Apertura del camino del tránsito entre San Juan del Sur y La Virgen en 1851
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 | Carta Mary Childs al capitán Cornelius Vanderbilt, traducción libre de Alejandro Bolaños Geyer, texto reproducido a propósito del 150 aniversario de ser declarada ciudad San Juan del Sur y éste año ciudad turística |
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Nicaragua. Se completa la ruta del tránsito vía Nicaragua. Descripción de la región, el paisaje, etc.
Recientemente, el capitán Vanderbilt recibió la siguiente carta de la señora Childs, esposa del ingeniero O. W. Childs de la Compañía Americana de Vapores del Canal Atlántico y Pacífico:
Rivas de Nicaragua, 8 de marzo de 1851.
Capitán Cornelius Vanderbilt, presidente de la Compañía Americana de Vapores del Canal Atlántico y Pacífico.
Señor:
Del tono general de parte de la conversación que sostuvimos durante la rápida pero muy agradable entrevista con usted cuando tuvo la gentileza de visitarnos en nuestra casa de esta ciudad, durante su reciente gira examinando los trabajos de las importantes empresas que ha emprendido su Compañía, me quedó fija la idea de que a usted le agradaría recibir el anuncio al completarse la construcción del nuevo camino del tránsito para carga y pasajeros a lomo de mula, entre La Virgen, en la costa del Gran Lago de Nicaragua, y San Juan del Sur, en el Pacífico. Con esto en mente, en vista de que mi marido y los otros miembros del cuerpo de ingenieros siguen atareados en el estudio de las rutas entre el lago y el Pacífico para vuestro canal interoceánico, con su consentimiento me he arrogado la muy agradable tarea de comunicarle a usted que se ha completado la construcción de vuestro camino arriba mencionado. Debo agregar que acompañé a mi esposo en su gira de inspección con el señor H. Wonergar, digno superintendente de la construcción del camino, y con nuestro estimado y experto médico, doctor W. J. Lovejoy, en una cabalgata, para mí la más agradable que he gozado en este país, en todo su trayecto, que según me informa mi marido mide doce millas. Salimos de la casa Cebadilla (en medio camino) a las ocho de la mañana, en nuestras mulas bien amaestradas, visitamos la linda bahía de San Juan del Sur, y después de un rato en que adquirimos algunas curiosidades del lugar, y al regreso admiramos las bellezas del paisaje en diversos puntos del camino, regresamos a la hacienda de la Cebadilla a las dos de la tarde. Allí descansamos un par de horas antes de proseguir hacia La Virgen, un puertecito de lo más interesante en la costa del lago. Enseguida, de La Virgen regresamos a Rivas, ocho millas de distancia. Llegamos al atardecer, y por lo menos de mi parte, ampliamente compensadas las fatigas incidentes a las veintiséis millas que cabalgamos ese día.
Las muy superiores ventajas que se realizarán con la mejora y el uso de esta línea sobre las otras hoy en uso para cruzar el istmo, serán alabadas con alegría por los numerosos viajeros que hoy, y probablemente en todo el porvenir, continuarán cruzando de mar a mar en números cada vez mayores. Cuando los vapores de vuestra Compañía comiencen a surcar las aguas del majestuoso Río San Juan y del Gran Lago de Nicaragua hasta La Virgen, lo que haría en pocas semanas, como deduzco de vuestros comentarios cuando usted estuvo aquí, y los carruajes crucen las doce millas del camino con rapidez y comodidad, el tránsito del Atlántico al Pacífico y viceversa se realizará en unas veinte horas, y el viajero que tenga los medios y se interese, podrá gozar admirando paisajes, durante la mayor parte del año, sin igual en ningún trayecto de esa longitud en vuestro propio país.
