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VIERNES 30 DE AGOSTO DEL 2002 / EDICION No. 22836 / ACTUALIZADA 02:00 am
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Temer sólo al temor

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Julio Ignacio Cardoze

La concepción que un presidente tiene de su cargo y de sí mismo, influye definitivamente sobre su efectividad en la presidencia, con independencia de sus ideologías políticas.

T. Roosevelt opinó que “un presidente no solamente tiene el derecho, sino el deber, de hacer lo que exijan las necesidades por el bien de la nación, a menos que la acción esté prohibida por la Constitución”.

El concepto moderno de la presidencia, lo resumió Harry S. Truman, en un discurso que pronunció en el año 1954 en New York, con motivo de su cumpleaños.

Según Truman, un espíritu sagaz como el de John Adams, sostuvo la idea firme que la mejor defensa contra los poderes ilimitados, en el concepto americano liberal de la división de poderes —checks and balances— residía en un Ejecutivo asegurado contra la intromisión de la Asamblea Nacional, y otro pensador como Alexis de Tocqueville, creía que el cargo de presidente no debería ser demasiado débil, ni estar a merced del Congreso, por lo que Tocqueville aseguró que ningún hombre, capaz y consciente de tener liderazgo, aceptaría un cargo de presidente débil.

Según Truman el presidente también es un líder político de la nación, y el único “Lobbyist” del pueblo para velar por sus intereses, por lo que éste confía en él, más allá de los límites de cualquier documento escrito, y da al presidente la responsabilidad de considerar todas las cuestiones desde el punto de vista del interés nacional, y que ese poder de representación que el pueblo legitima con sus votos, no está escrito en ningún lugar, y tampoco se puede transmitir a ningún sucesor, y existe solamente para quien lo entienda así, lo asuma y lo utilice en el ejercicio de sus funciones.

Dice Truman, que por el uso de esos poderes legítimos que da el pueblo al presidente electo, surge un liderazgo, que moldea los acontecimientos, y le da a cada administración su carácter particular, y que por la forma como se usen, puede resultar, en el caso americano, una administración buena, como la de Jefferson o Lincoln, o controversial, como la de Buchanan o Grant, y en el caso nicaragüense podríamos decir nosotros, una administración bien definida, como la de Arnoldo Alemán, de súper corrupta, o la de Bolaños, que pasará a la historia, como de anticorrupción.

Asegura Truman que, una buena administración presidencial, supone una conducción fuerte, y que una jefatura débil, incierta e insegura de lo que hace, conduce al fracaso y al desastre, ya que entre las grandes responsabilidades de un presidente, está la conducción e inspiración de la opinión pública, y sus palabras tienen mucho peso ante la ciudadanía, recordando las palabras de F. D. Roosevelt quien dijo: “De lo único que debemos temer, es del temor mismo”, pero afirmando Truman al mismo tiempo, que esas palabras no hubieran tenido ningún significado, si Roosevelt no hubiera tomado iniciativas y acciones, valientes y vigorosas, atacando las crisis que se le presentaron en todos sus frentes durante su administración, aún con la oposición del mismo Congreso americano, teniendo que recurrir a veces en apoyo a sus iniciativas, directamente a la nación, como después también lo hizo el presidente Reagan.

Sin duda alguna nuestro presidente Enrique Bolaños, con sus acciones contra la corrupción, y los corruptos —como dijo el prestigioso economista Roberto Incer B. rompió el ciclo de alternabilidad de la corrupción—, y está asumiendo su responsabilidad presidencial al máximo, e interpretando fielmente los deseos del pueblo que lo eligió, y tomando una acción vigorosa y valiente, frente a la mayor crisis del Estado nicaragüense: la corrupción.

El autor es jurista.  
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