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LUNES 5 DE AGOSTO DEL 2002 / EDICION No. 22811 / ACTUALIZADA 12:00 am
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¿Y después de Alemán qué?

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Jorge Salaverry
jorgesal@cablenet.com.ni

Todo parece indicar que los días de Arnoldo Alemán en la Asamblea Nacional están contados, aunque, a decir verdad, le hago honor a mi segundo nombre y termino diciendo: hasta no ver no creer. Sí, acertó; mi segundo nombre es Tomás.

Pero soy, sin duda alguna, uno de los miles de nicaragüenses que ansiamos ver a Alemán fuera del Parlamento para que responda a los diversos cargos por corrupción que se le imputan. Y tendrá que hacerlo, aunque no lo quiera, ante el defectuoso sistema judicial que él mismo, por el pacto que hizo con Daniel Ortega, contribuyó a prostituir. Soy también uno de los tantos miles que nos sentimos ofendidos y traicionados por él, porque ignoró el mandato que le dimos en 1996 de servirle a la nación, y pensó, por lo visto, que quienes lo llevamos al poder lo hicimos para que se autosirvieran él y sus amigotes. Siento pena por Arnoldo —lo digo con franqueza—, porque el poder y el amor a la riqueza fácil lo deslumbraron y lo hicieron tirar por la borda una honrosa oportunidad de pasar a la historia como un gran presidente liberal.

Recuerdo que durante las fiestas agostinas de 1996, cuando ya se veía claro que él sería el próximo presidente de Nicaragua, me encontré con un amigo que teníamos en común. Éste me contó que antes de las elecciones de 1990 le había sugerido que buscara una diputación a través del PLC. Dice que Alemán le contestó: “No, no me interesa, porque primero voy a ser concejal, después alcalde, y después presidente”. Como político, tenía todo el derecho del mundo de aspirar a la más alta magistratura de la nación. Actuó con inteligencia y lo logró. Pero cuando me enteré de que durante la convención del PLC del año 2001, siendo presidente de la nación había dicho que el próximo año iba a ser presidente de la Asamblea Nacional, y que después sería otra vez Presidente de la República en el 2006, ya no hablaba un hombre inteligente, sino un pobre y vulgar súper ambicioso con irrefrenables aspiraciones dictatoriales. Se enredó.

Pero bien, asumamos que Alemán quede pronto fuera de la Asamblea Nacional. (No olvidemos que para desaforarlo son necesarios los 38 votos sandinistas, salvo que la bancada liberal decidiera por sí sola hacer ese trabajo, lo cual es altamente improbable —por no decir metafísicamente imposible. Además, sigo creyendo que a Ortega le conviene que Alemán continúe como presidente del Parlamento; pero bueno...). ¿Qué pasará en la Asamblea Nacional? ¿Entenderán finalmente los diputados liberales que deben apoyar al presidente Enrique Bolaños, o persistirán en una estúpida oposición que no hace más que perjudicar la gestión de gobierno, y, por ende, las posibilidades de que el PLC conserve el poder en el 2006?

Y más importante aún, ¿cómo se comportará el sandinismo? ¿Tratará de desestabilizar al gobierno para hacerse del poder a mediano plazo, o para, al menos, extraerle algunas concesiones? Me he encontrado con alguna gente preocupada, a la que la situación actual le hace recordar el final de los años setenta, cuando algunos muy tontamente decían que “mejor que Somoza cualquier cosa”. Y vimos que eso no era cierto. Pero, aunque está claro que la situación actual es muy diferente a la de 1979, nunca está de más abrir muy bien los ojos. Recordemos que don Enrique sufrió en carne propia el sistema que se impuso en Nicaragua a la caída de la dictadura somocista, y podemos estar seguros de que jamás daría un paso que pudiera significar el retorno del sandinismo al poder (sí, del mismo sandinismo que este 19 de julio se deshizo en alabanzas a Gaddafi y a Castro). Es por eso que insisto en que la base natural de apoyo del presidente Bolaños debe ser el Partido Liberal Constitucionalista y su bancada, pero sólo la desaforación de Alemán puede darle viabilidad a ese apoyo.

La tarea que tiene el presidente Bolaños por delante no es fácil. Se trata, al final de cuentas, de construir la institucionalidad del país para que Nicaragua deje de ser feudo de vulgares dictadorzuelos y se convierta en un país digno, próspero y moderno. La salida de Alemán es sólo parte del trabajo que tiene que hacerse, pero es, además, un inevitable primer paso que, de no darse, imposibilita todo el resto. Debemos, por lo tanto, confiar en el presidente Bolaños y respaldarlo en el cumplimiento de las tareas que se ha impuesto.

El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.  
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