Una visita a nuestra beata
J. Dávila y Castellón
“Bienaventurada aquella que, muy cerca de nosotros, mostró la belleza total de sí misma por el Reino”. (Juan Pablo II)
Igual que muchos miles de cristianos, hace ya varios años visité a Sor María Romero en San José, Costa Rica. Lo hice buscando su intercesión en favor de mi salud, prácticamente imposible o por lo menos un problema bastante difícil de enfrentar exitosamente aquí en Nicaragua: necesitaba someterme a una serie de operaciones, pero los médicos especialistas consultados no ofrecían las garantías, ni siquiera básicas, en relación no tanto al riesgo que conlleva toda intervención quirúrgica seria, sino a los resultados que, dentro del marco de las probabilidades, podrían obtenerse de tales intervenciones. “Yo puedo operarte —me dijo un médico— pero de cómo vayas a quedar no me hago responsable; incluso podrías quedar peor que como estás ahora o quizá lo mismo”.
Viajé a Costa Rica, entonces, en busca del milagro de Dios bajo la intercesión de Sor María Romero, tal como expresé al comienzo. Mas, ¿cómo me enteré de la existencia de esta santa religiosa salesiana nicaragüense? Por medio de mi amigo Harry Cordúa, (q.e.p.d.), de quien la Divina Providencia se sirvió para encaminarme hacia nuestra Beata.
Encontré a Harry la tarde de un primer sábado de mes, acompañado de una preciosa niña de aproximadamente unos tres años. Después de saludarnos con un apretón de manos, le dije: “¡Qué linda esta niña!” Entonces me compartió que él venía de comulgar en acción de gracias a Dios y en honor a la Virgen Auxiliadora, ya que su niña había nacido luego de 10 años de matrimonio, como resultado de una visita que efectuó con su señora a Sor María. “Fíjate que, después de recomendarnos comulgar los primeros sábados y rezar la Novena a María Auxiliadora, nos señaló hasta la fecha que iba a nacer nuestro hijo, y nos dijo que iba a ser mujer. Y todo ocurrió exactamente como ella lo profetizó”, terminó refiriéndome este buen amigo, cuyo testimonio cristiano conservo agradecido.
El caso de Harry me animó a viajar en busca de nuestra santa compatriota hoy beatificada. Oscilaba entre los setenta o más años de edad, pero aparentaba 40 ó 45 según mi impresión. De rostro sereno, a pesar de su naturaleza activa. Receptiva, sonriente. Me hizo las mismas recomendaciones que a todos sus visitantes: rezar una novena a la Virgen bajo la advocación de María Auxiliadora, confesar y comulgar cada primer sábado de mes en honor a los misterios del Santo Rosario —que constituyen un resumen o compendio de la vida de Jesús y de la vida de la Virgen—, rezar también una breve oración que empieza: “María Auxiliadora, triunfó tu poder y misericordia, escóndenos bajo tu manto y líbranos del enemigo malo y de todo mal. Pon tu mano, Madre mía, ponla antes que la mía. Por la Santa Cruz, líbranos del demonio y de todo mal”.
Por orgullo intelectual probablemente, jamás había rezado una novena, pero me dije: “Hay que ser humilde” y comencé dicha labor espiritual, cumpliendo gustosamente con los otros requisitos: Tomaba el “agua de María Auxiliadora” y de modo especial me atraía la recepción de los Sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía –como siempre–.
¿CUÁNDO SERÁ LA CANONIZACIÓN
Según datos de los entendidos en la materia, la canonización ahora depende de lo que Sor María Romero se tarde en interceder para que haya otro milagro después de su beatificación, pero además del milagro también depende de la rapidez con que se hagan los estudios de ese milagro, porque éste debe estar sustentado científicamente.
ALGO DE SU TRAYECTORIA
Nace el 13 de enero 1902, en Granada; hija de Félix Romero y Ana Meneses.
A los trece años llega a la Asociación de Hijas de María y hace votos de castidad. Es trasladada a Costa Rica alrededor de 1931 y se quedó 46 años dedicada por completo a los más necesitados.
Muere el 7 de julio en Las Peñitas, León. Se encuentra enterrada en Costa Rica. Once años después de su muerte la Iglesia de Costa Rica comienza a promoverla para la canonización, alcanzando hasta ahora la posición de Beata, penúltimo paso para ser Santa oficialmente. 
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