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VIERNES 26 DE ABRIL DEL 2002 / EDICION No. 22710 / ACTUALIZADA 02:00 am
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La furia del tirano

Las relaciones diplomáticas entre México y Cuba llegaron a un estado de deterioro sin precedentes después de que Fidel Castro hiciera pública, el lunes pasado, la grabación de una conversación telefónica con el presidente de México, Vicente Fox. En dicha conversación, Fox pidió a Castro que si llegaba a la Conferencia sobre el Financiamiento al Desarrollo —que se celebró en la ciudad mexicana de Monterrey en marzo pasado— se retirara tan pronto pronunciara su discurso. Castro aceptó la solicitud de Fox; llegó a Monterrey, pronunció su discurso, y se retiró unas horas después. La petición de Fox tenía por objeto evitarle al presidente estadounidense, George W. Bush, la incomodidad de tener que encontrarse con el dictador cubano en el seno de la Conferencia. Algo parecido ocurrió en 1981 cuando el entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, amenazó con no asistir a una Conferencia de Jefes de Estado en la ciudad de México si Fidel Castro participaba en ella. El presidente mexicano de ese entonces, José López Portillo, le pidió a Castro que no llegara y éste no llegó.

Con la publicación de la grabación Fox fue exhibido como mentiroso, ya que en declaraciones a los medios de comunicación el presidente mexicano había asegurado que nadie le había pedido a Castro que se retirara de México. Pero, por su parte, Fidel Castro también mintió, pues le había asegurado a Fox que la conversación entre ambos sería confidencial.

No hay duda de que Castro le ha causado a Fox un problema político del cual no se sabe todavía cómo saldrá. Pero la pregunta de fondo es: ¿por qué Castro se quedó callado en 1981 y no arremetió contra López Portillo, como sí lo ha hecho esta vez contra Fox? La razón es muy sencilla: la política exterior de México de aquel entonces era condescendiente con Cuba, y ni por asomo se le ocurría emitir juicios críticos de ninguna índole, y mucho menos en materia de Derechos Humanos. Pero los tiempos han cambiado, y en la reunión de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (CDH) que se celebra cada año en Ginebra, Suiza, México votó el 19 de este mes en apoyo de una resolución presentada por Uruguay para que sean revisados los Derechos Humanos en Cuba. Ese novedoso hecho enfureció tanto al dictador cubano que decidió violar la confidencialidad a la que se había comprometido. (El que subrepticiamente Castro haya grabado la conversación no tiene nada de raro en un sistema estalinista como el cubano. Cualquier gobernante que de ahora en adelante hable “confidencialmente” con él, ya sabe a lo que se expone).

Este año, en la CDH, el régimen de Cuba fue cuestionado, una vez más, como violador de los Derechos Humanos, con el agravante de que por primera vez fue un país latinoamericano el que introdujo la moción para que se enviara a un alto comisionado de las Naciones Unidas a investigar la situación de los Derechos Humanos en la isla. Uruguay presentó la moción, y, como era de esperarse, fue apoyada también por Nicaragua. La furiosa reacción del dictador cubano no se hizo esperar, y así como el año pasado acusó a los gobernantes de Costa Rica y de Argentina de “serviles” y “lamebotas” de los Estados Unidos, esta vez calificó al gobierno uruguayo de “trasnochado y abyecto Judas”, ocasionando la ruptura de relaciones diplomáticas entre Uruguay y Cuba.

¿Por qué Cuba insiste en oponerse a que se investigue in situ la situación de los Derechos Humanos? Es obvio que el régimen de Castro no quiere que sean las mismas Naciones Unidas las que expongan ante el mundo las terribles violaciones a los Derechos Humanos que se dan en el “paraíso comunista”. Pero hay que tomar en consideración, además, el descomunal ego del individuo que gobierna vitalicia y despóticamente a esa pobre nación desde hace 43 años, y que en su fuero interno se considera —como todos los dictadores— un benefactor de su pueblo, y, por consiguiente, incapaz de violarle sus derechos. La decisión tomada en Ginebra fue la correcta, pero mientras no cambie el sistema político de ese país, no modificará la situación del sufrido pueblo cubano.  
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