Cuidado con el neopopulismo
Jorge Salaverry jorgesal@cablenet.com.ni
Es sin duda muy difícil encontrar a una sola persona que manifieste estar a favor de la corrupción. Lo contrario también es cierto: resulta fácil encontrar a mucha gente que asegure estar contra ella. En donde puede haber diversidad de opiniones es en lo que se tiene que hacer para combatir esa lacra. Los estatistas —o amantes del Estado— creen tener bien identificada la fuente de la corrupción. Para ellos ésta no es más que el “neoliberalismo”, o “el sistema”, y proponen que la solución tiene que ser, por lo tanto, un cambio de sistema.
Recuerdo hace unos meses haber visto una manta en el edificio del viejo Banco de América que está frente a la Asamblea Nacional. La manta, que había sido puesta ahí por el Frente Nacional de los Trabajadores (FNT) decía: “Marchemos contra la corrupción y el neoliberalismo”. Es obvio que para ellos no puede haber un combate real contra la corrupción si no se eliminan al mismo tiempo “las causas del origen de la corrupción”; léase, el sistema neoliberal.
Por eso es que la marcha convocada por el Frente Sandinista para de mañana no es únicamente para presionar la desaforación del diputado Arnoldo Alemán como actor y símbolo de la corrupción, sino también para manifestarse en contra del “sistema”. Uno de los dirigentes del FNT decía recientemente en un diario local: “Tenemos la lucha contra la corrupción como fenómeno, contra los corruptos como actores; y lucha contra el sistema que engendra y permite que se den ambas cosas.”
El sistema que peyorativamente ellos llaman neoliberal, no es más que el sistema de libre mercado o capitalista. Y es el único sistema en el mundo que ha sido capaz de crear riqueza de manera sostenida. Sin embargo, los estatistas irredentos lo detestan, porque la estrella de ese sistema es el individuo y no el Estado, y porque propone, además, que el Estado no debe ser proveedor de servicios públicos, como son el transporte colectivo, la energía, el agua, las comunicaciones, etc.
Pero para los amantes del Estado eso es una aberración, y se oponen, en consecuencia, a que se privaticen los servicios públicos. Ellos parecen estar convencidos, por lo visto, de que cuando las empresas que los proveen están en manos del Estado, los usuarios actuales y futuros están supuestos a recibir siempre un mejor servicio. Convenientemente se les olvida que la historia de toda América Latina nos enseña que eso no es cierto, y que, precisamente, por ser altamente deficientes, fue que se privatizaron muchas de ellas.
Pero se les olvida también lo más importante: que esas empresas estatales —inevitablemente controladas por políticos y sindicalistas— suelen ser una fuente inagotable de corrupción —de esa misma corrupción que ellos dicen querer combatir— y que sirven además como dispensadoras de privilegios y para encubrir el desempleo.
Nadie cuestiona el hecho de que muchas de las privatizaciones que se han dado en América Latina han dejado mucho que desear en términos de transparencia, y que a veces no se han abierto a la competencia, pero, a pesar de eso, no puede negarse que se ha mejorado la calidad de los servicios en el mediano plazo, y aún en el corto plazo en ciertos casos.
Pero, por desgracia, en toda la región —y Nicaragua no es la excepción— está renaciendo una ola populista sobre la que están montados confortablemente un buen número de políticos, sindicalistas, y muchos de los autonombrados “líderes de la sociedad civil” y “defensores de los consumidores”. Todos ellos han tomado a la Argentina como el símbolo por excelencia de lo que llaman el “fracaso del neoliberalismo”, sin que se les ocurra ni por un momento pensar que los verdaderos responsables del descalabro de ese pobre país suramericano son los políticos, que, alegre e irresponsablemente, gastaron a lo descosido y que lo endeudaron a niveles intolerables.
Desgraciadamente, el populismo en Nicaragua va en aumento, y está siendo practicado en la Asamblea Nacional no sólo por los sandinistas, sino también por los mismos liberales. Eso se puede apreciar en dos leyes que ambas bancadas aprobaron recientemente: la Ley de Reforma Tributaria, y la Ley de Suspensión de Concesiones de Uso de Aguas.
El momento difícil que vive el país no debe hacernos perder el norte e impulsarnos a caer en trasnochados populismos que, además de ser incapaces de mejorar las condiciones de vida de la población, son engendradores natos de corrupción.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More. 
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