Los kilowatts de Lucrecia
Arquímedes González arquimedes.gonzalez@laprensa.com.ni
Así que por fin me tocó enfrentarme contra la maquinaria institucional de la electricidad.
Al entrar a la “central” de la nueva, ágil, moderna y atentísima Unión Fenosa, no pude más que suspirar porque ya sabía lo que me esperaba. Con el numerito del 70, estuve yendo de un lado a otro esperando a que llamaran. Después de 15 minutos, supe que estaban con el 45 y no tuve más que esperar.
Nosotros, ahora esclavos de la electricidad, de ese ser inmaterial e invertebrado que nos chupa cada día más los bolsillos. Humanos que vivimos a merced de su existencia.
Y así viendo el bendito reloj, recorriendo las caras de enfado, aburrimiento e imposibilidad, van pasando los minutos mientras calculo que en una hora de espera pude llegar en avión a El Salvador o Panamá o tal vez caminar cinco kilómetros o preparar la cena, porque no crean, puedo preparar unos espaguetis de yerbabuena con carne deliciosos y también un mole poblano y ensalada de espinacas con brócoli, apio y tomate revuelto con mayonesa pero ya sintiendo el olor a cocinado, llega el susurro de la voz de una mujer que me pregunta sobre esta pesadilla de esperar a que nos atiendan.
Es una mujer delgada y cabellera larga hasta la cintura con pecas y ojos negros. En el recibo está su nombre: Lucrecia. Sus manos delicadas, acarician dos facturas muy bien preservadas y sin más a como todos los nicas, comienza a contar su pena.
Lleva ya varios años que paga menos de 25 córdobas pero para su sorpresa, en el último, le llegó de 45. No lo puede creer. Y yo tampoco. ¡Venir a reclamar veinte córdobas!
Y me explica que le están sumando diez kilowatts y que si hoy lo deja pasar, mañana serán otros diez y con el niño y sola, no se puede tener más gastos. Que con veinte córdobas puede tener dos tortillas los siete días de semana, o tal vez dos litros de leche o comprar tomates, chiltoma y huevos para hacer unos “huevos a la ranchera”.
Y mientras conversamos, un señor se altera, ¡ya decía yo! Si llevamos más de una hora esperando. El hombre reta, vocifera, que ya lo pagó. “¿¡No me cree!?”, riposta a la empleada de la institución y le deja ir palabra tras palabra como si fuera la descarga de una ametralladora. Al final, otra empleada se lo lleva todavía protestando hacia una oficina desde donde también llegan sus gritos asegurando que ha pagado los dos mil kilowatts y que no le suspendan el servicio.
La tensión sube y todos estamos a la expectativa. Después de denunciar los reclamos de favoritismo, otra mujer se queja de estar enferma y desempleada y la mujer a mi lado y yo nos vemos con la complicidad de dos almas en calma.
Por fin llega mi turno y le regalo una sonrisa a Lucrecia rezando que le quiten esos kilowatts que no la dejan dormir. 
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