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DOMINGO 14 DE ABRIL DEL 2002 / EDICION No. 22698 / ACTUALIZADA 02:00 am
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Corinto: Vida al ritmo de los barcos

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.Los barcos son la felicidad y la desgracia de Corinto. Cuando éstos llegan la ciudad se llena de vida, y, muy al contrario, su ausencia la hace languidecer. Unos 800 estibadores y 200 trabajadores de la portuaria esperan cada día que la suerte les llegue del mar. Y aunque ahora llegan menos barcos que en otros tiempos, las cargas son mayores, y es posible que este año se rompa el récord de descarga al sobrepasar el millón doscientas mil toneladas.

El puerto de Corinto es ahora uno de los más modernos de Centroamérica. En la gráfica, un buque cisterna descarga combustible para las refinerías del país.

 

Orlando Valenzuela
orlando.valenzuela@laprensa.com.ni

Custodiados por antiguos cañones de la época colonial y concentrados en los números y símbolos de sus cartas, un grupo de jubilados mata el tiempo jugando póquer sin apostar dinero, mientras otros, sentados en las frías bancas del parquecito, repasan las historias de andanzas de marineros o simplemente meditan sobre la triste situación económica en que la vejez los encuentra.

Todos los días, y sin que nadie los convoque, este grupo de hombres de avanzada edad se reúne bajo la sombra del guanacaste negro que cobija con su sombra las pocas bancas de cemento del “Parque del Cañón”, más conocido por la población como “El parque de las palomas caídas”, en alusión a la virilidad perdida de sus fieles visitantes.

Mientras unos juegan para olvidar la crisis, otros, como don Leopoldo Palacios, de 67 años, no sólo se lamenta por los míseros 450 córdobas que al mes recibe de pensión, sino también porque nadie le da trabajo a ningún jubilado, aduciendo que para eso reciben su “cheque fiscal”.

La situación de don Leopoldo es muy similar a la que pasan los más de trescientos jubilados que hay en Puerto Corinto, quienes en su mayoría reciben pensiones que apenas les alcanzan para pagar las facturas del agua y la energía eléctrica.

Don Leopoldo forma parte del ejército de desempleados que pulula por las calles de esta ciudad puerto, en busca de algún “rumbito” para ganarse algunos córdobas “extras”, y tiene, como la mayoría de ellos, una historia en común: fue estibador.

Aunque la estiba no tiene categoría universitaria, en Corinto es la profesión más común de los hombres, pues en este puerto una gran parte la población masculina ha pasado por esta experiencia laboral, ya que por casi 150 años, ésta ha sido su principal actividad económica.

Por eso, don Leopoldo no olvida los años de juventud que dejó en los tablones del muelle subiendo y bajando “a tuto”, hasta las bodegas de los buques, miles de sacos de granos y mercaderías de todo tipo.

“Empecé a trabajar como estibador a los 18 años, en ese entonces no había ‘mulas’. Era asunto de hombres, todo se cargaba al hombro”, recuerda don Leopoldo. “Para entonces, nosotros trabajábamos jornadas de 24 horas seguidas, en las que sólo se descansaba para comer. Se trabajaba duro pero se ganaba bien”, asegura.

Con nostalgia don Leopoldo recuerda que en aquellos años Corinto vibraba al ritmo de la entrada y salida de los barcos, los que a veces hasta tenían que hacer fila para cargar o descargar sus productos. Ese fluido movimiento portuario le daba vida a la ciudad, “todo era alegre, cada fin de semana nos pagaban y el parque se llenaba de gente, había bares, comedores, cantinas y casas con ‘muchachas’ de Nicaragua y hasta del extranjero”, dice con picardía.

Sin embargo, esos tiempos ya pasaron, y ahora a don Leopoldo le toca vivir la dura realidad de tener que andar limpiando patios y haciendo mandaditos para ayudarse. “Vivimos al brinco los que estamos en esta situación”, se lamentó.

