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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 7 DE DICIEMBRE DE 2002
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De la memoria política, los que se narran y los fragmentos

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.Crítica literaria acerca de las memorias “Sueños del Corazón” de Violeta Barrios de Chamorro, “Adiós muchachos” de Sergio Ramírez, y “El país bajo mi piel” de Gioconda Belli

 

Leonel Delgado Aburto

En un interesante ensayo, Sofía Montenegro ha propuesto que duelo y narrativa personal son elementos fundamentales en la transición de la postguerra centroamericana. El argumento de Montenegro es que la represión interna del duelo provocado por la guerra, los desastres naturales y la caída de los valores revolucionarios, se relaciona con la anomia, la delincuencia, el pesimismo y, en fin, la neurosis individual y social en la que vivimos. A la vez, la expresión del duelo —escasa, porque no todos los individuos alcanzan a realizarla—, implica la necesidad de una narrativa individual, coherente y equilibrada desde el punto de vista psíquico.

En otras palabras, Montenegro percibe la fragmentación de las individualidades y las mentes, la asocia con las tragedias sociales y políticas, y articula una especie de deseo narrativo al que, de manera un poco subconsciente, todos aspiramos. Me parece pertinente, una vez reconocida esta problemática social y política, asociarla con la narrativa personal realmente existente, en un sentido, asimismo, representacional. Aquellos libros de memorias políticas, sobre todo, que tienen cierto brillo oficial, y que encarnan una aspiración parecida: ofrecer una narrativa coherente del individuo de la posguerra. Pero un individuo que se sabe y considera paradigmático. A esto me refiero, precisamente, cuando hablo de sentido representacional.

Memorias como las de Violeta de Chamorro, Sueños del Corazón, de Sergio Ramírez, Adiós muchachos, y Gioconda Belli, El país bajo mi piel encarnan lo que sería una coherencia narrativa individual. La trayectoria política se presenta en estos libros como trayectoria personal, como conformación más o menos agitada o providencial de un sujeto ejemplar, quien, en nombre de los otros (los que no pueden expresar el duelo, o narrarse a sí mismos), realiza la adquisición individual autobiográfica. Lo importante, pues, en estas narraciones no es el nivel autobiográfico en sí sino la proyección colectiva que sus historias buscan. (Y es ésta la intencionalidad política de este tipo de memorias: no se trata de autobiografías que busquen una abstracción secularizada).

En este sentido, el de Chamorro resulta ser el libro con más lógica interna de los tres mencionados. Por su condición política singular, a su protagonista no le cuesta mucho conectar míticamente su historia personal con la ejemplaridad personal y un resultado colectivo nacional. Su historia de amor con Pedro Joaquín Chamorro aparece casi como un romance representativo de una nueva nacionalidad, gracias a un gesto narrativo en que la eventualidad política se disfraza de premonición. Efectivamente, en la segunda página de sus memorias, Chamorro explica la postura heroica de su marido, quien al poco tiempo de haberla conocido le confiesa su obsesivo patriotismo y le dice: “como resultado de mi muerte, Nicaragua va a cambiar para siempre”.

Esto lleva a Chamorro, a reflexionar sobre su propia estatura biográfica: “Debí haber sabido desde entonces que ya nunca iba a ser libre para seguir una vida común…”. El entrecruce de la historia personal y la historia nacional, la memoria que se cruza con el héroe, la biografía que se proyecta hacia la comunidad imaginada, es lo que vuelve paradigmática a la narradora. El perfil así articulado no borra, sin embargo, la procedencia mítica de su nacionalismo y su objetivo ideológico. Cuando Chamorro remonta su rol histórico a su procedencia familiar, al haber nacido de entre los hombres que dirigieron la “Guerra de Independencia”, está buscando de forma abierta establecer una continuidad entre el viejo orden oligárquico postindependentista (que sucede en realidad sin una verdadera guerra de independencia) y la reconstrucción nacional e individual post-sandinista en la que ella quiere encarnar una especie de ideal civil.

