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DOMINGO 14 DE ABRIL DEL 2002 / EDICION No. 22698 / ACTUALIZADA 02:00 am
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A Emilio Gutiérrez

Hablar de un hombre honrado, es rendirle culto a la verdad, porque si algo tiene aciertos y evidencias es que el doctor Emilio Gutiérrez Gutiérrez fue en su vida un ejemplar ciudadano; un profesional que tuvo por escudo la honradez y por virtud el talento y la cultura.

Sus muchos merecimientos lo situaron en el lugar de las figuras prominentes, dándole a la patria y a la sociedad una honra promisoria de inobjetables dimensiones. Hizo del Derecho un permanente apostolado, y a lo largo de su carrera en el ejercicio de las leyes demostró con meridiana humildad que se es justo cuando se practica el bien.

El doctor Emilio Gutiérrez Gutiérrez era de esos pocos abogados que defendía entrañablemente la justicia y la antepuso a cualquier interés personal.

Era a toda prueba un litigante de peso; un jurista que siempre se hizo acompañar de la razón para imponer en sus escritos sus argumentos y sus lúcidas apreciaciones cuando estimaba que estaba en lo correcto.

Doy testimonio de su vida porque tuve la oportunidad de conocerlo, y tener en él a un maestro de modestos consejos, sobre todo cuando en los recesos que el trabajo permite, se solazaba con narrar la historia de este país, muchas veces llena de accidentes y de imprevistas circunstancias ya que también fue un gran historiador de admirable memoria para relatar fechas, lugares y episodios de renombrada importancia.

Antes de morir, de emprender su viaje “hacia lo desconocido”, dejó escrita su obra fecunda como un aporte de inigualables valores para la cultura de esta sociedad, donde se ha perdido en gran escala el amor para dar un paso al odio enfermizo que propagan los espíritus pequeños.

En el doctor Emilio Gutiérrez Gutiérrez la cultura nacional tuvo a un apóstol y a un ideólogo que nunca se dio tregua para orientar y conducir a la juventud de su amado Ocotal; a la ciudad de pinos y cipreses; a la ciudad de franciscanos amaneceres que en la sonrisa de una doncella, o en la mirada inocente de los niños os saluda a la vida.

Mucho se puede decir de este insobornable patriarca segoviano, porque tantas son las cosas buenas que él dejó, que resulta difícil describirlas en su detalle. Por eso, al momento de su cortejo fúnebre en aquella mañana de abril, y en uno de los fragmentos de mi discurso, dije “que había que aprender su lección”.

La lección de tanto humanismo que este intachable moralista dejó impregnado en el espíritu y en la conciencia de su pueblo, que a tres años de su sentido fallecimiento ofrece a su recuerdo no la flor material que nace en los jardines del ensueño, sino la flor del afecto que viene de la amistad pura y desinteresada, que nunca se marchita porque recibe de abono, la gratitud.

A la entrada de su sencilla oficina, saturada de libros y de papeles, colgando sobre la pared, “su cátedra de bondad” se apreciaba entre las máximas, dos que siempre tienen actualidad y que ponen de relieve sus oportunas enseñanzas: “El derecho no es más que el fruto del deber cumplido”, y como un gran humanista de sabias concepciones que solía ofrecer lo que su conocimiento podía dar, se preciaba de mostrar a sus amigos y a sus clientes, aquella moraleja que también pendía de ese cuadro y que correspondía a Confucio: “Como el sándalo sed, que generoso, al hacha que lo hiere, la perfuma”.

“La vida de los muertos consiste en hallarse presente, en el espíritu de los vivos”.

Hugo Ramón García.  
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