Y además…
Cruz y espada
Luis Sánchez S. luis.sanchez@laprensa.com.ni
Las relaciones entre la Iglesia Católica de Nicaragua con el Gobierno del presidente Bolaños son notoriamente frías y tensas, a diferencia de las que aquélla cultivó con el gobierno del ex presidente Arnoldo Alemán, que según uno de los obispos fueron “fraternales”.
La participación de la Iglesia en la política partidista y gubernamental siempre causa tensiones y controversias, sobre todo en países que, como Nicaragua, son legalmente laicos, o sea que el Estado no tiene religión oficial ni favorita.
Y la verdad es que el cristianismo nació con alergia al poder político. Primero porque Jesús de Nazaret enseñó que religión y gobierno son cuestiones separadas: “Pues den al emperador lo que es del emperador, y a Dios lo que es de Dios”, (Mateo, 22.21). Y luego los apóstoles consideraron que inclusive los asuntos administrativos de la Iglesia eran ajenos a sus funciones religiosas: “No está bien que nosotros dejemos de predicar el mensaje de Dios para dedicarnos a la administración” (Los Hechos de los Apóstoles, 6.2.4).
Así como los romanos repudiaron hasta la palabra rey, y crearon la de emperador para nombrar a su gobernante, debido a los ultrajes que recibieron de los crueles reyes tarquinos, los cristianos eran indiferentes al poder y más bien huían de él, porque su religión era perseguida por el gobierno... hasta el 28 de octubre de 312 después de Cristo.
En aquel entonces el imperio romano sufría la guerra civil, al entrar en crisis la Tetrarquía que ideó el emperador Diocleciano. Los tetrarcas eran Constantino, Licio y Maximino, pero también había un César ilegítimo, que era Majencio. Constantino (después llamado el Grande) marchó contra Majencio, y al acercarse al puente de Milvio, en las cercanías de Roma, donde habría de librarse la batalla decisiva, vio en el cielo una cruz flamígera circundada por las palabras: “Con este signo vencerás”. Constantino creyó y venció, y convirtió al cristianismo en la religión oficial del imperio, lo que fue confirmado por el Concilio de Milán en el 313.
Desde entonces, la religión de los humildes que predicó Jesús y organizaron los apóstoles martirizados por el Estado, se asoció con la política, para mal y para bien. Y luego, de religión estatal el cristianismo (después llamado Iglesia Católica) pasó a ser el Estado mismo, cuando Pipino el Breve —padre de Carlomagno— donó al papa Esteban II, en el año 754, los territorios de Ravena (en Italia) y Pentápolis (cinco ciudades en Africa del Norte y Palestina), donde se constituyeron los Estados Pontificios.
Los papas se convirtieron en reyes que gobernaban, hacían las guerras y conquistaban territorios y poblaciones, igual que los demás monarcas. Así hasta que el poder político de la Iglesia fue quebrantado por las revoluciones liberales de los siglos XVIII y XIX, y los Estados Pontificios fueron prácticamente liquidados por las guerras napoleónicas y la unificación italiana. Finalmente el poder político de la Iglesia quedó limitado a la Ciudad del Vaticano, en un territorio de medio kilómetro cuadrado, que fue reconocida como entidad estatal por los Acuerdos de Letrán de 1929.
Pero de una u otra manera la unión de cruz y espada que comenzó hace 1690 años en el puente de Milvio, continúa hasta ahora, para bien o para mal, según como se quiera ver de acuerdo con las opiniones y los intereses de cada cual. 
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