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LUNES 15 DE ABRIL DEL 2002 / EDICION No. 22699 / ACTUALIZADA 02:00 am
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La beatificación de Sor María Romero

Ayer, domingo 14 de abril de 2002, el papa Juan Pablo II proclamó a seis nuevos beatos de la Iglesia Católica, entre ellos la nicaragüense Sor María Romero (1902-1977). Los otros cinco nuevos beatos son los sacerdotes italianos Gaetano Errico (1791-1860), Ludovico Pavón (1784-1849) y Luigi Varriara (1875-1923); el religioso italo-argentino Artemide Zatti (1880-1951), y la monja argentina María del Tránsito de Jesús Sacramentado (1821-1885).

La beatificación de Sor María Romero es la número 1,288 que dispone el papa Juan Pablo II, quien además, durante su pontificado ha proclamado a 456 nuevos santos, y el próximo 19 de mayo canonizará a cinco más.

La vida de las religiosas es una caricia de Dios para los hombres y mujeres de nuestro tiempo, dijo el papa Juan Pablo II en mayo del año pasado, en un mensaje que envió a la Unión Internacional de las Superioras Generales de Congregaciones Religiosas. Y sin dudas de ninguna clase que Sor María Romero calza perfectamente en esa definición del Sumo Pontífice romano, para merecer el supremo honor que honra a todos los nicaragüenses, independientemente de que sean católicos o no, de ser proclamada la primera y hasta ahora única beata de Nicaragua. En efecto, la vida y obra de la religiosa granadina fueron un verdadero testimonio de fe, compasión y servicio al prójimo.

Quienes conocieron a Sor María Romero y fueron testigos de su obra, casi inmediatamente después de su fallecimiento, en 1977, se pusieron en movimiento para darle a conocer a la autoridad suprema de la Iglesia Católica todo lo que ella hizo, porque una vida tan ejemplar y fecunda no podía quedar oculta. De manera que son muchísimas las personas que contribuyeron diligente e incansablemente en esa ardua tarea, porque la Iglesia, antes de honrar a alguna persona con el título de beata se asegura de que sea bien merecido.

Sor María Romero se ha convertido en motivo de orgullo y alegría para tantos nicaragüenses que en su mayoría nunca antes habían oído hablar de ella, porque en cumplimiento de disposiciones superiores realizó casi todo su apostolado en Costa Rica. Pero ahora, quien en vida jamás buscó honores ni fama, será conocida y venerada por cientos de millones de católicos en todo el mundo. Se cumplen así las Escrituras que dicen: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”. Los colegios que llevan su nombre, las canciones en su honor, los sellos postales con su imagen, los reconocimientos del Parlacen, etc., sirven para dar a conocer a quien en vida se dejó guiar por el amor y la vocación de servicio a sus hermanos. Por todas partes surgen asociaciones inspiradas en su ejemplo que extienden en el tiempo y el espacio la obra de servicio que Sor María Romero inició hace tantos años.

Ayer, en Ciudad del Vaticano, cientos de nicaragüenses y costarricenses que viajaron hasta allá expresamente para eso, participaron en la ceremonia de beatificación de Sor María. Muchos miles más lo hicieron desde sus hogares gracias a la transmisión en vivo y directo de la televisión. El nombre de Nicaragua ha sonado hasta en el último confín de la Tierra, y el mundo entero ha podido ver que esta nación produce también hijos e hijas que la honran y enaltecen. Gracias a Sor María Romero estamos demostrando que no sólo ocupamos la atención internacional por las guerras, las convulsiones políticas y la corrupción de los gobernantes, sino también por la consagración de vidas ejemplares.

Sin dudas de ninguna clase que ayer fue un día de gracia para Nicaragua y de regocijo para los nicaragüenses. Los muchos creyentes católicos están seguros de que Sor María Romero está ahora, en la inmortalidad, haciendo lo que siempre hizo en vida: intercediendo por quienes tienen necesidades apremiantes. Mientras que los no católicos han admirado respetuosamente esta consagración de Nicaragua.

La verdad es que necesitamos una ayuda espiritual para que quienes se empecinan en mantener a Nicaragua como rehén de sus desmedidas ambiciones, comprendan que su tiempo político ya pasó y que deben apartarse para que la nación pueda vivir y trabajar en paz. Ojalá que así sea.  
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