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DOMINGO 14 DE ABRIL DEL 2002 / EDICION No. 22698 / ACTUALIZADA 02:00 am
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Reportaje especial - Un día de gloria
La beatificación de Sor María Romero

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.Hoy, a las 2 de la mañana hora de Nicaragua, 10 a.m. en el tiempo de Roma, Sor María Romero fue proclamada como nueva beata de la Iglesia Católica, honor merecido por su vida y obras ejemplares de las que dan testimonio las opiniones que publicamos en esta página Especial.

 

Rafael Ibarguren
sfatima@cablenet.com.ni

Los santos del cielo fueron, como nosotros, de carne y hueso
Todos estamos llamados a la santidad


Cuando consideramos la nómina de santos y de beatos que la Iglesia Católica presenta como modelos, quedamos abismados, tan grande es la cantidad y —por supuesto— la calidad que demuestra. Son miles y miles de bienaventurados que, en todos los tiempos y en los cinco continentes, llaman nuestra atención por sus vidas límpidas y originales.

El joven y pujante Continente Americano, desde los lejanos hielos del Canadá hasta las extensas llanuras patagónicas, presenta bellos ejemplares de santidad. Y como queriendo demostrar la fecundidad de la sabia cristiana ya en los primerísimos tiempos de evangelización en nuestro suelo, en julio del presente año el papa Juan Pablo II canonizará en México a Juan Diego, el vidente de la Virgen de Guadalupe, Emperatriz de América.

Con la beatificación de Sor María Romero, Hija de María Auxiliadora, su Granada natal y nuestra Nicaragua, se sienten altamente honradas. Nació Sor María a orillas del Cocibolca en 1902. Murió en 1977 junto al bravío Pacífico.

Sin duda es una gloria destilar un alma del porte altivo y humilde de esta religiosa, que dejó un bello legado a Nicaragua, a Costa Rica, la arena donde ejerció su apostolado, a la familia salesiana de la que hizo parte... en fin, ¡a todo el mundo! ya que los santos tienen un alcance universal.

Considérese que al canonizar o beatificar a una persona, la Iglesia nos dice que esta alma practicó la virtud en grado heroico. Esa es, propiamente, la definición de santidad. Heroicidad de virtudes significa cumplir cabalmente el deber de estado, observar los mandamientos de Dios y de la Iglesia experimentando el mandato divino: “Sed, pues, perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial” (Mt. 5, 48). A primera vista semejante frase puede parecer una temeridad. “A los hombres sí es imposible, mas no a Dios, porque a Dios todo le es posible” (Mc. 10, 27). La santidad, a que nos llama con insistencia la Iglesia —especialmente en documentos del Concilio Vaticano II— es un programa para todos.

Quien profundiza en el conocimiento de Sor María queda abismado ante la riqueza de su personalidad. Definitivamente, se trata de una heroína: Pocas almas se nos presentan tan contemplativas y viviendo en una familiaridad cotidiana con lo sobrenatural. Y, al mismo tiempo, su incansable labor evangelizadora y las obras sociales que la inmortalizaron, nos muestran otra faceta: la del celoso apóstol, la del buen samaritano.

Dios la enriqueció además con sorprendentes dones naturales y sobrenaturales. Educadora eximia, enseñó diseño, pintura, canto, piano, lenguas, costura, culinaria y otros nobles quehaceres, además de religión y moral. Al mismo tiempo poseyó los carismas de discernimiento, el don de consejo, el de profecía, el de sanar a los cuerpos y a las almas, la capacidad de hacer milagros y hasta la gracia inefable de ver y de platicar con Jesús y con María.

Para Sor María el poseer esos regalos místicos, constituyó una cruz. Junto con la estima y admiración, le acarrearon la incomprensión, la crítica, la calumnia y hasta la sanción. Es ese, probablemente, el lado menos conocido de su heroísmo. Nunca un lamento, nunca una murmuración. Siempre sumisa, emprendedora y alegre.

En su biografía leemos que emprendió una desconcertante labor evangelizadora, educativa y social. Pero fue un alma que supo pasar horas ante el Sagrario, ante la imagen de María Auxiliadora rezando su rosario. Sus obras fueron fecundadas por la oración.

Los fenómenos sobrenaturales que le fueron familiares no consiguieron opacar su simplicidad y su llaneza. Fue admirablemente humilde. Ella platicó con Jesús, tuvo visiones y obró milagros... mientras se consumía sirviendo a los pobres y viendo a Dios en todas las criaturas.

Sor María Romero es un fruto bien típico de nuestro suelo. Perteneció a una tradicional y destacada familia granadina. Amó a Nicaragua con toda su alma al punto de querer venir a morir a su tierra natal desde Costa Rica, donde ejercía su fecundo ministerio y donde dejó también un recuerdo entrañable e imborrable. Fue a orillas del mar, en Las Peñitas de León, donde Sor María entregó su alma al Dios que amó y sirvió apasionadamente. Sin testigos, en la intimidad de sus aposentos, voló de los deleites de la soledad con su Amado hacia el cara a cara eterno. Sus restos reposan en la capital de Costa Rica, en la Casa de la Virgen que ella fundó.

Granada la vio nacer, León morir y San José desgastarse por Dios y por las almas.

Que esta hija de Don Bosco interceda desde el cielo por nosotros y nos alcance la gracia de ser como ella: infatigable y alegre en la contemplación y en el servicio.

EL autor es miembro de la Asociación de Fieles de Derecho Pontificio “Heraldos del Evangelio”.

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