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SáBADO 31 DE AGOSTO DEL 2002 / EDICION No. 22837 / ACTUALIZADA 02:00 am
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Cumbre de la Tierra, y del desacuerdo

En la ciudad sudafricana de Johannesburgo se está celebrando la llamada Cumbre Mundial para el Desarrollo Sostenible. Esa conferencia, que empezó el lunes pasado y que concluirá el miércoles de la próxima semana, ocurre 10 años después de que en Río de Janeiro, Brasil, se celebrara la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Ambiente y el Desarrollo, mejor conocida como Cumbre de la Tierra.

En aquella oportunidad asistieron 30,000 participantes de 172 países, incluyendo 108 jefes de estado o de gobierno. Esa conferencia, que abrió grandes expectativas para los países pobres, enfatizó la relación que existe entre la preservación del ambiente y el desarrollo económico, y, pretendiendo superar las nociones tradicionales de desarrollo, tomó resoluciones para promover el llamado “desarrollo sostenible”, comúnmente definido como el desarrollo que permite llenar las necesidades del momento sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones de satisfacer sus necesidades.

Río de Janeiro produjo tratados muy ambiciosos, como la Agenda 21, la Convención sobre Cambio Climático y la Convención sobre Diversidad Biológica, una serie de principios no obligatorios sobre bosques, y la Declaración de Río sobre Ambiente y Desarrollo.

Diez años más tarde, en Johannesburgo, a pesar de que se espera que asistan 50,000 personas —un 66 por ciento más que en la cumbre anterior— el ambiente no es tan optimista ni expectante. El presidente de los Estados Unidos, George Bush —a diferencia de su padre que cuando era presidente de ese país sí asistió a la Cumbre de la Tierra en Brasil— es el gran ausente entre los jefes de estado. No se esperan grandes resoluciones. Es más; una revisión de los acuerdos de Río de Janeiro revela que su cumplimiento ha sido muy limitado. Una reunión preparatoria a esta cumbre de Johannesburgo que las Naciones Unidas organizó hace poco en Bali, parece que sentó el tono de lo que ella sería. Mucha discusión y casi ningún consenso. “En los asuntos principales —dijo uno de los asistentes— los participantes, en su mayor parte, fueron sólo capaces de acordar poder estar en desacuerdo”.

El problema es que muchos no acaban de percatarse que en esas cumbres pareciera que se busca algo así como cuadrar el círculo, porque se pretende que algunas naciones —especialmente las más ricas— sacrifiquen su estándar de vida presente en procura de un supuesto bienestar global vagamente indefinido. El mismo participante a la reunión preparatoria de Bali que citamos antes pone muy en claro esa quimérica pretensión cuando con un alto grado de frustración dice que “hubo muy poco sentido de querer transigir... de sacrificar los intereses económicos domésticos por la causa de un objetivo global de justicia y equidad”.

Y, como era de esperarse, se pretende pintar a Estados Unidos como el gran villano. Ayer mismo la Unión Europea retiró temporalmente a su delegación, acusando al país norteamericano de querer “mantener el statu quo”.

Es significativo que la presente cumbre se está celebrando en un país que tiene grandes contrastes sociales, y que mientras algunos intentan presentarlo como un ejemplo de éxito de las políticas de apertura comercial y del sistema de libre mercado, hay otros que pretenden usar esas mismas diferencias y la pobreza que aún persiste, para demostrar que los culpables del deterioro del medio ambiente y de la falta de desarrollo en ese país y en el resto del mundo son las transnacionales y el sector privado.

No es posible todavía conocer con precisión cuál será el resultado concreto de la Cumbre de Johannesburgo, pero no es del todo aventurado anticipar que lo más que se logrará será la firma de algún documento repleto de buenas intenciones y de frases altisonantes. Pero después de eso, los miles de asistentes, incluyendo a la delegación nicaragüense que preside el vicepresidente José Rizo Castellón, regresarán a sus respectivos países a enfrentar la dura realidad de los mismos.

Quizás algún día se llegue a entender que el desarrollo dirigido globalmente es una ilusión, y que sólo en un estado de derecho, en el que se deje que los ciudadanos busquen sus propios intereses, es que se puede avanzar hacia esos estados de desarrollo superior que todos deseamos para cada uno de nosotros.  
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