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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 30 DE NOVIEMBRE DE 2002
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Edición mexicana de Gordillo “Una perfecta desconocida”

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Bendita sea tu pureza. Talla en madera de 400 años de antigüedad. Pedro Vargas.

 

La escritora nicaragüense Mercedes Gordillo el próximo 6 de diciembre en la Feria del Libro Internacional de Guadalajara estará presentando su más reciente libro de cuentos; “Una perfecta desconocida”, editado bajo el sello editorial de la Universidad de Guadalajara. A continuación publicamos una de sus narraciones “Poeta”, perteneciente a su inmediata publicación.

Poeta

Desde su nacimiento los padres observaron en Delfina cierta tendencia a la rebeldía: lloraba horas seguidas. Cada comida se convertía en una verdadera batalla campal entre madre, hija y sirvientas. La pequeña tiraba al suelo cualquier alimento, sudaba copiosamente, vomitaba, surgían gritos, ruegos y amenazas. Doña Ester, la mamá, desistía y se marchaba refunfuñando:

—¡Nada le gusta, aunque le ofrezca pajaritos en el aire! —se quejaba ante don Santiago Ocampo Rivas, su esposo—. Le doy sustancia de hígado con puré de papas, sopita de pichón. Todo lo rechaza, solamente come tortillas de maíz —agregaba— impaciente.

Los hermanos mayores, Federico y César, mimaban a la niña, pero ella siempre prefirió a Federico. A pesar de sus continuas rabietas, Delfina tenía gestos y miradas dulces, especialmente cuando solicitaba su alimento favorito a las criadas. El resto del tiempo se entretenía jugando con un pollito de suaves plumas, traído especialmente de la hacienda de su padre. Con cariño alimentaba al polluelo hasta la saciedad, le daba a tomar agua limpia, mientras canturreaba canciones infantiles.

Aquel pollo se convirtió en su juguete favorito. Incluso abandonó las muñecas traídas de lejanos países. Reía feliz cuando vestía al animal con pequeños trajes y gorros; una vez lo perfumó con agua de colonia. Decidió ponerle el nombre de Poeta, después que oyó decir a Federico:

—Los Poetas son las mejores personas del mundo.

Poeta seguía a Delfina por toda la casa de cuatro corredores, patio central y un zaguán de entrada en el barrio San Sebastián. Como perrito faldero, el pollito se acurrucaba en el tibio regazo de la niña o se le subía al hombro, hurgaba con el pico en su cabeza; ella sonreía.

Al pasar el tiempo el pollo se transformó en gallo de amplias alas rojas y canto sonoro. Igual que su dueña, saltaba de la niñez a la adolescencia. Dormía en la habitación de Delfina aferrado a las barandas de su cama de bronce, bajo un mosquitero, protegidos ambos de zancudos, alacranes y murciélagos de vuelo ciego.

Delfina desarrolló carácter huraño, siempre silenciosa y lejana. Lucía flaca huesuda, de rostro anguloso pero agradable. Peinaba su cabello oscuro en gruesas trenzas. Sus grandes ojos negros miraban desdeñosamente. Las únicas demostraciones de ternura eran para el fiel gallo y como a escondidas. Desde pequeña, regresaba del Colegio de monjas a las cuatro de la tarde, Poeta salía cantando a recibirla: batía las alas, pasaba volando, raudo entre muebles y plantas del jardín, hasta llegar la puerta; subía a su hombro, la picoteaba suavemente, mientras ella lo miraba de reojo y lo dejaba hacer.

La joven nunca sintió atracción por bailes, ni siquiera iba al Parque Central los domingos a escuchar los conciertos de la banda municipal. Después de misa de once en la Iglesia San Sebastián volvía a su casa y almorzaba frugalmente; parecía picotear en vez de comer. Posteriormente tomaba una siesta acompañada de Poeta, mientras pasaba lentamente el sofocante calor del mediodía.

Hacia las cinco, cuando el sol empezaba a declinar, siguiendo la costumbre, solía sacar una silla mecedora a la acera para recibir la fresca brisa del Lago Xolotlán, cercano a su barrio al mismo tiempo que realizaba labores manuales, convertida en experta bordadora de bellos cojines, sábanas, sus propios camisones y ropa interior. Poeta aguardaba con paciencia saltando y cacareando a su alrededor, mientras Delfina terminaba sus actividades para retirarse a dormir temprano, a eso de las seis y media, después de comer elotes tiernos, recién cortados.