Los casos de Ramírez y Belli, son más problemáticos puesto que a sus reconstrucciones autobiográficas les falta el “oxígeno restaurador”. El ámbito social y político en que ellos dos tratan de inscribirse como individuos emblemáticos, es adverso al que deberían representar. Suceden, por así decir, como memorias de intelectuales orgánicos de la revolución, cuando ésta se ha esfumado, y ellos, en cuanto representativos, están lejos de guiar el debate sobre el nacionalismo.

Es por eso quizás que ambas incurren en la justificación abstracta y universalista de los valores humanos, de la lucha por la solidaridad, de la estética de la ética, del valor de la revolución como “experiencia de vida”. Ramírez dice escribir su memoria política “por el exceso de olvido” histórico en que ha caído la revolución sandinista e intenta una reivindicación paradójica. La “herencia más visible (de la revolución), aunque no su propuesta más entusiasta” es la conquista de la democracia. No es “entusiasta” sobre todo porque la revolución “no trajo la justicia anhelada para los oprimidos”.

Esta contradicción abre una grieta en las posibilidades mismas de la narrativa y su proyección política comunal. ¿En qué gran relato respaldar la memoria? El individuo sólo tiene una coherencia: singularizarse como escritura/ escritor nostálgico y desear pero descartar las analogías. Al fondo queda siempre, dice Ramírez, “algo que busqué y no logré encontrar, pero que sigue pendiente”. Ante la coherencia mítica “nacional” de Chamorro, Ramírez presenta el recurrente y obsesivo juego neurótico de lo perdido que vuelve, se disfraza y evapora.

Las memorias de Gioconda Belli son aún más contradictorias que las de Ramírez. Sobre todo porque en un intento de insuflar fuerza a sus contextos, incurren en la celebración de una representación / representatividad improbable. En El país bajo mi piel el cuerpo “nacional” (pueblo/ nación) habita el cuerpo de una mujer intelectual revolucionaria, proveniente de la clase alta, que se constituye como híbrido. Por un lado, por ser mujer pero también ser hombre, la narradora se llena de estatura nacional. Por otra parte, por ser nicaragüense pero también norteamericana, por estar a la vez en el norte y en el sur, por fluir en la globalidad, su autobiografía pretende ser representativa de un logro individual traducido como comunal.

En estos dos sentidos, El país bajo mi piel se asemeja a Sueños del Corazón, pero a Belli, obviamente, le falta el respaldo representacional de Chamorro. Belli resume así una de sus características paradigmáticas: “Sin renunciar a ser mujer, creo que he logrado también ser hombre”. Esto parece una básica vindicación feminista que le sirve a Belli para autorrepresentarse como la mujer nicaragüense moderna. Sin embargo, si se toma su frase y se le interrelaciona con el nivel simbólico que usa Chamorro, descubrimos su porosidad. En resumen, Chamorro podría decir algo así como: sin renunciar a ser una mujer tradicional he logrado también ser una mujer paradigmática en nombre de un hombre heroico. La efectividad narrativa, histórica y política de este desplazamiento no es tan clara en el caso de Belli.

Se nota esto por ejemplo en la ambigüedad de su afirmación de que “el calor de las multitudes fue mi destino”. ¿Es ésta la confesión de una revolucionaria profesional, de una política populista o de una novelista exitosa? La pregunta es pertinente, dado que en la metáfora del título, la piel de la autobiografiada enmarca al país (como pueblo y nación). Es como decir: represento al país que contengo bajo mi piel, mi cuerpo es país, hablo en nombre de la nación. Podría argumentarse que se trata solamente de una inofensiva y romántica metáfora, la adquisición encantada, pueril y precaria de una escritora. Pero hay otros gestos textuales en el libro de Belli que nos hablan de una decidida lucha representacional. Este desplazamiento sólo podría tener como asidero el rol del intelectual orgánico de la nación, pero lo curioso es que a ese nivel el debate no trasciende todavía los ámbitos oligárquicos vanguardistas. “Mi pequeño país, etc,” sigue perteneciendo a la figura canonizada de Pablo Antonio Cuadra.

