Gema Santamaría en la piel de la poesía
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 | Hace unos días Gema Santamaría presentó en México su primer poemario “Piel de poesía”, que reúne una variedad de situaciones y que en los próximos días tendrá circulación nacional |
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Ezequiel D’León Masís
La diversidad de voluntades estéticas parece ser, hasta hoy, el aporte más visible de la obra de los poetas nicaragüenses surgidos a finales de los años ochenta y durante los noventa, sobre todo si se hace cuenta y saldo de ciertos criterios condicionados que, en cuanto a la poesía, se implantaron desde décadas anteriores, a saber: la idea unitaria de “poesía nicaragüense”, las líneas del recetario exteriorista o la retórica del compromiso político que devino, luego, en testimonio miope y condescendiente con el poder.
Obviamente, la producción actual de los autores jóvenes —que, sin prejuicio lingüístico, prefiero llamar “emergentes”— tiene como referencia inmediata la disposición general de esa pluralidad estética y, de algún modo, representa su continuidad.
Dentro de esta producción emergente se halla “Piel de poesía” (Instituto Tecnológico Autónomo de México/ ediciones 400 Elefantes, 2002) de Gema Santamaría Balmaceda (Managua, 1979), poemario que no tiene, como propósito, la casi siempre mal entendida empresa de la experimentación formal, ni el vago apetito de novedad; más bien, resulta inevitable descifrar aproximaciones sorjuanescas condensadas en el ritmo poemático de los textos y unidas a la autonomía métrica del verso.
Sin tratarse del ejercicio fiel de alguna teoría redentora de género, “Piel de poesía” se acerca a referencias femeninas instaladas alrededor de un curioso narcisismo que, en términos líricos, trasciende la acostumbrada visión del cuerpo de la mujer como auto-objeto, proponiendo, en cambio, un razonamiento particular sobre la autodeterminación de ese posible “yo” femenino, o sea, un “yo” circunspecto que no se reduce a la celebración del cuerpo. En todo caso, hablamos de una conciencia y no de un deporte erótico.
Por eso mismo, acaso, en la poesía de Gema Santamaría los enlaces discursivos pueden ir más allá de lo concretamente “femenino” y más allá de cualquier subjetivismo extremado, para derivarse en argumentos metafísicos, incluso otras alternativas temáticas que confirman algo que Pablo Antonio Cuadra, al referirse a este libro, denominó “vocación de profundidad”.
Es notorio el minucioso recorrido efectuado delante de aquellas preocupaciones inherentes a la cuestión humana de la existencia, que, a lo largo del poemario, constituyen verdaderas constantes de fondo. Así, por ejemplo, aunque no a la manera surrealista, aparece entendida la escritura como gran instrumento deductivo del mundo, planteada entre la vigilia y el sueño, a lo que agregaríamos la duda obstinada de la razón y la certeza de la existencia que, por inaccesible, pasa a ser irreal.
Por último, se repite la noción existencialista del ser que marcha hacia su negación: el no-ser. La duda existencial, como constante, se plantea no sólo en la escritura, sino además en el anónimo espectador que cree percibir la deserción de la realidad material de las cosas, siendo él, con la muerte, quien se escapa en dirección a “lo que se expande en el ojo como cuerpo /lo que se hace silencio, y en el silencio, vacío… /la Nada”.
En general, es esa actitud nada instintiva la que sostiene la firmeza de estos poemas, por lo que es fácil, entonces, reconocer en Gema Santamaría una voz cuya voluntad poética por sí misma se define. 
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