Meditación con el piano
Joaquín Absalón Pastora
Es insumergible y por eso singular, la cumbre donde están reunidas las virtudes de ser —a la vez— filósofo, político, docente y músico. Alejandro Serrano Caldera es todo eso. Como filósofo nos enorgullece tanto afuera como dentro del cielo natal.
Quisiera tocar una cadencia —imaginando las manos sobre el piano— sobre el músico que lleva y sostiene este polifacético nicaragüense. Su meditación me hace volver a la melodiosa prudencia del anacoreta, al Thais (1894) de Jules Massenet, o por qué no decirlo aguijoneado por las similitudes, a Ignacio Paderewski (1860-1941), el único músico quizás que ha llegado a ser Presidente de su país, de su Polonia en la primera mitad de un siglo que dio primacía a la cultura en contraste con las preferencias inmerecidamente asignadas a la mediocridad. Serrano fue candidato a la primera magistratura de la nación pero le ganó el discurso ordinario.
Escribo sobre el nocturno, el intermezzo, la barcarola y la serenata congregadas en un solo, suave y frugal álbum donde también hay lugar para la romanza, el “piccolo concierto”y los agitados caprichos españoles, fantasías, arabescos, panderetas y tarantelas a lo Rimski Korsakov.
Su intermezzo no es el interludio característico en las pausas de las óperas, es una pieza independiente con arraigo propio. Su nocturno es por mandato auditivo efectivamente la noche con sus estrellas, con el registro de sus parpadeos, es el enfoque instrumental bajo los techos espigados y el holgado metraje del salón de los abuelos donde lucíanse los pianos callados o en fervor melódico y purificador de las manos enjauladas del noviazgo cuando éste tenía como primer acto el testimonio del santo fogón de la casa.
Me pregunto —usando el derecho de especular— si en la barcarola no influyó el recetario antecesor de las voces cantando sobre las ondulaciones del agua con el sabor de las leyendas nativas. Los italianos fueron los trovadores de ellas pero este creador a quien oímos en la paz de los prados, tiene las suyas. Están representadas por notas esparcidas por la imaginación doctrinal de un hombre culto tocado por lo más noble que tenemos en la interpretación: La Camerata Bach.
La noche lo sigue como sombra iluminada por unos compases llenos de melodía bailable y accesible. La noche sobre el autor erguido filosofando sobre la orquesta blanca y negra del piano. ¿La serenata como el nocturno no son acaso de la parentela? La del docto inspirado no es plenamente vocal, es instrumental, es ligera, confirma pertenecer a la sangre festiva de los divertimientos que tan feliz hicieron la intensa e insuperable juventud de Mozart.
El estilo prevaleciente en su serenata recuerda en la dulce congoja al minué aromado por sus movimientos —y por sus vientos— en dos tiempos estratégicamente colocados dentro del todo de una reflexiva y deleitosa moderación que conduce en alguno de sus pasajes a la antigua danza francesa que puede pensarse dejándole a la cabeza su universo y a los pies la libertad de agitarse sobre la alfombra ensimismada. Meditar oyendo música, ese es uno de los ángulos —dentro de otros que le son propios— de Alejandro Serrano Caldera, un indiferente con las excentricidades de las tantas veces buscada modernidad. 
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