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MIéRCOLES 19 DE SEPTIEMBRE DEL 2001 / EDICION No. 22489 / ACTUALIZADA 1:30 am

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Reportaje especial
El legado del “soldado perfecto”

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.El autor de este texto y sus fotografías, en su largo peregrinaje, ha podido conocer a comunidades enteras que viven con el miedo constante de pisar una mina. Después de Cambodia, ha estado en Mozambique, Angola, Afganistán, Laos, los países Balkanes y Nicaragua. Le urge compartir esta historia con el resto del mundo.

Chap Choeun, de 33 años, alimenta a su hijo pequeño con arroz y verduras en su casa en Phnom Penh, Cambodia. Chap perdió ambos brazos, una pierna y un ojo al remover una mina del suelo en su época de soldado en el ejército cambodiano. Ahora, Chap se ve obligado a pedir en la calle para cuidar de su mujer y sus cinco hijos. Sus limosnas son equivalentes de menos de 3 dólares por día. Combinado con lo que la esposa de Chap obtiene vendiendo piedras en el mercado, les da justo un ingreso mínimo para que la familia coma. No sobra para hacer reparaciones sencillas en su casa, la que rápidamente ha adquirido un aire de abandono.

 

Giovanni Diffidenti
Especial para LA PRENSA
nacionales@laprensa.com.ni

Las minas se han llamado “Soldados perfectos”. Son baratas y no necesitan mantenimiento. Una vez sembradas, están para siempre, no se quejan, no duermen y no necesitan comida, agua o medicamentos. Sobre todo, son infalibles. Nunca pierden su blanco, la víctima.

¿Qué siente uno cuando tu pie activa una mina? ¿Cómo se siente cuando uno pierde un pedazo de cuerpo? ¿Qué significa vivir toda una vida discapacitado? Son algunas preguntas que me persiguen. He preguntado y continúo preguntando lo mismo a gente diferente de países diferentes desde que el soldado perfecto, o más bien, sus víctimas, entraron en mi vida.

Comencé a documentar esta realidad en 1992, en centros ortopédicos y hospitales en Cambodia. Cuanto más tiempo pasé entre estas personas, más crecía mi interés. Quería entender cómo conseguían vivir sus vidas en sus casas y en su mundo. Cómo sobrevivían cotidianamente sin un brazo, una pierna, o la vista.

El 22 de marzo de 1994, a las cuatro y media de la tarde, ocurrió un incidente cerca de un camino de acceso a la jungla que fue construido por soldados que trataban de acorralar al enemigo. Un tanque que por allí pasaba activó una mina, causando una explosión poderosa que mató a dos solados e hirió a seis. El comandante de estos hombres me dijo: “Es tu día de suerte”. El mismo, apenas unos pocos minutos antes, me había pedido entrar en el camión que seguía al tanque, yo había pasado sentado en ese tanque todo el día. Desde aquel día mi jornada me ha llevado a países donde la belleza y el peligro coexisten en un contraste inexplicable. Este peregrinaje me ha permitido conocer a comunidades enteras que viven con un miedo constante de pisar una mina. Después de Cambodia, me encontré en Mozambique, Angola, Afganistán, Laos, los países Balkanes y Nicaragua.

TODOS TIENEN UNA HISTORIA QUE CONTAR

Mi objetivo en estos ocho años ha sido el de expresar esperanzas: muy individuales y diferentes. He buscado destacar las vidas de gente diferente pero vinculadas por una experiencia común: la interrupción de la vida por causa de una mina maléfica. Todos tienen sus historias que contar, sus propias razones por estar en el lugar errado, expuestos a una mina. Una mina que los cicatrizó para siempre, en cuerpo y alma.

Despertar en medio de la noche para ir al baño. Olvidar que a uno le falta una pierna. Caer. En la mañanita, en vez de un zapato, uno se pone una prótesis. Con suerte, a uno le sobra al menos una pierna entera. Para muchos el día pasa en la esquina de un semáforo, pidiendo unos realitos para comida, o para perder la conciencia en alcohol y drogas. Hay muchos a quienes su dignidad innata les permite resistir. Los que viven su vida como antes del accidente. Hay quienes, incluso, han encontrado forma de dar un salto de calidad en su vida. El croata Vjekoslave se convirtió en campeón nacional de lanzamiento de jabalina, después de perder una pierna. El cambodiano Tun Channareth recibió el Premio Nobel de la Paz en nombre del ICBL. Pero son casos excepcionales entre las miles de víctimas en el desespero.

ALGUIEN LES IMPUSO ESTA VIDA

No escogieron vivir así. Alguien les impuso esta vida. Alguien sentado cómodamente detrás de un escritorio, vistiendo ropas elegantes, quizás hasta dirigiendo un carro deportivo lujoso. Alguien con niños lindos y sanos. Alguien que escogió resolver un conflicto, o ganar dinero, con la producción de minas.

Andando por el campo en mi país, Italia, no puedo evitar preguntar a los agricultores si el área todavía tiene minas, y con frecuencia evito contacto con objetos que veo en el suelo por miedo de que me exploten en la cara. Ahora, cuando veo una persona mutilada en la calle, la pregunta salta: ¿Qué le pasó? ¿Por qué este hombre está ciego? ¿Por qué a esta mujer le falta una pierna? ¿Están felices de estar vivos como tantos de aquellos que he entrevistado? ¿O viven en quieto desespero, como tantos que viven sus vidas en condiciones terribles?

LA URGENCIA

Me urge compartir esta historia con el resto del mundo. Mi esperanza es que mi trabajo sirva para que otros tomen conciencia, al menos, de parte de mi experiencia, porque hoy día, existen todavía demasiadas personas víctimas de estas armas, como también hay demasiadas personas que creen que lo que está dado no puede ser cambiado. Quisiera que todos nos liberemos de la sensación de impotencia al darnos cuenta de la dimensión real de estas atrocidades para que el mundo entero participe en la lucha contra esta amenaza.  
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