El mal ejemplo del chavismo
La profunda y cada vez peor crisis que está sufriendo Venezuela, demuestra que el izquierdismo (populismo, estatismo, revolucionarismo, como se le quiera llamar), no es la solución a los ingentes problemas de los países latinoamericanos.
En realidad, la experiencia del régimen sandinista de Nicaragua ya había demostrado que el revolucionarismo más bien ahonda las crisis y aumenta y agudiza los problemas socioeconómicos y políticos que pretende resolver. Sin embargo, a muchos les quedó la duda de que tal vez en mejores condiciones —pacíficas, sin guerra fría ni enfrentamiento de grandes potencias—, el modelo izquierdista sandinista pudo haber sido exitoso, en el sentido de promover el desarrollo económico, asegurar la justicia y establecer la igualdad social, aunque sin libertades individuales ni derechos democráticos de las personas como lo condiciona la doctrina revolucionaria.
Al fin y al cabo, ¿acaso no aseguran los izquierdistas que el comunismo ha resuelto en Cuba los problemas sociales fundamentales que sufren los demás países latinoamericanos, aunque necesariamente a expensas de las molestosas libertades individuales “burguesas”, y que ese país sería un paraíso de la humanidad si no fuera por el embargo económico y comercial de los Estados Unidos?
Pero en Venezuela no hay “bloqueo imperialista”, ni “guerra de agresión de la CIA”, y sin embargo el régimen izquierdista y autoritario de Hugo Chávez ha precipitado a ese país tan rico pero tan arruinado por el mal gobierno, en una crisis que no tendrá salida mientras el chavismo se mantenga en el poder a cualquier precio.
Al respecto de la crisis venezolana hay quienes opinan que sus opositores deben dejar al coronel Hugo Chávez gobernar con tranquilidad, hasta que termine su período, y entonces sustituirlo por medio de elecciones libres, como él mismo llegó al poder. En principio eso es correcto. Pero también se debe exigir que Hugo Chávez respete las libertades individuales y los derechos democráticos de los venezolanos, y en particular de los que no son chavistas y de quienes lo fueron hasta hace poco pero se pasaron a la oposición por los insoportables desmanes del coronel golpista que se cree la reencarnación del Libertador Simón Bolívar.
Y cabe señalar al respecto que si tantos venezolanos se oponen al régimen chavista, como lo demuestran ellos mismos de manera efectiva por medio de las gigantescas manifestaciones y las constantes huelgas generales, es porque el coronel Hugo Chávez ha atropellado las libertades y los derechos democráticos, y porque pretende imponer para siempre una dictadura izquierdista.
Precisamente el jueves de esta misma semana publicamos en la sección de Opinión de LA PRENSA un artículo del analista político venezolano Armando Frontado, acerca de los planes de Hugo Chávez, coludido con partidos comunistas y movimientos izquierdistas latinoamericanos, para tratar de extirpar de manera definitiva la libertad de expresión e información en Venezuela, es decir, aquella libertad esencial que como se sabe muy bien es la que determina la existencia de todas las demás libertades y de los derechos democráticos de la persona.
Ahora bien, en el próximo enero en Brasil y Ecuador se van a establecer en el poder gobernantes populistas, de trayectoria izquierdista, que al menos ideológicamente o en el discurso son parecidos a Chávez. Y su llegada al poder por voluntad de sus propios pueblos, no es que provoque histeria a nadie como se burlan algunos burócratas de organismos internacionales, sino que motiva la legítima expectativa e inclusive la preocupación de quienes, precisamente en base a las experiencias concretas de Nicaragua y Venezuela, consideran y advierten que el remedio izquierdista resulta peor que la enfermedad.
Se dice que si bien los presidentes electos de Brasil, Luiz Inácio da Silva, y de Ecuador, Lucio Gutiérrez, son de origen populista e izquierdista al mismo tiempo son personas inteligentes y honorables que, por ejemplo, nunca se han visto involucrados en delitos sexuales ni se han apropiado de propiedades ajenas. Y se asegura que ellos van a gobernar como personas responsables y sensatas, y por lo tanto no cometerán los mismos graves y trágicos errores que cometieron los sandinistas en Nicaragua y que están cometiendo los chavistas en Venezuela.
Ojalá que así sea, porque la alternabilidad ideológica fortalecería tanto como la política a la democracia latinoamericana. 
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