El mítico museo del apacible Nindirí
 |
|
 | En la Calle Real del pueblo, a una cuadra hacia el poniente de la antigua Plaza Mayor, hoy convertida en parque, en una humilde casa esquinera con techo de tejas, se encuentra el diminuto, pero valioso Museo Histórico y Antropológico de Nindirí |
|
|
| |
Mario Fulvio Espinosa Especial para LA PRENSA nacionales@laprensa.com.ni
En la sala, que apenas tendrá cuatro por cinco metros, se aprecian las urnas y roperos que guardan, bajo llave, las más valiosas piezas; otras, como las piedras de moler y los morteros están sobre una mesa, en tanto que ídolos y ollas funerarias yacen en el suelo.
En las paredes aparecen colgadas de clavos máscaras coloridas de madera de distintos tamaños, cuadros con referencias históricas, fotografías remotas, penachos de plumas y varios mosquetes del siglo XVII.
El lugar de honor es para la fotografía de don José María Gutiérrez Arancibia, ciudadano notable del Tenderí que fundó el museo en 1910. La foto está protegida dentro de un marco ovalado de madera fina y cubierta por un cristal cóncavo, sin embargo los años transcurrido la han vuelto color sepia.
Hoy esta casa de cultura es propiedad de doña Adilia Membreño viuda de Gutiérrez, quien amablemente describe al visitante las cualidades históricas de los tesoros que alberga el local.
“Estas piedras de moler, labradas en filigrana pétrea, son las que usaban nuestros antepasados chorotegas para moler maíz. También descascarillaban maíz y semillas en esos morteros que ustedes ven ahí”, explica doña Adilia.
En una esquina de la sala los ídolos parecen observar la vida desde la eternidad de la piedra. Unos representan a dioses sencillos, otros, a través de diversos animales que están sobre sus cabezas, constituyen trilogías de complicada adoración. “Ese ídolo grande representa al dios Sol, Tamagastad; este pequeño es la divina Luna, Cipactomal; aquel es el dios del Agua, ese otro el Dios del Fuego”.
En otra parte están las vasijas de barro que servían de urnas funerarias para los muertos notables de la tribu, sus adornos las diferencian de las utilizadas para enterrar a simples y silvestres mortales. Ollas pequeñas, con un ombligo en relieve, se destinaban para sepultar a los niños.
En el apartado de las máscaras está “El Mantudo”, con su cara feroz y más feo que el pobre Pisio. Hay diablitos con diferentes estilos de cachos, máscaras para el baile del Macho Ratón y otras que representan españoles rubios bigotudos de los que se burlaba el Güegüense.
Aquella paz ancestral trajo a nuestra memoria lo que escribió el viajero Squier en 1848:
“¡Sosegado y primitivo Nindirí, sede de legendarios caciques y de barbáricas cortes! Sosegado aún hoy día en medio del estrépito de las ciudades y del atropellamiento y de la lucha de millares de seres humanos; primitivo entre la codicia usurpadora y la insistente penuria, entre la redomada hipocresía y los rudos modales, en esta época en que la virtud es tímida y el vicio es procaz”.
“¡Vuela hacia ti mi recuerdo como una dulce noctívaga ensoñación. ¡Oh Nindirí! Arcadia de ensueño, pueblecito hijo de la fantasía, pueblecito casi irreal”. 
|