Correo
Portada Impresa
    La Prensa    
Archivo
Busqueda
DOMINGO 14 DE ABRIL DEL 2002 / EDICION No. 22698 / ACTUALIZADA 02:00 am
PORTADA
POLITICA
ECONOMIA
NACIONALES
REGIONALES
EDITORIAL
DEPORTES
SUCESOS
EL MUNDO
OPINION
REVISTA
SUPLEMENTOS
OBITUARIOS
CARTAS AL DIRECTOR

CLASIFICADOS
SUSCRÍBASE


   

Nuestra gente - Cosas Veredes Sancho Amigo
Abelardo Sánchez, el herrero que se hizo periodista

Foto  
.La comedia humana de un periodista que se resiste a dejar el oficio porque “dejar de escribir es como morir. Eso es mi vida, es también quedarme indefenso, incomunicado, sintiendo cortadas las alas de mi imaginación”

 

Mario Fulvio Espinosa
departamentos@laprensa.com.ni

Postrado en una cama de la “Sala J” del Hospital de Ocotal, José Abelardo Sánchez Castillo, lector empedernido, cartero, bañador de perros, herrero, poeta y periodista, recuerda su vida, con una mezcla de añoranzas agridulces.

No se arrepiente de nada, y su mayor orgullo es ser autodidacta, y agrega con convicción que “la mejor universidad está en los libros”.

No es que sea enemigo de las universidades, sino que las circunstancias de su vida lo alejaron de las aulas, aunque ya había descubierto, desde muy niño, que los libros son hechos por personas que desean enseñar algo, y que vale la pena descubrir y retener la cátedra, latente que encierran esos papeles impresos.

“También ocurrió que quien a buen árbol se arrima buena sombra lo cobija, y yo busqué el escudo de LA PRENSA, y me dio su protección mi caro y gran amigo, a quien seguiré queriendo, el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Integrando el equipo de periodistas del doctor Chamorro, nos enfrentamos a la dinastía somocista, expusimos nuestras vidas, nuestro empeño, nuestros sacrificios, y convertimos a LA PRENSA en un bastión contra esa dictadura”, cuenta Sánchez.

Abelardo, nombre simple con el que le conocen sus colegas, nació en 1931 en El Sauce, departamento de León, hijo de don Marcos Sánchez y de doña Petrona Castillo, ambos ya difuntos.

“Soy de familia liberal por atavismo, pero se daba el caso de que en ese tiempo el liberalismo era confundido con un partido político, y ese partido político era el partido somocista. Le decían Partido Liberal Nacionalista, pero era un Partido Liberal Somocista, así como se decía Guardia Nacional de Nicaragua, pero era una Guardia Nacional al servicio de Somoza”, narró.

VÍCTIMA DEL FANATISMO Y LA IGNORANCIA

“Yo tuve una juventud muy humilde. Para ese tiempo no se podía obtener becas para estudiar, por eso llegué hasta segundo grado de primaria en El Sauce. El director de la escuela era el profesor Gonzalo Agüero Buitrago, y la directora doña Eva viuda de Acevedo. Esa escuela quedaba entre los locales que conforman la Alcaldía municipal”, dijo.

“¿Por qué sólo hice el segundo grado de primaria? Porque se da el caso de que yo soy de origen protestante. Pero no voy a meterme a hablar de teología, las personas son libres de creer y yo tengo mis ideas de Cristo, soy monoteísta no panteísta ni politeísta, y mis padres que eran evangélicos de la denominación Pentecostés, me mandaban a la escuela.

“Un día se dio el caso que tenía que rezar, pero como mis padres eran evangélicos y yo había tomado en serio la cosa, me dije para mí que yo no podía traicionar mis convicciones, y a pesar de ser un niño no quise rezar. Lo que recibí fue un castigo, me dieron unos reglazos y me arrodillaron sobre arena, con un ladrillo en cada brazo.

“Yo era un muchacho muy endeble, cuando no soporté salí huyendo. Huí casi una cuadra, pero me logró alcanzar la Guardia que me culateó debajo de un árbol de matasano, frente al templo católico. ¡Culatear a un niño! ¡A pura culata me llevaron a la escuela! Eso resintió demasiado a mi padre, mi madre lloraba, porque usted sabe que la mujer es el corazón y el hombre el cerebro.

“Mi padre protestó y me sacó de la escuela. Después me buscaron un trabajo de mensajero. El telegrafista principal en ese tiempo era don Julio González. El agente postal era don Roberto Miranda y el auxiliar don José Félix Sarria.

“Los mensajeros éramos don Leonel Matute y yo. Estuve por un tiempo repartiendo cartas y telegramas, me aprendí el sistema Morse y ya podía transmitir y recibir”.

DE BAÑADOR DE PERROS A HERRERO

“Pero se presentó otro trabajo. Don Tomás Ocampo y don Vicente Guardado eran dos comerciantes de El Sauce. Les decían “Los Negritos”, y tenían un buen establecimiento comercial. “Yo ya hacía numeritos y escribía letritas, pero me metieron allí como ‘bañador de perros’, y no me afrenta decirlo, yo bañaba y cuidaba un par de perros bravos que cuidaban la casa.

“Pero por ese tiempo falleció mi abuelo, Marcos Sánchez Andrade, heredándole a mi padre un taller de herrería. “Entonces mi papá señalándome a mí dijo: ‘Éste va a ser herrero’, y se trajo de León al maestro don Antonio Tellería, quien me enseñó el oficio.

“Ese es mi oficio, herrero. Y ejercí por profesión el periodismo como un don nadie, sin título académico, porque yo no tengo título académico, y además, ¿para qué quiero título?, el mejor título lo tengo en la cabeza, y que me pongan a prueba si puedo o no. No es que yo diga que sé, que soy un dómine, porque si usted quiere conocer la vanidad del hombre fíjese en lo que más se jacta. El hombre jactancioso es muy mentiroso, muy vanidoso, y entonces, mi querido amigo, me quedé herrero”.



