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DOMINGO 1 DE DICIEMBRE DEL 2002 / EDICION No. 22929 / ACTUALIZADA 02:30 am
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Cosas Veredes Sancho Amigo
Un domingo para recordar a don José María Gutiérrez Arancibia

Foto  
.Don Chemita dedicó gran parte de su vida a la recolección y estudio de las piezas arqueológicas que abundaban en las tierras del cacique Tenderí, en ese quehacer puso tanto cariño y entrega que al concluir su venturosa vida nos dejó uno de los museos más completos para el estudio de la historia y la antropología nicaragüense.

 

Mario Fulvio Espinosa
Especial para LA PRENSA
departamentos@laprensa.com.ni

Además de que era la más hermosa esmeralda de toda la costa del Pacífico de Nicaragua y cornucopia natural rebosante en flora y fauna, fue Nindirí el sanctasanctorun donde nuestros míticos antepasados chorotegas guardaron en códices mágicos las tradiciones y misterios de su raza, y donde, además, dieron vida al barro, esculpieron la piedra y fabricaron cuchillos, macanas y flechas devastando con terca persistencia el pedernal, el hueso y la obsidiana.

Durante los primeros años de la conquista española, muchos ídolos y la casi totalidad de los valiosos códices fueron destruidos, “para mayor gloria de Dios”, por el fraile Francisco de Bobadilla. Para salvar algo, los indígenas procedieron a enterrar las cosas que más estimaban, esperando, con ilusa esperanza, desenterrarlos una vez que sus dioses determinaran el fin del dominio extranjero.

Pero los dioses de piedra fueron impotentes, y los indios que no fueron exterminados tuvieron que adorar a otro dios y venerar otras imágenes. La cultura chorotega quedó bajo tierra y no fue sino hasta la llegada de exploradores extranjeros como Karl Bovalius y Ephrain Squier que comenzó a recuperarse y a ser estudiada y clasificada.

Todavía a mediados del siglo pasado, los tenderisis hablaban con curiosidad no exenta de admiración, del señor José María Gutiérrez Arancibia, ilustre varón que no vacilaba en gastar su dinero —incluso el de su comida— en la compra de “tiestos”, ídolos, urnas y cosas viejas coloniales.

Era don Chema un señor de aspecto tranquilo y venerable, alto, grueso, de amplia frente y hermosa cabeza coronada de cabellos negros y ralos. Tenía el rostro ovalado, y bajo sus cejas de pelos espesos y semi canos —sobre unos lentes gruesos colocados sobre una prominente nariz— asomaban sus dos ojillos negros, curiosos y alegres.

Completaban el retrato de don José María el eterno mostacho abundante, que pretendía tapar una boca grande, de labios finos, presta para la argumentación y las explicaciones, lo mismo que para silbar, aullar como los indios, cantar y tocar a la perfección flautas y ocarinas.

Vivía don José María en una casita de tejas y tablas que estaba situada en una esquina de la Calle Real del pueblo. Ahí funcionaba la oficina de correos, teléfonos y telégrafos... Y, además, su flamante colección de piezas arqueológicas que él elevó a la categoría de “Museo de Nindirí”.

La vida de don Chema transcurría en agitada paz, tenía que “darle manigueta” al teléfono para establecer y contestar llamadas, clasificar la escasa correspondencia epistolar, atender la llave del telégrafo para enviar telegramas en clave Morse, recibir las señales de recepción y transcribirlas, y atender a las personas que atraídas por la fama del museo llegaban a visitarlo y a recibir explicaciones.

En la colección del Museo figuraban ídolos de diferentes tamaños, vasijas y braseros de uso religioso, metates, piedras de moler, vasijas, ollas funerarias y de uso casero, collares y adornos, ocarinas, flautas y máscaras coloniales. Pero la cosa que más quería don José María era un pito sacerdotal que el llamaba “Tatil Kavajaj”; era un pieza pequeñita de barro negro brillante que vista desde diversos ángulos presentaba la forma de un lagarto, un sapo, un pez y una representación de la diosa de la maternidad.

El que esto escribe, originario de Nindirí, vio en repetidas ocasiones a don Chema interpretar con el Tatil Kavajaj una quejumbrosa melodía ceremonial, y bailar al compás de chirimías y tambores las danzas aborígenes de nuestra región.