Mientras tanto, en la Calle 7, al otro extremo de la ciudad, Pastor de Jesús Mayorga, de 41 años, hace planes para juntar su salario de estibador, con los cuatrocientos córdobas que su esposa gana como doméstica.

A Pastor no le molesta que le digan “Caldillo”, apodo que más bien parece gustarle, pues le recuerda sus tiempos de cuando era ayudante de cocina, donde aprendió a hacer un exquisito caldo, el mismo que parientes y amigos han probado y que le valió ese alias.

Y aunque Pastor de Jesús no llegó a coronar ninguna carrera universitaria, cuenta que después de trabajar como estibador y operario de aduana, llegó a “contador” de esta entidad.

La mayor preocupación de Mayorga es que este año ya se le bachillera el hijo mayor, y eso implica muchos gastos, sin embargo, confía en que su empresa de estiba lo siga llamando para descargar los barcos que llegan al puerto.

Pero como él mismo dice, “esto es asunto de racha, esta semana se puede ganar bastante y en la otra no llega ningún barco”. Por eso él, como la mayoría de los ochocientos estibadores que hay en todo Corinto, se las ingenia para trabajar en lo que sea durante el tiempo muerto, ya sea como albañil o como ‘pavo’, que es como les llaman a los ayudantes de los botes de pesca, a quienes el marino les paga, ya sea con dinero o con pescado.

A pesar que su vida la ha pasado como estibador, Pastor de Jesús no desea el mismo destino para su hijo, por eso piensa seguir trabajando para que salga adelante en la vida. “Que se prepare y emigre a buscar un futuro mejor en otro lado, porque aquí no le veo futuro”, dijo.

Pero el pesimismo de Pastor no es compartido por don Alfredo Hernández Vargas, Gerente General de Coseporsa, la empresa formada por los antiguos miembros de uno de los tres sindicatos de estibadores que había en la portuaria cuando éstos se privatizaron para dar servicios de estiba.

Según Hernández Vega, con la conversión de los sindicatos en empresas de servicio exclusivo de estiba a todos los barcos que llegan al puerto, todos salieron ganando, pues se logró una mayor eficiencia del manejo de la carga en un menor tiempo de espera para las compañías navieras, lo que a la vez beneficia a los trabajadores, quienes ahora trabajan en calidad de socios de la empresa. Explicó que cuando hay “tiempo muerto”, la empresa les da una ayuda de mil córdobas a todos los 115 socios, los que también al final del año reciben un fondo que corresponde a la distribución de utilidades.

Uno de los mayores logros de la creación de estas empresas, en opinión de don Alfredo, es que no hay posibilidad de paro de labores, porque ahora todos los trabajadores, como socios, son dueños de la empresa.

Hernández Vega afirmó que con este modelo de privatización de los sindicatos, los rendimientos son mejores y todos, agencias navieras, gobierno y trabajadores han salido ganando.

Por su parte, don Charles Whitaker, gerente de la portuaria, estimó que con la descentralización de la actividad de estiba, que antes estaba bajo el control de la portuaria, se ha logrado mayor eficiencia y armonía entre todas las partes.

Don Charles explicó que aunque el número de barcos que llegan al puerto es menor que en los años setenta, se compensa con el mayor tamaño de éstos porque traen más carga.

Según datos estadísticos de la Portuaria, hasta la fecha no se ha podido llegar al nivel de carga alcanzado en 1977, año en que este puerto manejó su máxima carga, con 1 millón 154 mil toneladas, ya que el año pasado llegó a manejar 1 millón 147 mil toneladas. Sin embargo, se espera que este año se logre sobrepasar esa cantidad y llegar a 1 millón 200 mil toneladas, pues con sólo 146 barcos ya se han manejado 1 millón 114 mil toneladas. Don Charles explicó que durante el gobierno sandinista el puerto siguió trabajando y que llegó bastante carga, pero que la mayor parte era bélica.