¿Y la vena de poeta de donde viene?

“En el Sauce se celebra la fiesta del Cristo de Esquipulas. Pues bien, mi papá en ese tiempo tenía casa de huéspedes y a esa casa llegaron un señor que se llamaba Gonzalo Blandón y su esposa, doña Carmen Cardoza. Pernoctaron sólo una noche. Con ellos estaba su hija, una muchacha muy linda de la cual yo me prendé. Ellos eran de Estelí, de un lugar llamado El Espinal, jurisdicción de Santa Cruz. Yo me quedé flechado, escribiéndole a ella, porque desde muy muchacho escribía dislates, ya la poesía y el periodismo venían en mí.

“Lo más notable es que con Rosa Emelda Cardoza Blandón pasamos jalando dos años a través de cartitas, sin vernos. En esas cartas iban los poemas de Abelardo, ‘que tu boca es divina’, ‘que tus ojos son luceros’, puras metáforas que aunque fantasiosas son necesarias, porque... ¿cómo imaginar una tarde sin celajes, o una aurora sin trinos?

“A los dos años ella se resolvió y yo me la llevé para mi casa, me la robé, y ya el ‘herrerito’ se convirtió en hombre capaz de asumir responsabilidades. Desde aquel momento hemos permanecido juntos... En El Sauce instalamos una imprenta. A Rafael Rojas y Jarquín le compré los tipos móviles, y la prensa, una ‘Chandler’, a un señor que le decían “El Mudo”, natural de Managua, pero la competencia era muy grande, había varias imprentas. Entonces me propuse venir a Ocotal. Hablé con don Alfonso Ramos y con Míster Gates, diciéndoles que yo tenía una imprenta... ¡Qué valor! ¡Si era una maquinita chiquita!, pero excelente, porque yo tenía un trabajador muy bueno que se llamaba Carlos Mairena. Otros fueron don Arnoldo Alonso y don Lino Palacios, y así nos fuimos acomodando. De eso hace como treinta años y podría ser hasta más.

“Dejé la corresponsalía de LA PRENSA en El Sauce a don Agustín Moreno Ch., y me vine... Pero después viene la insurrección, viene la guerra, y el coronel César Asdrúbal Briceño y Corleto, originario de León, último comandante que tuvo Ocotal y que se fue huyendo robando el sueldo de la Guardia, ordenó a ese José A. Bellorín, raso GN originario de Jalapa, que le pegara fuego a la imprenta.

“Yo andaba entonces de corresponsal de guerra, en algunas cosas trabajé con mi caro y buen amigo Ernesto Aburto Martínez y con Hermógenes Balladares.

“En ese tiempo existía una gran camaradería en LA PRENSA. Después Rosita hizo un préstamo y ha logrado revivir y mejorar la imprenta, ahora tiene hasta librería y sistema computarizado.

“Con esas máquinas logramos formar a cuatro hijos, el ingeniero en sistemas de computación Abelardo Sánchez, con maestría en Brasil; Marcos, ingeniero en electrónica; Urania, médica, y la última es profesora de español en Canadá.

UN PERIODISTA SIN COMPROMISO

He tratado de no dejar LA PRENSA, a tal extremo que me he agarrado de Guillén, y colaboro voluntariamente en “El Azote”. Nunca tomé un cargo público porque digo yo que eso compromete. Y así me he logrado mantener. Ahora estoy olvidado y me dedico a escribir, tengo muchas obras inéditas. Quizás son ochocientas o mil. El mismo PAC me aconsejó que las publicara, porque debe saber que la trilogía del arte está completamente destruida. La música moderna no sirve, la poesía moderna es sin razón, sin sentido y sin concierto...



¿Y el periodismo?

“Lo veo tirado enteramente a lo comercial, a lo trivial, un poco acomodaticio a hacer reales. Sólo la literatura está siendo cultivada de mejor manera. Ese es el campo mío. Lo que he cultivado más es la cultura helénica, los griegos, Thales de Mileto, Heráclito, Demócrito, Diógenes, Aristóteles, Sócrates, Platón, Sófocles, Anaxágoras, Protágoras, Bias, Solón, Anaximandro... Y la cultura francesa, Lamartine, Mallarmé, y los españoles desde Cervantes y aquí en América, Montalvo, Martí... Lo poquito que he logrado saber es porque he sido un lector incansable, y si una cosa me gusta la martillo para que se me quede en la cabeza.

“También debo decir que lo poco que sé se lo debo a otros, a los que escribieron esos libros que leo... Y así ha transcurrido mi vida, y yo sigo escribiendo porque yo siento en mi natural nacido la necesidad de escribir, y por eso sufro aquí en esta cama porque no estoy con mis libros ni con mi máquina de escribir haciendo mis obras”.



¿Ese es el ánimo de Abelardo aquí en el hospital?

“Voy a ser sincero. He pasado un poco decaído, pero a la hora de conversar se aviva mi llama... Me preocupa mucho la rutina de estar en una cama porque soy un hombre que diario escribe, aunque sea un pie quebrado, aunque sea un ovillejo... Yo debo escribir algo, y desde hace diez años me aprendo el significado de diez palabras... Mi vida es el libro, mi música es la clásica como mi poesía. Soy un hombre puramente clásico”.  
.


---

   
Otras Noticias

Abelardo Sánchez, el herrero que se hizo periodista

Presentan obras sobre el tratamiento de la neumonía

Breves departamentales

Historia del puerto

Corinto: Vida al ritmo de los barcos