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VIERNES 26 DE ABRIL DEL 2002 / EDICION No. 22710 / ACTUALIZADA 02:00 am
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Los motivos de Beatriz

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Arquímedes González
arquimedes.gonzalez@laprensa.com.ni

Acompañame Beatriz a esta travesía de la que no podré llegar sin tus fuerzas porque cuando no estás conmigo, la nostalgia y el recuerdo entran pateando las puertas.

Te diré o más bien rogaré, que es por la grandeza de nuestros padecimientos o por la inmortalidad de las creaciones, por el Sol, por la Luna, por lo que más querrás, pero no me abandonés en el viaje del que no sé si volveré porque entraré a lo más profundo, a lo más oscuro, a lo más terrible, donde la alegría es llanto continuo y las risas, eternos gritos de desesperación.

Apúrate que la barca nos espera y luchemos contra ese gusano que horada el mundo. Vos con tus tres ojos, del pasado el presente y el futuro, que todo lo ves y todo lo sabés. Ven conmigo de mi mano y no tengás miedo porque en él solamente habita la soledad y no estamos solos.

Cuando pienso en vos, Beatriz, no estoy solo porque sos la fe y cuando pensás en mí, ahí estoy impaciente, callado, esperando a encontrarte con esa adoración idolátrica para que juntos subamos la loma y luego bajemos hasta llegar a la barca que nos conducirá donde todos van pero nadie vuelve.

Nos tomará diez días. Tal vez siete. No lo sé, pero no dudés como lo hicieron los ángeles indiferentes que hoy y para siempre permanecen entre la vida y la muerte y que ya perdieron la esperanza de morir.

Ven conmigo a esa selva, pasemos más allá, sí, de mi mano, no importa que no podás ver porque te guiaré. Así como vos lo hiciste conmigo todos estos años para no perderme. No escuchés los lamentos. Eso es apenas el primer paso, el vestíbulo. Después veremos cosas peores pero te aseguro que cuando querrás, podrás descansar en el lago de mi corazón en el que nunca te faltará nada.

No le temás al León ni a la Loba. Sí, el sol ya no resplandece, más bien calla por nuestra valentía pero no te preocupés. Vamos, adelante, sin mirar atrás porque esas caras de sufrimiento, son de quienes se lo merecen. Nosotros no podremos perdonarlos, porque ni Dios ni Lucifer lo hicieron y ahora incluso la misericordia y la justicia les ofrecen nada más el olvido.

Ahí está ya el hijo de Erebo y de la Noche con su barca fúnebre. No sintás miedo. Tomá mi alma que siempre la has tenido y ellá te llevará sana y salva al otro lado. No escuchés los lamentos ni tratés de ayudarlos, pensá nada más en nuestro amor que se forjó luchando contra la ansiedad, la admiración y la envidia.

¿Qué decís? No estoy solo. Aquí está Beatriz. Pues aquí te lo digo yo. ¡Beatriz!... Pero…! ¡Dónde estás! ¡Ohhh no! No me lo digás, maldito Caronte. ¡Te odio! ¡Qué dirá su padre Folco! ¡Mi hija!… ¡Mi hija muerta! No, no está muerta, le diré. Aunque no la veas, ella va conmigo mitigando mis tristezas en esta comedia dantesca de la que espero salir con vida…  
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