Explicó que el puerto de Corinto tiene las tarifas más competitivas de toda Centroamérica, y que ante el crecimiento del número de barcos que llegan, se contempla instalar un muelle especial para granos, con silos donde almacenar los productos para que luego los clientes los vayan sacando según sus necesidades.

Pero el proyecto en el que más esperanzas tiene don Charles es el del ferry entre Nicaragua y El Salvador, que traería a Corinto más movimiento de carga y con ello más trabajo para todos. “Pero existe el problema que mientras nosotros queremos que la terminal sea en Corinto, los salvadoreños insisten que sea en Potosí, lo cual sería muy costoso para el país”, expresó el funcionario. La otra esperanza, es que los cruceros turísticos sigan atracando en este puerto, para así beneficiar el comercio y los servicios que la población ofrece a los visitantes.

EL PUERTO, ¡LA VIDA!

La vida en Corinto depende del movimiento de barcos que llegan a su puerto, tanto es así, que durante la época de gran afluencia de buques, la ciudad se nota más alegre, con mucha gente en las calles, el cine, parques, restaurantes, hoteles, salones de baile, bares, tiendas, fritangas y turistas por todos lados.

En cambio, cuando los barcos se ausentan, la desesperanza se apodera de los 200 empleados de la portuaria y los más de ochocientos estibadores organizados en sus propias empresas.

Pero aunque aumente la llegada de barcos, el puerto de Corinto no tiene capacidad para darle empleo a tanta gente, por lo que algunos optan por irse a Costa Rica o emigrar a otras ciudades del país, donde tampoco existen opciones.

Sin embargo, en Corinto al menos existe la posibilidad de sobrevivir de la pesca artesanal, actividad a la que se dedican muchos estibadores en los tiempos “muertos”, como don Donald de Jesús Salmerón, que cuando no hay trabajo, agarra su panga de motor de 15 caballos, sus dos trasmallos y se mete al mar a buscar lo que caiga en las redes para comer.

Pero también existen en Corinto los que no dependen de la actividad portuaria, como son los pescadores artesanales, quienes en su mayoría viven en el barrio Costa Azul, como Moisés Antonio Morales, que con Bayardo Blandón y Pablo Velásquez, forman el equipo de trabajo con el que diario sale a pescar.

Moisés y sus compañeros salen a las cinco de la tarde en su panga de 30 pies con motor de 40 caballos de fuerza y regresan hasta las diez de la mañana del día siguiente. Durante toda la noche permanecen en alta mar, cerca del Golfo de Fonseca, donde, ayudados con focos alimentados con baterías de carros, cada tres horas revisan los trasmallos, en donde van quedando atrapados pargos, macarelas, ponchos, palometas, güichos y tiburones.

Este joven pescador de 23 años cuenta que desde los siete años ya andaba con su papá, también pescador, aprendiendo los gajes del oficio, y que a los quince años se lanzó como jefe de un grupo a las embravecidas olas del océano.

“Ya hemos sacado tiburones de 300 y 400 libras, lo mismo que meros, con los que se tiene que luchar mucho, pero la técnica es que se les deja pelear hasta que se cansen y ellos solos agarran aire y salen para arriba”, explica el ya veterano pescador.

Así como Moisés, en este barrio, la mayoría de sus habitantes cuentan historias similares, ya que desde corta edad, los hombres aprenden los secretos del mar para vivir de sus riquezas, por eso no es extraño que a la orilla de la costa y sobre las rocas que sobresalen del muro de contención, desde tempranas horas del día, se observen niños haciendo sus primeros lances del anzuelo al mar.

TRABAJO BAJA DELINCUENCIA

No se tiene un estudio del impacto socioeconómico que provoca en la población la actividad portuaria, pero para darnos una idea, se ha detectado que cuando llegan muchos barcos y los trabajadores de las empresas de estiba contratados no dan abasto, la delincuencia baja en la ciudad, porque muchos jóvenes pandilleros logran “engancharse” como estibadores, lo cual demuestra que lo único que ellos necesitan es oportunidades de trabajo para cambiar de vida y ser útiles a la sociedad.

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