Desde un rincón de la casita, una muchacha cara redonda observaba sonriente el teje y maneje de don Chema que, al continuar su explicación sobre la época colonial, se ponía las máscaras de jobo que se usaban en las danzas de aquellos tiempos, como la del Mantudo, el Macho Ratón, el Moro y el Cristiano, entre otros.

En la primera etapa de su vida, don Chema fue un fervoroso católico y, en ese plan, regaló a la Iglesia de Nindirí una imagen de la Sangre de Cristo, que al salir en procesión, durante la Semana Santa, tenía que pasar por su calle y casa. Ya en su madurez nuestro personaje optó por la religión evangélica, aunque nunca negó ayuda a las obras sociales de su comunidad ni a las de su grey anterior.

SESENTA AÑOS DESPUÉS

Por razones que no vienen al caso, me tocó nacer en Nindirí y pasar el resto de mi vida en Managua. En mi infancia y juventud periódicamente viajaba a mi pueblo, pero con el tiempo y mis quehaceres esos viajes se hicieron más esporádicos, perdiendo así el contacto permanente con muchos parientes y amigos, entre ellos don Chema.

Pero... ¿Quién era la muchacha que ayudaba en los quehaceres de la casa y atendía el teléfono cuando don José María estaba ocupado?

Ella era la joven Adilia Membreño, a quien tuve el gusto de conocer el domingo anterior como encargada y heredera del museo. Hoy es una jovial dama que atiende a los visitantes con el mismo amor y humor que derrochaba Gutiérrez Arancibia. Los detalles que faltaban ella los explica así.

“Yo soy de Nindirí, mi madre era doña María Membreño y mi padre don José Antonio Morales, ambos ya fallecidos. Desde muy jovencita yo trabajaba con don José María que tenía una hija de crianza llamada Mercedita. La casa de don José María no era ésta, sino la que está en la esquina de enfrente, que es ahora la Casa de la Cultura”.

“Yo trabajaba en esa casa, ahí conocí a don Chema, pero hubo un tiempo en que murió la hija de crianza y él quedó solo y pensó seriamente en casarse. En ese momento vino el amor, y ahí nos enamoramos”.

Si no es indiscreción ¿Cómo fueron esos amores?

“ Fue una época muy bonita. No comparable con la de ahora. Los hombres eran muy cariñosos y románticos... Y así nos fuimos conociendo, él era muy atento, me hacía regalos y con todas esas cualidades y finezas él me fue diciendo. Él era un solterón y siempre vivió al lado de su padres”.

¿Entonces él pidió su mano?

“Sí, yo era una chavala, estaba en una edad muy tierna y él era de bastante edad, pero por fin lo acepté”.

“En aquel tiempo los enamorados eran muy respetuosos, nunca abusaban de uno, se me declaró no con cartas sino de palabra”.

¿Qué otras cosas hacía en la casa?

“Como ahí era la Oficina de Correos. Él era el telegrafista y a veces yo corría a atender el teléfono, le ayudaba en eso”.

¿Pudo aprender el manejo de la llave del telégrafo, el alfabeto Morse?

“No aprendí, pero conocía las llamadas. Por eso cuando tal vez él estaba por otro lado y le llamaban, yo le podía decir “te están llamando de tal parte”, entonces el corría y manejaba la llave”.

¿Logró usted estudiar?

“Muy poco. Nuestros padres nos dedicaban más a las artes manuales, sabía coser un poquito y tejer, que ya se me olvidó”.

¿Qué descendencia tuvieron?

“Tuvimos dos hijas, pero nada más una vive en la finca y trabaja en Managua, la otra está aquí conmigo, en la casa. Esta última tiene dos niñas, la otra tiene tres, así que son cinco nietas”.

Cuénteme más de su marido. ¿Cómo comienza a recopilar estas piezas tan valiosas?

“El ganaba muy poco en el telégrafo, pero comenzó a comprar cositas, pero casi todo lo que ganaba era para comprar piezas arqueológicas, estudiarlas y guardarlas en vitrinas... Yo siempre le decía: ¿Y para qué quiere tanto tiesto? Entonces me respondía: ‘Estas parecen cosas que no sirven, pero constituyen la historia de Nindirí y serán muy valiosas para el estudio de la juventud que viene. Yo ya no voy a ver eso —decía— pero te vas a acordar de mí que aquí van a venir los colegios a aprender’. Y en efecto, ha sucedido como él dijo”.

