinotega, donde ahora había el emocionante atractivo de los vehículos motorizados —en Guanuca nunca se miraban— que de vez en cuando pasaban raudos por la recién estrenada carretera.

De repente, al doblar una esquina avistaron una recua de mulas que trotaban en dirección a ellos, arreadas por dos muleros que llamaban a las bestias por sus nombres propios: Estrella, Bandida... como si estas fueran personas y les entendieran.

Cuando las acémilas estaban casi encima de ellos, el hermanito lo desafió: —Masiemos que no le metés la vara en el fundillo a una de esas bestias—. —Masiemos que sí—, respondió él, picado en su amor propio, y acto seguido se acercó a las mulas y hincó el ano a una de ellas, con la vara que llevaba en la mano derecha.

¡¡Poff!! El golpe produjo un siniestro chasquido, y su cuerpo delgado y frágil se alzó en el aire como disparado, y cayó a unos dos metros de distancia. Sólo sintió un instantáneo y violento dolor, pero no miró estrellitas ni oyó pajaritos cantando, como en algunas historietas había leído que se miraban y oían cuando se sufría un fuerte golpe. Y cayó en un profundo abismo de oscuridad y silencio.

(Su papito platicaba animadamente, a grandes voces, con Telésforo, el viejo amigo del barrio. Le contaba una de las tantas anécdotas que solía relatar a su manera tan divertida. Contaba que una vez, tomando tragos con compañeros de trabajo, en las minas, el guaro le dio por provocar a uno de los bebedores, hombre altote, fornido, la cara como labrada en piedra y los brazos musculosos y sólidos, como trozas de madera.

— Mirá —le dijo—, mis trompones son como patada de mula y donde yo pego no nace pelo.

— No estés jodiendo, le replicó el amigo, bolo pero tranquilo. Sin embargo, el padre seguía dale que dale, con la fregadera de que golpeaba como patada de mula. Hasta que ¡pun!, estrelló su puño derecho en el lado izquierdo de la cara del hombrón.

—¿Ves? Te dije que no estuvieras jodiendo, ya te golpeaste, farfulló el amigo, pasándose la mano suavemente sobre la mejilla, como quien se quita una basurita o se espanta una mosca molestosa, mientras su papito se agarraba y sobaba la mano derecha, tratando de disminuir el dolor que le había causado el puñetazo como “patada de mula”, que según picado le había propinado al hercúleo compañero de parranda.

¡A la...!, se dijo él, para sí mismo, al escuchar la anécdota de su papito. Y trató de imaginarse qué tan fuerte podría ser la patada de una mula.

Despertó de súbito y abrió los ojos lentamente, con el cerebro aturdido y sintiendo un dolor terrible, insoportable, en la boca. Se encontraba tendido sobre una cama y cubierto con sábanas de impoluta blancura. La cara la sentía enorme, de lo inflamada que estaba. Angustiado, movió la lengua, lenta y cuidadosamente, dentro de la boca adolorida. Pero se espantó de tal manera que por un momento dejó de sentir el inmenso y punzante dolor, pues sintió que sólo habían unos pedazos de dientes en la parte superior, y en la de abajo pudo palpar unos como huecos que los imaginó horribles.

Entonces cobró conciencia de la situación y de golpe recordó lo ocurrido. Abrió los ojos, miró a su alrededor y vio a la abuela que, sentada en una silla, rezaba con una Novena en las manos. Gimió y la abuela se puso de pie, se le acercó, le acarició la frente, enjugó las lágrimas que le arrasaban los ojos y le dijo: —Gracias a Dios que ya despertaste. Hoy es sábado, en estos dos días creímos que te ibas a morir....

—¡Dios mío!— se dijo para sí: —Hoy es la Purísima. ¿Y ahora cómo voy a hacer para comerme las cañas?

*Editor general LA PRENSA.  
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Patada de Mula