Ariel Montoya en la Hoguera
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Ariel Montoya. |
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Félix Javier Navarrete*
Su nombre de pila: Ariel Montoya (Esquipulas, Matagalpa, 1964). Oficio: Poeta, periodista y escritor. De generales conocidas. Humanista y bohemio, amigo de la poesía y de la libertad. Su aldea global: Nicaragua. Su nicho sentimental: Managua. Su residencia: el mundo. Si la memoria no me falla, lo conocí en 1983, en la Universidad Centroamericana, delgado, barbudo, inquieto, con ganas de estudiar la atractiva carrera de Derecho, con su mochila cazando estrellas en una década en que los sueños de muchos nicaragüenses se truncaron por un totalitarismo absurdo, al que un amigo llamó con ironía y acierto “La rovolución de los sueños”. Recuerdo a Ariel en una banca de la universidad, compartiendo con los jóvenes poetas Emilio Zambrana, Xavier Quiñónez y Reyes y el suscrito, sus primeros balbuceos literarios que ya comenzaban a darnos una idea del poeta en construcción. Poemas que se intercambiaban con los nuestros, y terminábamos renegando de ellos en aquellas noches de interminable y noble bohemia que protagonizábamos donde El Abuelo, frente a Enel, nuestro glorioso e histórico puesto de mando libatorio en el que cantábamos música rokonolera y sometíamos nuestros textos al escalpelo de nuestra incipiente y mordaz crítica literaria.
Hasta que vino la guerra fratricida que nos obligó a cumplir un Servicio Militar Obligatorio para dizque combatir al Tío Sam, y entonces los sueños se postergaron, se truncaron. Había que reconstruirlos y darles otra forma de vida. Ariel se nos fue por un largo tiempo; tomó su mochila y abandonó nostálgico su patria, su madre ontológica, la cantera de sus sueños. Y se fue a Guatemala, a su frío exilio obligatorio, aunque su mente siempre estuvo fija en Nicaragua, pernoctando en las frías montañas de Esquipulas; deambulando en la Managua nocturna, enrarecida por el ambiente de la guerra y la incertidumbre social.
Fue en medio de ese exilio obligatorio, de esos días lejos de la patria, donde se terminó de forjar el poeta, el intelectual y el periodista preocupado por los problemas de su país. El joven que regresó sin barba, pero con un bigote morazaniano, una calvicie en ciernes que delataba una honda preocupación, y una mochila de metáforas —como bien diría Pablo Antonio Cuadra— dispuestas a compartirlas con nosotros después de un largo viaje. De esa mochila de poeta peregrino saldrían “Silueta en Fuga” y “Perfil de la Hoguera”, libros que hablan desenfadadamente y con un limpio lenguaje poético del amor, de la novia perdida, de la nostalgia por la patria y el reencuentro con esa identidad, que es al fin y al cabo, donde reside la esencia del poeta.
“Perfil de la Hoguera”, es esa peculiar e íntima geografía de que está hecha su poesía: La patria, la familia, el amor, los sueños. Su poema “Luna con dos patrias” es un canto homérico que describe el ansiado y emocionante retorno. Cuántos sentimientos encontrados, difusos, fluyeron en ese itinerario, en ese momento en que el avión surcaba cielos y recuerdos. El retorno esperado a la casa, a Itaca, a la patria, pensado- poetizado - durante el corredor aéreo Guatemala – Managua: “...Pues tocar tierra firme es una solemnidad, necesaria para levantar la casa, destruida por fatales dioses, cuyos nervios de pólvora fueron transferidos al cementerio de la vergüenza”.
*Escritor 
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