En referencia a la lucha simbólica representacional, la dedicatoria de las memorias de Belli, a las “mujeres que colaboraron conmigo en las tareas del frente doméstico”, es un gesto textual significativo, porque encarna también el deseo de representar al Otro de la feminista intelectual: las sirvientas. Este gesto recuerda la ritual “domesticación” de la mestiza, la india o la subalterna en general, y la obsesiva, neurótica y colonial adopción de “hijas de casa”, típica de los pudientes. Es también el deseo subrepticio de representarlas por medio del “calor de multitudes”, de incluirlas bajo la piel y bajo la casa.

En este punto, es pertinente volver al ensayo de Montenegro y preguntarse ¿quién es el que se narra en la postguerra? ¿Y para qué se narra ese individuo? Hasta ahora el que narra es el puesto delante, el que logra o la que consigue aunar los mundos divididos de los géneros; del mundo dividido en clases, etnias y culturas; aquella que logra mitificar mejor una historia personal que resuena nacional. ¿Por qué esa grieta insalvable entre los que narran y los que padecen la anomia y el duelo?

No es posible responder efectivamente esta pregunta, sin planteársela como problemática política. La índole del cuestionamiento tiene que ver con las características del proceso transicional (¿democrático?) que vivimos o padecemos. Son sus presupuestos paradójicos. Así que, haciendo una abstracción de las individualidades y autores; tendiendo a plantearlas en cuanto “vida” narrada de un sujeto paradigmático, se diría que en las memorias políticas recientes, la democracia como conquista de la revolución ofrece imaginariamente (ideológicamente también) piel y casa para las sirvientas. Ofrece duelo de los representativos y también mito nacional para que los ciudadanos del duelo y el espanto sanen sus neurosis. En este sentido, el autobiografiado es pedagógico; enseña, divierte y disciplina, por tanto no puede narrarse fragmentado.

Un caso estremecedor ocurrido hace muy poco, puede ser muy ilustrativo, pues coloca una disonancia a ese armónico ámbito de los que se narran y representan. Los cadáveres de unos rearmados muertos en combate con el Ejército, fueron encontrados sin cabeza. Cuando sus compañeros de armas se entregaron, confesaron que habían cortado la cabeza de los cadáveres de sus camaradas por una petición previa de los ahora muertos. Según declararon sus compañeros, los caídos querían esconder su identidad (representada en el rostro) a sus enemigos. En resumen, los anónimos rearmados, en falta delincuencial, y olvidados por la maquinaria democrática, temían ser reconocidos como “historias individuales”, como rostros de una batalla ideológica improbable.

Llama la atención en qué sentido significativo podían esconder su identidad los que de por sí constituyen lo desconocido, lo fuera de la ley, también lo no dicho ni tomado en cuenta: los no narrables. Para mí que la esconden de todos nosotros, y que hay ahí una inadvertida lucha silenciosa y negativa de la representación individual. En ese grado cero de la representación comienzan otras historias que no serán dichas. Escapan, en efecto, de la remitificación nacional tanto como de la piel, la casa y el organismo biográfico de los notables.

*Crítico literario.

Bibliografía

Gioconda Belli. El país bajo mi piel. Madrid: Plaza y Janés, 2001

Violeta de Chamorro. Dreams of the Heart. Nueva York: Simon & Schuster, 1996

Sofía Montenegro. “La democracia difícil”. En: Convergencia de Tiempos: Estudios subalternos/ contextos latinoamericanos: estado, cultura, subalternidad. Editado por Ileana Rodríguez. Ámsterdam-Atlanta: Rodopi, 2001 (279-287)

Sergio Ramírez. Adiós Muchachos. Madrid: Aguilar, 1999  
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De la memoria política, los que se narran y los fragmentos


Semblanza de Margarita Carrera