Parroquiano enlutado
Juan Velásquez Molieri
“...Mas, por gracia de Dios, en mi conciencia el bien supo elegir la mejor parte...” Rubén Darío Cantos de Vida y Esperanza
Algunas tardes las dedico a sepultar gentes a quienes mi alma ha llevado en le recuerdo.
Son frecuentes entre septiembre y noviembre cuando las nubes son grises y se desploma agresiva la lluvia sobre la ciudad;
y en el mojado ocre pavimento brilla la luz de oro de los autos y se mezcla con el negro de la noche.
Cedo mis pañuelos blancos para secar llantos que no cesan y vuelven a mis bolsillos húmedos de lágrimas que no son todavía de los míos.
Visito, cumplido y fragante Los hospitales donde ella está.
La veo cuando pasa ágil y menesterosa socarrona ante el dolor ajeno,
disfrazada de verde musgo con su fondo negro y su letal movimiento de tarántula.
Veloz camina con sus zapatos blancos, lleva y trae fríos objetos de brillo cromado; agujas que penetran la inerte piel e inyectan la dosis de la vida que la Providencia concede.
Oculta su rostro, como ladrón en la noche sus manos de hule no dejan huellas. A mí no me ve, ni me toca.
Con frecuencia aspiro el fúnebre olor a formalina de las rosas que mustias aspiran el ambiente de las funerarias.
En los cementerios inhalo el perfume de los claveles. Un sonido húmedo irrumpe el polvoriento rito de los sepultureros.
La cóncava pala corta rasga y separa la mezcla de piedra cemento y tierra para asegurar el hermetismo de una nueva fosa que se cierra. Cuando penetra la materia, el golpe es como un cuchillo que divide y que otras manos volverán a unir.
Una lejana canción de amor se oye lejana en la tarde.
Cuando regreso a mi casa anonadado entro a mi habitación y evoco lejanos funerales de tantos amigos muertos.
No hay ninguna estrella.
Lentamente comienza la lluvia a refrescar otra tierra que me espera.
Septiembre 2, 2002. 
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