No necesito hablar de los objetos de interés en los rápidos del Castillo Viejo, de Machuca y otros en el Río San Juan, ya que usted cruzó dos veces en toda su longitud ese noble río y sin duda los aprecia. De La Virgen —una bella y pequeña ‘indentación’ en la costa oeste del lago en la que nuestro honorable anfitrión Capitán Cauty ya ha comenzado a construir una amplia posada en un sitio bien seleccionado, con vista admirable del lago, las islas, etc. La vía pasa por campos de antaño cultivados por los españoles, planos y parejos salvo las numerosas y pequeñas elevaciones cónicas cuyas bases proveen una tierra más dura y seca para recubrir la superficie del camino; una distancia de 6 1/2 millas hasta el Platanar, riachuelo perenne de aguas cristalinas que nace en una quebrada (que el camino cruza) cerca de la cima de la cordillera que divide las aguas que van a ambos mares. Tras cruzar por primera vez el Platanar, el camino sigue por la hondonada principal en que fluye el riachuelo; ahora curveando suavemente alrededor de un espolón de la colina, luego dibujando un semicírculo alrededor de un corto pero profundo barranco y siguiendo al lado opuesto para dibujar otro segmento del círculo alrededor de sucesivos espolones, continuando así su trayecto bordeando una serie de espolones y cortos pero hondos barrancos que conecta casi en ángulo recto con la hondonada principal —en que fluye el Platanar, en muchos sitios debajo y lejos del viajero, en su sinuoso curso y con turbulentos saltos— el camino, en moderado y casi uniforme ascenso, llega a la cima a 1 1/2 millas después de haber cruzado por primera vez el Platanar. Desde esta altura se aprecia de lleno la grandeza selvática del paisaje por donde se acaba de transitar; y en la apertura formada por la quebrada, la mirada domina la pintoresca llanura que se extiende hasta el lago; y la bella Isla de Ometepe, de unas quince millas de longitud, con su pareja de bien formados como volcánicos (uno en cada punta, se dice de unos 3,000 a 4,000 pies de altura), uno de ellos aparentemente con vértice perfecto, casi constantemente cubierto de nubes, asumiendo ahora la forma de un sombrero chino, enseguida de un turbán turco, de un paraguas o de formas peculiarmente fantásticas, y con sus agrietado semidesnudos costados dando la impresión de que la lava de su cráter apenas ayer dejó de correr —junto con la ancha superficie de las límpidas aguas del lago, y las silvestres ondulaciones simétricas de la costa al otro lado, un paisaje de belleza insuperable— se ven en la distancia desde esta altura. Y ahora, Señor, aunque no sea interesante para usted, debido a mi imperfecta descripción del panorama que se ve en este punto, arriesgo poco en decirle que todo viajero inteligente cuyo celo y prisa para agarrar su cuota de los tesoros de California no sean tan grandes que se lo impidan, se detendrá un rato en este encantador lugar.
De esta cumbre desciende al fértil suelo arcilloso en el valle del riachuelo San Juan, a tres cuartos de milla de distancia. El camino sigue una inclinación moderada bajando la ladera de las lomas que bordean la honda hondonada en que fluye el arroyo Chorrera, también pequeño y perenne, con una caída perpendicular de 25 a 30 pies, a plena vista del viajero. Los barrancos principales a ambos lados de la cima bajan mucho más rápido que el camino, dejando a éste bastante arriba en las laderas de colinas de formación muy irregular, que se extienden mucho más alto aún, lo que da majestuosidad y grandiosidad a tan atractivo paisaje. Al llegar a la planicie, el camino se extiende en casi línea recta por un lindo bosque sobre un suelo arenoso, aunque ahora ya están rápidamente cortando los árboles, por 3 1/2 de millas hasta el puerto de San Juan del Sur. La superficie de esta bahía en forma de herradura, durante mi estadía allí, aunque con fuertes vientos, era lo suficientemente calma para permitir que la más pequeña canoa navegara sin ningún problema; y, según parece, esta plácida extensión de agua tiene suficiente profundidad para que los vapores marítimos se acerquen a unas sesenta yardas de la costa sin necesitar muelle. Se me olvidaba mencionar que la superficie del camino, en un promedio de 5 1/2 a 6 yardas de ancho, es lo que los nativos llaman barrida; esto lo hacen con machetes, con los que cortan la maleza, dejando al camino tan libre de varejones, hojarasca, etc., como las superficies de nuestros caminos entablados norteños. Para mí, esto aumentó el placer de la cabalgata. Y de no ser por los pocos árboles corpulentos y ocasionalmente unos cuantos más pequeños dentro de los límites de la barrida; así como la necesidad de puentes en el Platanar y en otro par de riachuelos pequeños, hoy secos, o reducir la inclinación de sus márgenes, para facilitar la subida y bajada al cruzarlos; aumentar el ancho del camino para mulas sobre la cima de la loma, y bajar todo el ancho del camino unos cuantos pies en dos o tres lugares, para disminuir un poco la inclinación —carruajes podrían hoy fácilmente transitar con toda su carga toda la vía. Se me dice que todo esto se hará pronto.
Aunque sólo había una embarcación, un bergantín, anclado en la bahía, y aunque apenas se acaba de completar la apertura del camino, ya hay, desde el inicio, una fuerte contienda por los mejores lotes de terreno en el puerto; y ya ha comenzado el despale en el valle, a unas dos o tres millas de distancia, la construcción de ladrillos, tejas, etc.; y ya progresan otros preparativos para construir casas adicionales en que acomodar a los pasajeros.
El viaje de La Virgen a esta población española, ocho millas de distancia, sobre un buen camino, en parte bordeando la costa y a la vista del lago, y atravesando cacaotales, platanares, etc., remuneraría ricamente al viajero unos pocos días de ocio. Ya esta misiva la he extendido más de lo que intentaba, y probablemente más de lo que le interesa a usted. Respecto al establecimiento de su nueva línea de tránsito, sólo deseo que tan grande beneficio al público tenga de inmediato el mayor éxito. Respetuosamente, etc.
MARY G. CHILDS. The New York Herald, Edición Matutina – jueves 17 de abril de 1851, página 3, columna 1. 
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