La muchacha no alteró sus hábitos después de la muerte de su padre a quien le guardó luto durante dos años, vestida de negro; tampoco cambió cuando un reumatismo severo y deformante atacó a la madre. Las dos mujeres se ignoraban mutuamente, distanciadas a pesar de vivir bajo el mismo techo.

La señorita Ocampo Rivas enviaba cartas a su hermano Federico quien estudiaba idiomas en París le informaba sobre gastos domésticos y la salud de la mamá; relataba emocionada las demostraciones cariñosas de Poeta. Hablaba de él como si se tratara de un miembro de la familia. Con César, su otro hermano interno en un seminario de España, nunca sostuvo correspondencia, no lograba olvidar sus burlas y risas en contra de Poeta.

Había quedado atrás la primera época juvenil cuando, a petición de su madre, Delfina permitió visitas de admiradores, pretendientes a novios o futuros esposos; no deseaba entablar más discusiones con doña Ester. Sentaba muy derecha en una silla del salón, los visitantes miraban sorprendidos a la extraña joven que permanecía imperturbable, con los ojos bajos y su gallo en un hombro. Uno a uno los jóvenes se fueron retirando al no obtener de ella ninguna conversación, ni siquiera una simple sonrisa. Además, algunas veces, Poeta descendía del hombro de su dueña y se zurraba en los zapatos de charol de los sorprendidos enamorados. Entonces Delfina soltaba la risa; el gallo cantaba fuertemente y sacaba el pecho con sus alas extendidas.

Días más tarde, Delfina sintió escalofríos seguidos por alta temperatura y dolor de espaldas; tosía con frecuencia, no podía dormir, daba vueltas, en la cama escuchaba despierta los cantos de Poeta; el de medianoche y la madrugada. Las sirvientas concluyeron que Delfina padecía de neurastenia. Recetaron tisanas y cocidos de hojas de romero; cáscara de limón con canela, pero nada la mejoraba. Informaron a la madre, quien no puso mucha atención al asunto. La misma Delfina decidió enviar un cablegrama urgente por la Tropical Radio a su hermano en París y llamó al médico de cabecera, el doctor Lucas. Después de un minucioso examen, el galeno se mostró reservado. Dijo que esperaría la llegada del hermano para dar su diagnóstico.

Finalmente arribó Federico a Managua procedente del Puerto de Corinto, en la Costa del Pacífico. El doctor conversó en privado con él y anunció fríamente:

—Delfina está tuberculosa.

Recomendó enviarla de inmediato al Sanatorio de Aranjuez, cercano a la ciudad de Matagalpa, al norte del país, donde se respiraba aire de altura, proveniente de bosques y pinares.

— Los pacientes —agregó— reciben buena alimentación, medicamentos. Es quizás la única esperanza de curación, afirmó el doctor.

Mientras Federico meditaba tristemente, se le ocurrió preguntarle:

—¿Y ella podrá llevar a su gallito?

— No creo —fue la respuesta médica— son animales que requieren cuidados especiales.

— Delfina fue informada por el hermano sobre su enfermedad y necesario viaje hacia Aranjuez. Federico había logrado comunicarse telefónicamente con el propio Sanatorio. A ella no pareció importarle y comentó con voz apagada:

— A lo mejor el cambio le gusta a Poeta.

— Federico prefirió decirle la verdad sobre el ave, anunciándole además, que partiría al siguiente día.

Llorando, Delfina rogaba desesperada que no la separaran del gallo, su Poeta. Sus lamentos se escucharon hasta medianoche.

La casa amaneció silenciosa, iluminada por un sol radiante que auguraba un buen día para el largo viaje a través de caminos polvosos. Delfina viajaría acostada en una carreta tirada por bueyes, lista desde temprano. Federico se dirigió a la habitación de su hermana para despertarla, llamó varias veces sin recibir respuesta. quizás duerme profundamente, pensó.

Abrió la puerta despacio, sin hacer ruido. Las zapatillas permanecían en su sitio: sobre la alfombra al pie de la cama. Se acercó un poco más y levantó el mosquitero, Delfina sonreía plácidamente con sus ojos entrecerrados, el cabello esparcido en la almohada. Federico tocó su cuerpo inmóvil, ya rígido, cubierto por las plumas tornasol de Poeta de quien nunca tuvieron más noticias.

Enero, 1966  
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Edición mexicana de Gordillo “Una perfecta desconocida”


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