“Lo saqueó todo, al país lo dejó en quiebra”…
Antonio Lacayo alo@tmx.com.ni
Esto fue lo que dijo el presidente Bolaños el pasado 2 de julio hablando del ex presidente Arnoldo Alemán. Cuando se habla de saqueos lo que siempre viene a mi mente son figuras sin rostros. Los que saquearon el centro de Managua en el terremoto del 72, y las tiendas y almacenes en los días de la insurrección final del 79, fueron gente que nadie pudo precisar. Ahora, por primera vez, alguien identifica con meridiana claridad al saqueador, y lo acusa públicamente.
En toda mi vida nunca había escuchado a un político decir algo tan fuerte de otro político. Saquear es sinónimo de robar, arrasar, rapiñar, asaltar, desvalijar, atracar, entre otros. Esta acusación, sin embargo, adquiere aún más fuerza cuando el que la hace es nada menos que el propio Presidente de la República, la persona recién electa por el voto mayoritario de los nicaragüenses, que además viene del mismo partido político y del mismo gobierno de Alemán. No es el típico insulto de un político a otro de partido contrario. Viene de la misma familia.
Y más grave aún es que lo saqueado no es una venta en la esquina, ni siquiera una tienda de las grandes, sino el país entero. “Lo saqueó todo, al país lo dejó en quiebra”. Alemán, según el presidente Bolaños, saqueó a Nicaragua, nos asaltó a todos los ciudadanos que componemos esta noble nación. Y la dejó quebrada. Por eso posiblemente sentimos que el país no arranca, que nos hemos estancado.
Pero una acusación así no puede quedar en el aire. No fue un niño de colegio acusando a otro de una exageración infantil. Don Enrique es la persona más importante en la vida política del país hoy día. Y Alemán es también importante, tanto por su actual cargo en la Asamblea Nacional como por haber concluido hace apenas siete meses su propio período presidencial.
En momentos en que miles de nicaragüenses sufren las consecuencias de una economía que no crecerá este año, de una situación cafetalera que no recibe del Estado el apoyo que en otros países se ha dado, de tarifas más altas de energía, de escasez de medicamentos y de falta de empleos a todo nivel, síntomas todos de una profunda recesión, una acusación así sólo puede terminar en una de dos: O dándole la razón al presidente Bolaños y haciendo caer el peso de la ley con todo su rigor al saqueador nacional por tan horroroso delito, o limpiando la honra hoy fuertemente cuestionada del ex presidente Alemán obligando al primero a retractarse públicamente y a buscar las causas del estancamiento dentro sus propias filas.
Este país no puede avanzar sin resolver esta profunda disyuntiva. En verdad no existe otra salida. Y no hay tiempo que perder. Si estamos dispuestos a seguir como si nada hubiese pasado, sería reflejo claro de que ya nada nos importa, y las consecuencias mejor ni imaginarlas.
La nación no puede reclamar normalidad mientras las dos personas más importantes en la vida política, obligados constitucionalmente a trabajar y coordinarse “armónicamente”, mantengan sus espadas desenvainadas en señal de duelo a vida o muerte. En su mensaje a la nación el día 10 de julio don Enrique demandó de Alemán “sujetarse a la ley y esclarecer la sarta de presunciones en su contra”, y Alemán le contestó al día siguiente con otra sarta de mensajes poco constructivos rodeado de convencionales del partido gobernante.
Los actores principales en este drama somos tres: El acusador, el acusado y todos nosotros. Don Enrique tiene la obligación, a mi modo de ver, de documentar perfectamente bien su gravísima acusación, formalizarla, y hacer que la Procuraduría General de Justicia impulse ya los procesos penales ante los tribunales competentes en contra de Alemán.
Esto no puede quedar en palabras, como los asuntos de lo niños en los colegios. Lo saqueado no es una propiedad particular de don Enrique, es Nicaragua misma según él dijo, y entre sus obligaciones constitucionales está la de “representar a la nación”. Le toca acudir ante la justicia a defender a su representada. No basta decírselo a los periodistas.
Alemán, a su vez, tiene la obligación de enfrentar con valentía dichas acusaciones en los tribunales de justicia y demostrar su inocencia, en caso sea éste el caso. Limitarse a contestar con otras palabras, aunque sean más fuertes, no es serio ni aceptable. Le han dicho saqueador, quebrador de la nación, y se lo ha dicho el Presidente de la República. Semejante acusación no puede quedar en el ámbito de la diatriba política. Por otra parte, escudarse en una cómoda inmunidad que nunca se decretó para cubrir hechos delictivos cometidos en carácter personal, como defraudar y saquear al Estado, tampoco sería correcto ni suficiente.
Todos nosotros, por nuestra parte, debemos presionar con toda la fuerza que podamos, dentro del marco constitucional, para que esta situación se aclare cuanto antes. Mal caminará el país mientras la acusación hecha por el Presidente no se compruebe o se derrote en los tribunales de justicia. No hay otro lugar para hacerlo.
Poco debe importar si somos de un partido u otro, más amigos de Bolaños o de Alemán o de ninguno, de una clase social u otra, de esta religión o de aquella. Todos somos nicaragüenses, y todos somos afectados, si no hoy, mañana.
El autor es ex ministro de la Presidencia. 
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