“HUACAS” A FLOR DE TIERRA

¿Qué más puedo decir? Era telegrafista de profesión, pero se volvió arqueólogo. Eso le nacía de naturaleza, estudiaba mucho, era un sabio autodidacta. Cada cosa que iba comprando la analizaba y estudiaba, con el tiempo invitaba a sus amigos arqueólogos para platicar. Por otra parte tenía como colaboradores fieles a los labriegos de Nindirí que todo lo que encontraban se lo venían a vender. Ellos se iban alegres con su dinero y él miraba aumentar el caudal de sus tesoros.

En toda la población y en las fincas cercanas se encontraban estos objetos casi a flor de tierra, si el arado rompía la tierra ahí salían, si se hacían zanjas para cualquier trabajo ahí salían, al hacer letrinas también, y así se fue aumentando y aumentando el tesoro con piezas de Nindirí y nada más que de Nindirí.

¿Cuánto tiempo vivió con él? ¿Tiene alguna queja?

“Como 25 años, muy felices y ninguna queja. Nunca supe lo que era un “jotazo”, jamás una mala expresión, jamás un reproche que no fuera cariñoso. Además, aunque parecía muy serio era un hombre alegre, siempre con la sonrisa a flor del rostro, se animaba y se le iluminaba la cara cuando atendía a la gente. Si alguien venía a pedir un peso, pues él se lo daba, ayudaba a la gente sin preguntar por partido o religión”.

¿Qué se hizo el Tatil-Kabajaj?

“Ahí lo tengo, ahí esta todavía”.

Le pregunto porque cuando nosotros le pedíamos explicación sobre el Tatil-Kabajaj, él no respondía, sino que buscaba un tamborcito, se ponía el pito en la boca y empezaba a bailar una danza indígena...

“Sí, ésa era una danza ceremonial de los antiguos indios. Con el tiempo yo también aprendí a bailar la danza del Tatil-Kabajaj”.

¿Reconoció el gobierno en algún tiempo el trabajo de don José María?

“Ninguno, todos han visitado este museo y ninguno ha dicho ‘estos reales son para el museo’. Actualmente el museo posee como mil quinientas piezas, de las más grandes hasta las más pequeñas. Pero no hay espacio como para hacer divisiones genéricas.

¿Qué promedio de visitas tiene el museo?

“Bueno, en días especiales como en las Fiestas Patria es bastante, vienen muchos colegios y grupos de alumnos a conocer e investigar, en la semana corriente cuatro o cinco visitas”.

¿Me contaban que el museo pasa de lo que cobran por entrada?

“Sí, pero no es cobro, nosotros pedimos una cooperación voluntaria, pero no impedimos a nadie entrar al museo. Esa cooperación es para el mantenimiento. La Alcaldía me da un poquito de ayuda para, digamos, medio comer. Yo no tengo jubilación”.

Cuando usted falte, ¿quién se hará cargo de este museo?

“Pues digo yo que mis hijas. Sí, mis hijas le tienen mucho amor a estas cosas y ahí verán ellas si lo siguen manteniendo, porque tenemos una carta que dejó el marido mío en la que señala que se le puede vender el museo al gobierno, pero no a personas particulares. Porque él decía que este es un patrimonio de la nación y de todos los nicaragüenses.

LEJANÍAS Y RECUERDOS

Doña Adilia Membreño, la viuda de don Chema, afirma que Nindirí era un pueblo muy humilde, tranquilo, pacífico... “Era un pueblo de paz. Hasta la vez aquí no hay pandilleros ni cosa que se diga”

“Existía gente pudiente y gente pobre, pero la tierra daba lo suficiente para que todos comieran lo necesario sin pasar privaciones. Después del terremoto de Managua, mucha gente se vino a vivir aquí y con ellas vino un cambio en el aspecto físico del pueblo”.

NINDIRÍ, UN PARAÍSO

Quizás sin llegar a tener plena conciencia de la felicidad que tenían entre manos, Adán y Eva perdieron el Edén, y no fue sino hasta después que, conociendo la esencia del bien y del mal, sopesaron con dolor lo perdido cuando ya era demasiado tarde. Igual ocurre con los viejos habitantes de Nindirí que hoy añoran la paz, la belleza y la abundancia de otros tiempos y sobre todo la solidaridad humana de sus antepasados.  
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